Y todos acudieron

“¿Quién convocó a tanto muchacho, de dónde salió tanto voluntario, cómo fue que la sangre sobró en los hospitales, quién organizó las brigadas que dirigieron el tránsito de vehículos y de peatones por toda la zona afectada? No hubo ninguna convocatoria, no se hizo ningún llamado y todos acudieron”

Crónica de Emilio Viale titulada “El jueves negro que cambió a México”

El Universal, 20 de septiembre de 1985

32 años después en circunstancias sumamente similares, la descripción sigue vigente, otra vez la gente salió a donde se necesitaba, se llevaron palas, lámparas, comida… se llevó de todo y en todas partes había gente queriendo ayudar, anhelando hacer algo, participar, cooperar… ¿Por qué? ¿Por qué había gente haciendo filas de horas para poder entrar a una zona de riesgo y trabajar arduamente en beneficio de personas que no conocía ni conocería? Nadie recibía un pago por ello, nadie obtendría algo tangible, una remuneración, reconocimiento… y sin embargo las filas de voluntarios seguían fluyendo sin parar. Cuando alguien en la fila que acarreaba escombros no podía más y decidía salirse, había gente esperando ocupar su lugar, entraban con entusiasmo, con ansiedad, como si se tratara de una fila para entrar a un juego de Six Flags.

La gente parecía necesitar hacer algo, poder de algún modo ayudar, participar, ser parte de eso que estaba pasando. Todos querían aportar su granito de arena, y aportaron su corazón, su energía, su dinero, tiempo… y un poco o un mucho de cada una de las anteriores. Muchos que no podían asistir dirigían todo desde sus celulares y equipos portátiles: informando, organizando, apoyando… Tal vez la única diferencia significativa entre el temblor de 1985 y el de 2017 fue la existencia de internet y teléfonos celulares. Fuera de eso, revivimos el mismo fenómeno que narra Emilio Viale en su crónica, la gente asistió a dónde se necesitaba.

Había personas de todas las edades, tonalidades y clases sociales, hombres y mujeres haciendo de todo, algunos llevaban y ofrecían comida, agua o chocolates, otros organizaban los relevos y el flujo de los voluntarios, cortaban varillas, atendían personas con lesiones de todo tipo, fruto ya sea del cansancio, el polvo y no pocos lesionados que se cortaron moviendo los escombros… todos entregados a su labor, comprometidos, entusiastas… como movidos por una fuerza que no les permitía parar o retirarse.

¿Pero por qué? ¿Por qué esta respuesta y este comportamiento? ¿No nos han dicho una y otra vez que los seres humanos somos egoístas, narcisistas, abusivos, violentos, materialistas, frívolos…? Claro que hubo gente así, siempre hay gente así en todas partes y en todas las épocas, buitres y gandallas que a la menor oportunidad buscan “beneficiarse”. Como es ya su costumbre, la clase política sacó el cobre y no pocos trataron de beneficiarse de todo esto, ya sea robándose lo que la gente había donado o colgándose méritos que no les correspondían, otros, más bien brillaron por su ausencia, su indiferencia y falta de compromiso. Las televisoras, más que informar, buscaban elevar su “rating” aunque para lograrlo mintieron y manipularon, aspectos a los que están de sobra acostumbrados. Sin embargo, esas eran las excepciones y no la regla. La mayoría de la gente estaba buscando ayudar, cooperar, participar de algún modo. En una ocasión saliendo de mover escombros me encontré con un grupo que había organizado masajes gratuitos para los voluntarios, eran como 20 personas dando masajes a los brigadistas y voluntarios. A unos metros de ellos se repartían chilaquiles o se cargaban camiones enteros con víveres… la respuesta de la mayoría fue solidaria, empática, desinteresada… y tal vez podríamos y deberíamos llamarla humana o terrícola, que los perros también hicieron gran parte de esta labor de rescate.

