Luna in/a/moral

Ante todo el hombre lobo es un monstruo, y como tal, no carece de tragedia. Cada abominación posee un camino purulentamente doloroso, y en el caso del licántropo éste posee connotaciones silvestres.

Incluso un hombre que es puro de corazón y dice sus oraciones por la noche, puede convertirse en un lobo cuando florece el acónito  y la luna de otoño es brillante.  

Sostiene la hermosa película de 1941, El hombre lobo. Claramente dentro del universo donde habitan estos seres semejante aforismo está elucubrado por personas sujetas al yugo de la moral, la religión y la cultura, pero los licántropos no pueden darse semejante lujo, esto es, vivir dentro de cárceles para mentes onanistas.

Para Stephen King el Hombre Lobo implica una suerte de retroceso en el devenir evolutivo, una entidad despiadada con maquillaje humano aún no extirpado: … ¿y no es eso lo que realmente nos asusta del mito del Hombre Lobo? Se trata de una maldad interior que surge con alevosía (King, 2006: pág. 121). O tal vez la pregunta deba ser replanteada, ¿acaso no es por eso que el Hombre Lobo nos atrae tanto? El arrebato salvaje que destruye sin remordimiento alguno como confabulación idónea para nuestras mentes morales.

(…) todos tenemos un poco de monstruos en nuestro interior o exterior, aspectos o comportamientos que no nos gustan de nosotros y que, por lo tanto, reprimimos o escondemos bajo aparentes capas de respetabilidad. (Santaularia, 2009: pág. 16)

Capas que no son sino constructos despiadados. Pero dese algunos ejemplos claros y concisos de estas capas, de estas elucubraciones humanas: pudor, decoro, recato, decencia, dignidad, pureza, virginidad, virtud, respeto, etc.

Un largo etcétera que reprime nuestra bestia interna, un larguísimo y absurdo catálogo de perversiones en contra del instinto. Se dice que Anton Szandor LaVey sostuvo que existe una bestia en el ser humano que no debe ser exorcizada, sino ejercitada. Sin embargo, a pesar de los horrores de estas ideas represoras, es decir, a pesar de que la moral se erige como perfidia, no es posible negar su efectividad. Por eso los simples mortales mórbidos envidian tanto al Hombre Lobo, porque estos deben apaciguar sus arrebatos desde la solemnidad y las buenas costumbres al tiempo en que escuchan a lo lejos en una colina escarpada el aullido del Hombre Lobo.

Vale, pero de qué modo acontece este misterio ominoso. Dilucídese con cautela, entonces.      

Tómese como primer ejemplo el Hombre Lobo de Anthony Hopkins, Sir John Talbot. Los asesinatos cometidos por semejante licántropo no pueden denotar más bríos eróticos; frente al horror del abandono está dispuesto a matar hasta a sus propios hijos. Es la libertad del lobo la que faculta deslindarse de toda construcción humana que imposibilita destruir a algún alguien que amenaza la dicha de la satisfacción. De este modo no podemos entender a estos seres como una fuerza de la naturaleza (esto será necesario dejarlo a la figura del asesino serial), sino como la fuerza de la naturaleza. No es una fuerza cualquiera el lupino humano, es la fuerza en cuanto tal y como tal: El Hombre Lobo es toda la violencia y empuje de la Naturaleza. En la misma versión contemporánea del mito, Maleva, interpretada por Geraldine Chaplin, lo deja muy en claro, existe un límite famélico entre el hombre y la bestia. No es sencillo distinguir dónde comienza o termina uno y otro. Y no se distingue porque estos malditos se difuminan entre las categorías y mandamientos propios de la moralidad. Entre los humanos esto no sucede así, es evidente que las regulaciones y reglamentaciones sociales acallan y asfixian sus pseudoinstintos.

Ahora bien, esto debe tenerse en cuenta en casi cualquier aversión ontológica: el Hombre Lobo del que se está hablando no está enfermo, está maldito. Hágase exigencia el deslindarnos de ramplones cientificismos. Pareciera que en un malsano síntoma de la enfermedad por controlarlo todo hemos decidido enfermar aquello que de suyo se escapa de nuestras manos. En otras palabras, el horror del vampiro, el hombre lobo, el zombi y los demonios radica en la imposibilidad de hacer asequible a nuestra razón su propia y misma existencia, cuando los “enfermamos” son cercanos a nosotros, ingenuo movimiento para controlar lo incontrolable. Se entiende la maldición como el alejamiento de Dios de aquellos que sufren la imprecación, pero Dios no tiene nada que ver aquí. En realidad Dios es un agente especial que desvanece su presencia abandonando a monstruos y santos por igual. De aquí que los monstruos solos tengan que lidiar con su miseria como las víctimas también.

