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Ser mujer o el peso de la tristeza.

En estos terribles días de peste nueva, intento clasificar lo que me han solicitado: ¿Cómo te sientes al toparte con el machismo circundante? Mi respuesta es infinitamente triste. Desde que nací, del cuerpo de una chica de apenas 22 años, quien casi muere por placenta previa (casi morimos las dos), me tocó adaptarme a una serie de contradicciones que siempre fueron interesantes y tristes. Leía como desesperada…cosa que enojaba a toda mi gente, o eso creía yo. Mi papá y mi abuelo tuvieron la misma idea: prohibirme leer. Eso implicaba que yo leyera a escondidas y terminé con las bibliotecas de los dos…que al fin y al cabo, era la meta de ambos. Mi abuela se disgustaba (‘nadie va a casarse con ésta niña. Qué le va a dar de comer al marido? Libros?’ Yo tenía 9 años). Para compensar, por cada libro que leyera, tuve que aprender a hacer ‘cosas de mujer’ (bordar, cocinar, limpiar una casa, cuidar las flores y los guajolotes, amén de ser amable y ‘bonita’, algo que yo no era, definitivamente).

A lo largo de toda mi vida, la desaprobación de las mujeres de mi familia me desorientó enormemente, produciendo parte de la tristeza que aún hoy en día, trata de asesinarme cada 24 horas.

¿Qué tiene que ver ésto con el machismo? Ah, todas éstas chicas fueron forjadas por él. Fueron obligadas a estar flacas o estar gordas, según la ‘moda’. A estar casadas y con hijos a edades absurdas, porque el resto de ellas, las verían mal por no hacerlo. Toda mujer sola era vista como ‘una cualquiera’ -incluso las que, por desgracia, quedaban viudas jóvenes y se convertían en un peligro para las demás, posibles rivales.

Cuando dejé de ser virgen, utilizando métodos de anticoncepción y correcta educación sexual, recibí una golpiza genial de parte de mi papá (sí, el mismo que me había encaminado a leer) por haber destruído las expectativas de mi mamá.

Ya no era yo una mujer decente ni una buena hija mayor. Tuve que irme de la casa, después de un mes de secuestro. Cuando me fuí, a mis hermanos se les prohibió hablar de mí y lloraban a escondidas. Mi mamá ni siquiera se preocupó por buscarme; se enteró que yo seguía viva el 19 de septiembre de 1985.

¿Lo interesante del caso? De acuerdo a sus patrones sociales, para mis papás, fue correcto lo que hicieron y con todo y los logros que tuve después, sigo siendo su oveja negra, cosa que ya tomo con humor.

Cosa que era absolutamente innecesaria, en la que nadie tendría que haber sufrido ni debió haberlo pasado mal.

Cuando me fui, lo hice con alguien que tampoco me quería, enamorada como estaba de la idea del romance que había leído en mil libros, y que resulta genial para escribir pero irreal en la vida de carne y hueso.

Tuve una hija, a la que entrené para que no obedeciera, para que desafiara a la autoridad, para que pensara e hiciera todo lo que amaba y temí durante mucho tiempo que se quedara sola, porque heredó sin deberlo, el estigma de su madre, la negra ovejez y de resultas, sus abuelos no la quieren tanto -ni ella a ellos.

 

Y, en el ínterin, una gloriosa cantidad de capital humano se ha perdido; el pensamiento machista de ‘lo que debe ser’ ha logrado dividir a mi familia en mujeres rebeldes, locas y señoras formales y decentes. En hombres muy brillantes y rodeados de ira y resentimiento y niños enseñados, conscientemente, a repetir que las mujeres son inferiores y malas para los juegos de hombres.

El pesar es una piedra en el cuello, que pulo como una piedra, a diario, para que disminuya su peso y me permita caminar.

Nada de ésto, era necesario…

 

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