El psicólogo Christopher Ryan dice que preguntar si el ser humano es bueno o malo por naturaleza es como preguntar si el agua es sólida, líquida o gaseosa. Evidentemente el agua puede estar en cualquiera de esos estados, y lo que determina en cual estado se manifiesta es el entorno. Con el ser humano sucede algo similar, salvo por el hecho de que nuestra mente aunque fuertemente influida por el entorno, parece no estar del todo determinada por él. Si un ser humano crece en un entorno violento o machista, es altamente probable que se convertirá en un ente violento y machista, sin necesariamente ser por ello violento o machista el toda su vida. Mentir una vez no te hace un mentiroso del mismo modo que ser altruista una vez no te hace una persona altruista, aunque solemos etiquetarnos y juzgarnos de este modo como si un acto o unos cuantos actos determinarán nuestra esencia. Sin embargo, parece que también somos capaces de romper la inercia, de hacer un alto y de actuar desde otro lugar, el temblor ha demostrado que somos capaces de cosas que tal vez ignorábamos.

Lo que es innegable es que el entorno influye. Por lo tanto, si crecemos en una cultura frívola, materialista y narcisista, no es de extrañar que los individuos en esa cultura terminen adoptando esos parámetros como rectores de sus vidas y comportándose acorde a ellos. Pero como indicó Nelson Mandela: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.” Del mismo modo nadie nace siendo materialista o frívolo. ¿Qué sentido tendría ser materialista en una comunidad de esquimales de hace 300 años, o en una tribu lacandona de hace cien? El materialismo, la frivolidad e incluso el nacionalismo es un mero fenómeno de adaptación, a las azarosas, caprichosas y absurdas circunstancias de haber nacido en una sociedad occidental contemporánea. Si hubiéramos nacido en una tribu de cazadores recolectores el “igualitarismo feroz” sería nuestro comportamiento dominante. Y fue precisamente el igualitarismo feroz lo que durante cientos de años rigió nuestro comportamiento y lo que nos permitió sobrevivir a pesar de ser una especie débil, frágil y a merced de las inclemencias de la naturaleza, eso y nuestra capacidad de imaginar, crear y adaptarnos a circunstancias cambiantes.

Dejemos de asumirnos y considerarnos materialistas o egoístas, y entendamos que más bien hemos nacido en una cultura frívola, materialista y consumista, que para hacernos sentir parte de ella nos ha impuestos artificial y arbitrariamente estas directrices como normas de buen comportamiento social. Hoy en día una “buena persona” es la que más produce y más consume, o por lo menos lo es desde la lógica cultural en que vivimos. Dejemos de repetir este esquema ideológico que no necesariamente produce bienestar ni salud mental; finalmente el número de suicidios hoy en día mata más gente en todo el mundo que todas las guerras o actos violentos en el mundo. Aprendamos de este tiempo de temblor para sacudir nuestros condicionamientos sociales perniciosos, aprendamos que somos perfectamente capaces de suspender esta y otras ideologías y conectar con algo más esencial, natural, humano, terrícola… Estamos todos en el mismo barco, en el mismo pedrusco de tierra girando alrededor del sol por un tiempo limitado. La vida es más importante que cualquier posesión, porque es frágil, limitada, difícil, hermosa… y porque a final de cuentas, solo lo que llevamos dentro de nuestra piel es verdaderamente nuestro, todo lo demás puede quedar hecho escombros en menos de un segundo.

Lamento profundamente todo lo que este sismo ha causado en daños personales y materiales, pero ya sucedida la tragedia, aprendamos de esto y de la asombrosa respuesta de la gente. Indudablemente se puede vivir y actuar de otra manera. Triste o afortunadamente, parece que somos capaces de los actos más asombrosos en las circunstancias más brutales. No dejemos que la rutina, la cotidianidad y las ideologías como el consumismo dirijan nuestras vidas. Aprendamos que en cualquier momento podemos ser nosotros los que estemos enterrados entre toneladas de concreto, que podemos quedarnos sin casa, o que aquellos que amamos pueden dejar de existir. Recordemos que a diferencia del agua que se manifiesta sólida, líquida o gaseosa según el entorno, los seres humanos podemos tener voz y voto para comportarnos de manera altruista, egoísta o indiferente, las circunstancias influyen, pero no determinan.

Mi más profunda admiración, amor y respeto a toda la gente que de un modo u otro ha estado al pie del cañón haciendo lo que está en sus manos ante los eventos del actual terremoto. Gracias por darnos tantas razones para no perder la esperanza.