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Los recordatorios de nuestras pérdidas

Los recordatorios de nuestras pérdidas

Han pasado diez años de una de las pérdidas más significativas de mi vida. Diez años no es “algo que se diga fácil”, y creo que se debe a que es difícil determinar si se ha sentido como mucho o poco tiempo. Supongo que ha sido una mezcla de ambas cosas. Pienso por ejemplo en que cada día me cuesta más trabajo recordar su voz, sus expresiones, la comida que a veces preparaba para mí. Pero también creo que ahora me es más fácil identificar cómo ella me ayudó a ser quien soy. Por un lado, siento que ella me ha acompañado todos estos años, y por otro, también siento que me gustaría poder contarle muchas cosas para las que ya no estuvo ahí.

Este tipo de sentimientos contradictorios pueden generar mucha confusión. ¿No es el duelo un proceso lineal? ¿No se superan estos sentimientos con el tiempo? ¿Quién puede decirnos cuántos años deben pasar para que nuestras pérdidas ya no duelan o por lo menos que se sientan con menos intensidad? A veces nuestras expectativas sobre el pretendido “poder curativo del tiempo” es lo que nos lleva a enfrentarnos con nuevas caras de algo que creíamos superado.

Tenemos esta idea de que la vida sigue hacia adelante, y con ello imaginamos al tiempo como una línea recta infinita. Muchas veces, queremos acomodar nuestros procesos emocionales en esa misma línea, y ahí es cuando los procesos de duelo pueden sentirse como un desfase o como una ruptura. Es fácil que nos encontremos incómodos cuando tratamos de acomodar nuestras experiencias a una línea temporal que nunca se detiene. ¿Son 10 años sin un ser amado poco o mucho? Si ustedes le preguntan a alguien que ha pasado por una pérdida, muy probablemente les podría decir que, en cierto sentido, su dolor se siente como si hubiera sido algo muy reciente, pero también que también hay momentos donde se siente como si hubiera transcurrido una eternidad.

También nuestra identidad cambia para siempre con nuestros duelos, y este cambio trae consigo nuevas contradicciones sobre quiénes somos. Por un lado, dolorosamente sabemos que ya no somos la hija, nieta, pareja o amiga que fuimos, pues ya no hay las conversaciones, las visitas, los pequeños rituales compartidos. Por otro lado, esos roles nos definieron y acompañaron por tantos años que nunca podemos abandonarlos del todo. Siempre seguiremos siendo su hija, su nieta, su pareja, su amiga. Ese vínculo no lo perdemos, sin importar los años que pasen.

Estas contradicciones pueden presentarse con mayor intensidad en los aniversarios, ya sea el aniversario luctuoso, el de casados, un cumpleaños, navidad, etc.  Los aniversarios funcionan como si fueran un telescopio, de alguna forma nos permiten sentir y amplificar algo que pasó hace muchos años como si estuviera más cerca de lo que en realidad está. No existe un tiempo límite para el duelo. Nadie puede prometernos que para el vigésimo aniversario la pérdida será menos dolorosa o que en todos y cada uno de los casos, el primer año después de la pérdida sea el más difícil. Estos inesperados resurgimientos del duelo pueden vivirse como una gran tristeza por ser un doloroso recordatorio de la ausencia de esa persona, pero también pueden ser una ocasión para reconocer lo importante que fue alguien para nosotros.

El duelo no es algo que se procesa y supera sólo con el tiempo. Si en un aniversario inesperadamente comenzamos a sentir y recordar con muchísima intensidad nuestro duelo, esto no significa necesariamente que sea un retroceso o que vivamos atrapados en el pasado. A veces estos sentimientos pueden llegarnos como olas, e irse de la misma forma. Los pequeños recordatorios temporales como los aniversarios pueden hacer que nuestros duelos “regresen”, incluso cuando no nos damos cuenta. Cada proceso será diferente, pero creo que es importante reconocer que cuando se trata de pérdidas, el tiempo lineal y nuestras expectativas poco tienen que ver. Son procesos tan intensos que pueden seguir más el camino de una espiral que de línea recta, a veces se siente como mucho tiempo y otras como poco. En realidad, somos nosotros cambiando quiénes somos para encontrarnos de nuevo con quienes hemos perdido.



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