¿No será que los más sensibles se retiran primero?

En general la gente asume que las personas que se suicidan lo hacen por una especie de debilidad de carácter o falta de compromiso con la vida, cuando bien podría ser justamente lo contrario. Se requiere mucho carácter y valentía para mirar la crueldad y miseria cotidiana y a pesar de ver lo que se ve, querer seguir adelante. Lo que la gente hace en general es mirar para otro lado, huir de lo doloroso y como hace el personaje de Cypher en Matrix, preferimos la bendición de la ignorancia, la indiferencia, la frivolidad y el egoísmo.

¿No es este el caso de mucha gente que no puede o no quiere evitar ver o ser consciente de muchos de los males del mundo? Antiguamente estos males venían de afuera, particularmente enfermedades y el peligro que las fuerzas de la naturaleza representaban para la vida humana. Hoy en día los males del “mundo humano” tienen un origen humano: guerras, desigualdad, discriminación… De ahí la frase de Sartre: “El infierno son los otros.” Como señala Yuval Noah Harari, hoy en día es más probable que la gente se suicide a que sea asesinada. “En 2012 murieron en todo el mundo unos 56 millones de personas, 620.000 a consecuencia de la violencia humana (la guerra acabó con la vida de 120.000, y el crimen, con la de otras 500.000). En cambio, 800.000 se suicidaron y 1,5 millones murieron de diabetes. El azúcar es ahora más peligroso que la pólvora.” (Harari, 2015, Homo Deus, p. 26).

Lo que tendríamos que preguntarnos es si las sociedades contemporáneas están siendo capaces de crear las condiciones propicias para una vida que merezca la pena de ser vivida. La altísima tasa de suicidio, enfermedades mentales y adicciones diversas (ya sea a sustancias o a comportamientos destructivos como el consumismo), parecen poner en duda nuestro optimismo y nos obligan a romper la ensoñación de que todo está bien.

¿Realmente merece la pena vivir? Grandes escritores, músicos, cantantes, actores… han concluido que no. No creo que su negativa sea por debilidad, sino por un exceso de sensibilidad y vulnerabilidad. Ojalá su grito desesperado que se niega a caer en el entumecimiento existencial nos haga despertar y tomar conciencia de la miseria cotidiana en la que vivimos: frivolidad, materialismo, egoísmo, injusticia, violencia, miedo… parecen ser una parte inherente de nuestras interacciones humanas. ¿Estamos a tiempo de cambiar de rumbo y empezar a pensar y vivir de otra manera? Solo el tiempo lo dirá. Hoy sólo quiero dedicar estas líneas a aquellos que simplemente no toleraron por más tiempo esta situación existencial y prefirieron salir de ella.

Buena viaje Chester Bennington, y a todos aquellos que le antecedieron: Chris Cornell, Jim Morrison, Virginia Wolf, Philip Seymour Hoffman, Robin Williams…

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