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A propósito del 8M: algo que me hubiera gustado saber de joven.

“Es que no eres como las demás niñas” es algo que escuché mucho en la primaria. De hecho, durante toda mi vida. Y tenían razón, pues, no era como las demás niñas. Es algo que yo notaba: me gustaban los programas que veían todos los niños, me vestía siempre bastante boyish, con pantalones enormes, camisas de mezclilla, pelo desaliñado. Nunca fui de tacones, siempre fui de tenis, más adelante fui de botas industriales. Hay que sumar el hecho de que siempre he sido una mujer que habla con muchas groserías, que dice las cosas como son. El nivel de sarcasmo en lo que digo extrañamente también era calificado como algo masculino. “Así no hablan las niñas”, decían las maestras. Pero luego era esto: “ella es de los nuestros”, decían los niños.

Muy en el fondo no me gustaba que me dijeran esto. A mí lo que me parece extraño, para empezar, es que califiquemos estas cosas como “masculinas” cuando realmente son solo cosas, prendas y actitudes que no pertenecen como tal a un género, o al menos no deberían. Pero eso es otro tema. Lo que importa, es que en mi  juventud yo sólo veía lo fácil que era para ellos encasillarme como “una mujer que no es como las demás”, y que al final, admitiéndolo con un poco de vergüenza, esto sólo era una manera recibir la aprobación masculina.

Desafortunadamente un tipo de aprobación que me importaba mucho.

Es una aprobación que en mi mente iba acompañada de preguntas como “al ser aceptada, ¿así me podría llegar a querer –a desear– un hombre?”, un asunto que después se convirtió en una gran confusión, porque llegaría a mi vida el “no me gustas, porque no eres como las demás chicas”. No soy la del cuerpo perfecto, no soy la de “la carita linda”. No uso blusitas, no uso muchos vestidos (repito: son únicamente prendas, qué manía con el género). En esa aprobación masculina, el deseo no era parte de la ecuación, porque “no tenía lo que se pide”. Y todavía se volvió más violento el asunto, porque en el proceso de ser aprobada y al mismo tiempo no, viví el acoso, la violencia, las miradas lascivas, los gritos en la calle. Viví el miedo a salir de noche, permití que se cuestionara mi estilo de vida, “porque ya sé a lo que me expongo”. Tuve parejas que dudaban de mi inteligencia y de mi talento. Me cuestionaban mi ropa. Cuestionaban las siluetas de mi cuerpo. Me preguntaba por qué no usaba escote. Que delgada los atraía más. Y yo consumía esos comentarios como si fueran un refresco bien frío en un día caluroso de la ciudad. Eran un elixir para una yo con un autoestima que pendía de un hilo.

Qué estupidez.

Pero luego hubo un punto de quiebre. Un punto de quiebre que se convirtió en un equilibrio entre mis dualidades, entre mis demonios y talentos, entre lo que soy y no soy. Y ese punto fue cuando el feminismo me abrió los ojos, para mostrarme que esa aprobación que tanto ansiaba, esos comentarios, esas dudas de lo que soy como mujer: todo eso está mal. Está mal y ahora me resulta inaceptable para mi yo del presente, el cual recuerda con mucha piedad a su yo del pasado. Qué inútil haber vivido todo eso.

Y es que toda mi vida siempre se ha tratado de dualidades, siempre buscando el equilibrio entre lo que llamamos femenino y masculino. Siempre en la balanza de lo binario. Era la que escuchaba rock y amaba profundamente a Hello Kitty. La que no usaba vestidos, pero amaba toda la ropa con lentejuelas y listones. Era la que usaba playeras de mezclilla y la que amaba usar un uniforme con falda tableada. Pero ahora que me atreví a cuestionar esa aprobación masculina, y de cuestionar el mundo en el que vivo, me doy cuenta que ceder al ser y no ser de lo que ellos ”quieren”, era lastimar esa parte femenina que nunca me atreví a explorar con total libertad. Aprendí a ver el espejo con miedo. A odiar mi cuerpo. A callarme, a dudar de mi intuición.

Con el tiempo, vi que negarme como mujer, era negar mi existencia.

Ahora la ignorancia del pasado es un referente para un valiente futuro. Saber que estas conductas opresoras me habían prohibido ser tan feliz, me hace consciente de que ya no hay espacio para ellas en mi vida. Ya nada de esto es posible, ahora que lo sé todo.

Ha habido muchas cosas que me han ayudado a ver esto con claridad. Rodearme de mujeres fuertes, la conciencia de mis privilegios y la lectura de las que no tienen nada. Las maneras tan diferentes en que nos tratan. El white non-sense del que a veces soy testigo. El feminismo ha sido un remedio gracias al cual soy consciente de que la única aprobación que debo buscar es la mía. La de mi instinto, la de mi energía.

Todos los días recuerdo la peor pregunta que me hizo un exnovio: ¿qué se siente no brillar? Cuando me dijo eso, debí tomar mi maleta (estábamos de viaje) y debí subirme al primer autobús a la CDMX que viera en la carretera. No debí regresar a la ciudad con él. No debí seguirle hablando. Pero todos esos escenarios los piensa una Elsa que ya ha trabajado este tema, de manera casi obsesiva. Una Elsa que jamás podría permitir que le hicieran eso de nuevo. Porque ahora soy una Elsa consciente de que nadie me puede hablar así. El feminismo me ha enseñado que soy dueña de mi cuerpo, de mis actos, de mis creencias. Me ha enseñado que nadie tiene poder sobre mí.

Y así, que se jodan. Sí soy como las demás chicas. Tenemos personalidades diferentes e ímpetus dirigidos a cosas distintas. Pero soy como las demás chicas porque soy fuerte, tengo autonomía, tengo el poder de decidir lo que quiera con mi vida. Puedo ayudar a otra mujeres. Soy libre, soy lo que yo quiera ser. Soy una diabla, soy el alma de la fiesta, soy una con el día y la noche si así lo quiero.

Si pudiera decirle algo a la Elsa del pasado, es que no hay nada que temer. Esa aprobación, esas negaciones a mi ser-mujer, no son nada. Nunca lo fueron. Le diría que siempre fue libre. Pero como no podemos ir al pasado a decirnos esto, mejor un mensaje para la Elsa del futuro: nunca más, Elsa. Que nunca más entre a tu sistema la duda ni el miedo. De aquí puro amor a ti, pura vida. Y sí, eres como las demás mujeres: tú naciste para brillar.

Foto de portada: Cinthya Fernández

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