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¿Todas esas portadas solitarias, de dónde habrán venido?

¿Te ha pasado que encuentras objetos en tu casa que no sabes de dónde vinieron o cuándo llegaron allí, como la gente solitaria de Eleanor Rigby que no se sabe de dónde proviene?

Hace un par de meses, más o menos, llegué a mi lugar de trabajo y encontré una portada del álbum Help de los Beatles sobre mi mesa. Sólo estaba allí, encima, vieja y llamativa; un objeto de cartón de unos 31cm x 31cm, de más o menos 50 años que aparentemente no decía nada y al mismo tiempo me lo contaba todo.

Cuando te gusta mucho algo, el café, por ejemplo, tus amigos te lo traen de diversas partes de donde viajan, o si tienen en casa te regalan un poco porque saben que lo aprecias. Es un muy lindo gesto porque significa que se acuerdan de ti y hacen un esfuerzo por cargar una cosa más en la mochila. En mi caso, esa mañana había un cartón de una portada de disco de vinilo.

De inmediato supe de quién venía ese objeto que yo ya suponía era un obsequio para mí. Nadie es tan perverso para dejarte algo tan lindo en tu lugar y luego pedirte que lo devuelvas. Entonces me senté y me puse a ver el arte detenidamente: lucía antiguo, amarillezco, con unas manchas, las equinas estaban gastadas, pero la tinta no presentaba un deterioro importante, el cartón es grueso, por lo que parece que aún podrá resistir al menos otro medio siglo.

Pero me pregunto, ¿otro medio siglo? ¿estaré allí para entonces? si esa portada es para mí y la llevo a mi casa, ¿quién se hará cargo cuando yo ya no esté? ¿por cuántas manos habrá pasado antes y por qué ya no contiene el disco? ¿su dueño original habrá muerto, o simplemente ya no le gustó ese viejo trozo de cartón? ¿su destino es ahora conmigo? ¡Cuántas preguntas!

Quien me regaló la portada la adquirió en una tienda de vinilos en Nueva York. Me pregunto si habrá estado siempre el disco en ese lugar, ¿habrá sido un regalo de cumpleaños? ¿una chica se lo regaló a su novio de la universidad, se habrán casado? ¿cuál será su origen?

El primero de junio de 1987 salió a la venta un disco llamado el Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, pero no venía en un cartón convencional con las cuatro caras felices de los Beatles. Se trataba de una especie de funeral donde los músicos aparecían dos veces, una en real, vestidos de sargentos; y otra en cera, con trajes de luto y mirando a un montículo de tierra con flores. A su al rededor, había cartones a tamaño real con cualquier cantidad de personajes históricos, que van desde Carl Jung a William S. Burroughs. La fotografía fue diseñada y tomada por el artista plástico Peter Blake, y costó el presupuesto equiparable al que otras bandas usaban para la producción de un álbum entero. ¿Por qué una banda de rock-pop iba a tomarse la molestia de realizar una portada tan cara y no más bien la clásica fotografía de estudio?

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Alguna tarde de 1999, al salir de la Escuela Nacional Preparatoria número 4, caminando hacia la estación de Metro Tacubaya, encontré una tienda de vinilos y casetes que estaba liquidando sus productos. Entré y me llamó la atención un disco cuya portada era irresistible por enorme, simple y enigmática: tenía una pared que se le veían los ladrillos y nada más. Nunca había escuchado a Pink Floyd ni había oído jamás el nombre de Roger Waters, pero el disco nuevo y cerrado valía $75. Era justo el dinero que mis padres me daban para emergencias, así que sólo por la portada y sin saber qué música encontraría allí compré ese, que descubrí horas más tarde, que se trataba de un álbum doble.

Al día siguiente conté a mis amigos la anécdota y uno de ellos, Carlos Emmanuel Ramírez, con poco gobierno gritó: —¡no mames güey, es el The Wall! De modo que saltamos clase y fuimos a ver si había más. En efecto, había otro, nuevo y era el último.

Nadie nos advirtió que no se debe abrir y tocar un disco como ese hasta estar seguro de que no se trate de una primera edición. Por esos días tanto Carlos como yo, teníamos tornamesas en casa, y los pusimos. Yo no entendí mucho de lo que escuché y en algunos años no volví a poner el álbum, pero no así la portada, que se abre como un libro, y que siempre disfruto mucho nomás de verla.

Años después me tropecé con el Abbey Road en el mercado ambulante de la estación Balderas, investigando me di cuenta de que se trataba de una primera edición, sin embargo, mantenía el cartón bastante bien conservado, aunque el disco apenas pudo sonar. Lo que me da la sospecha que perteneció a un beatlémano hueso colorado que cuidó la tapa, pero puso el disco hasta que ya no dio más. Posteriormente, durante una convención de ingeniería en audio en la Ciudad de México, Geoff Emerick, ingeniero de sonido de los Beatles, me lo autografió.

A inicios de los años sesenta, cuando los Beatles eran apenas una banda emergente en Liverpool, Brian Epstein, su mánager, iba a cada compañía de discos con un demo de acetato bajo el brazo y cuando entregaba una copia a un gerente le decía que sus muchachos eran tan buenos que los niños del año 2000 los seguirían escuchando. Estamos casi en el 2020 y seguimos consumiendo Beatles.

Creo que hoy las portadas de los vinilos nos invitan a apreciar el breve instante que tenemos en este mundo y disfrutar de la música y de sus portadas que, aunque viejas, encuentran en nosotros la disposición de escuchar y de mirar lo mucho que tienen qué decir.

Y así, como este relato que partió de cómo llegó a mí la funda del álbum Help!, podría contar, una por una, la historia de mis vinilos, que la mayoría son de segunda mano. El problema es que sólo sería un fragmento de la historia de estos. Creo que las personas que atesoramos ese tipo de cosas deberíamos llevar una bitácora, para que cuando muramos, la siguiente generación pueda añadir la siguiente historia.

Crédito de la imagen del Sgt. Peppers: TheBeatles.com

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