Regresando al punto.  El Hombre Lobo, como la Mujer Lobo, por supuesto, es eroticidad salvaje. La maldición del licántropo responde a un problema metafísico que deviene en un problema ontológico. Es decir, el modo en que se considera cómo  el cosmos se mueve, esto es, lo que los humanos consideran normal, todo aquello asequible a través de la razón por medio de la ciencia y la filosofía, por ejemplo, responde a la metafísica; la ontología respondería en este sentido al ser individual; al ser de cada uno de quienes son en esta cosmología. Así, el problema con la licantropía es que las cosas deben ser de una manera específica, el universo se rige por leyes determinadas, normas inquebrantables, pero la maldición lupina contrapone la razón y estatutos preestablecidos; una de dos, o algo está mal en el universo que faculta semejantes aberraciones o, por otro lado, los humanos no somos tan doctos como creíamos. De cualquier manera la amenaza está presente, el horror es tangible. Los humanos entonces deberán cazar a la bestia; aquí el problema ontológico: el ser del Hombre Lobo, de la Mujer Lobo, aquello que hace a estos humanos bestias ser lo que son. El licántropo maldito, como se dijo, es la expresión erótica de la Naturaleza. De nuevo, pensando en la adaptación del mito de Joe Johnston, recuérdese la sentencia: La bestia predominará, la bestia triunfará.

Así, el licántropo no es tanto un ejemplo de la nueva carne toda vez que el monstruo posee siempre su misma carne. Como Jekyll y Hyde, según Chesterton, lo terrorífico no es que un hombre sea dos, sino que estos dos son uno, en paráfrasis, el horror y la tragedia del hombre lobo no está en ser humano y bestia, sino que hombre y bestia están en el mismo agente.

Concediendo que la presente meditación es cierta, no es posible sino concluir que el único bálsamo eficaz que tiene el licántropo es dejar libre a la bestia. Arrancarle las cadenas, permitirle matar, saciar cada exigencia silvestre, correr, aparearse, comer, desagarrar(se). El licántropo no debe sucumbir a ataduras ni físicas ni etéreas si desea ser libre. Los hechizos y amuletos, como los embrujos y cadenas son tan asfixiantes como las trabazones morales que invitan al humano maldito a querer encerrar a la bestia a través de los artificios antes mencionados. Si el humano maldito no quiere transformarse en lobo, casi siempre es en orden de no querer trasgredir alguna exigencia moral: No matarás, ejemplo por excelencia.

Ahora bien, según se ha penado ya, el monstruo no puede despojarse de la tragedia, nunca. Y apartar de sí las ataduras de la moral para ser libre no lo exime de seguir sufriendo: El problema es cuando mata a los que ama porque del amor nadie se libra.

El gran monstruo de la existencia, que es el amor, permea a todas las criaturas deliberantes; paradoja graciosa porque nadie delibera cuándo, cómo y a quién amar.

El licántropo puede darse un respiro al dejar atrás toda construcción humana, pero con dificultad podrá no amar. El quinto Mandamiento querrá ser cumplido por obra del amor, no de la moralidad, y frente a esto no hay método eficaz alguno.

Recuérdese la película de Aullido de Joe Dante: No puede domesticar lo que es salvaje Dr. No es natural. Por eso no debe, ni puede, ser circunscrito a paradigmas morales, pero, qué hacer frente al amor, la verdadera tragedia según se ha concluido: Nada. Nada puede hacerse porque el amor, como el licántropo, es salvaje, tremebundo, feroz, sanguinario, indomable.

El Don como se entiende la maldición en Aullido tiene un precio, pero este costo no se cuenta en el filme de Dante, sino en el Lobo de Mike Nichols.

Cuando Laura Alden, interpretada por Michelle Pfeiffer, habla con el licántropo Will Randall (Jack Nicholson) queda implícitamente rebelado el coste infausto. Ella sostiene que Will debería tomar su situación como un regalo, pero tras una breve reflexión él contesta que tiene miedo de que tenga un precio asimilar su constitución. Es claro, el precio es no amar. El obsequio maldito o el Don no es la licantropía sino la posibilidad de deslindarse de toda moral y cultura a través de la liberación del animal salvaje que trae dentro el licántropo, o, en todo caso, lo que ahora es él mismo; el precio, amar.

El demonio lobo, según lo cataloga el Dr. Vijay Alezais,  no es malo, salvo que la persona que lo implica sea mala, lo cual quiere decir, en otros términos, que el lobo sólo es malo si sigue atado a los constructos culturales.

Así, una vez que el Hombre Lobo se deslinda de la cultura está más allá del bien y del mal, pero nunca del amor.

Bibliografía.

1.- KING, Stephen (2006), Danza macabra, Madrid, Valdemar
2.- SANTAULARIA, Isabel (2009), El monstruo humano: una introducción a la ficción de los asesinos en serie, Barcelona, Ed. Laertes

Agradezco la intervención y apoyo concedidos de Magdalena López Hernández y Mónica Ruiz para la elaboración de este melancólico sesgo lunar.

 

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