Las ideologías y su raíz emocional-tribal.

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.
Nelson Mandela

El gran problema con las ideologías es que suelen hacer a la gente altamente intolerante con todos aquellos que no comparten sus contenidos. Las ideologías no se limitan a meros pensamientos o creencias que habitan en nuestra mente sin tener un contacto directo con el mundo; todo lo contrario, se concretan cotidianamente en el modo en que miramos, hablamos, tomamos decisiones y nos comportamos con los demás. Los pensamientos se traducen en particulares formas de entender el mundo y por tanto de actuar en el mundo. Existe un profundo vínculo de retroalimentación entre el pensamiento, sentimiento, lenguaje y acción. Pensamos como pensamos porque sentimos como sentimos, y lo mismo con el lenguaje y nuestra conducta. Todo está conectado.

Las ideologías racistas, homófobas o machistas van de la mano y fortalecen conductas y lenguaje racista, homófobo y machista. Cuando una persona asume como cierta alguna idea más allá de toda duda, se niega a reconocer y considerar cualquier argumento o prueba en contra de dicha idea. Estas ideologías se consideran el fundamento de la conciencia y esto da vida al fundamentalismo.

Nuestro cerebro no viene programado con ideas, sino con ciertas características cognitivas sumamente plásticas y adaptativas. La función del cerebro es esencialmente permitirnos sobrevivir, y al pertenecer a una especie gregaria, la función adaptativa consiste en crear lazos estrechos con la comunidad, tribu o familia en la que se nace. Entender las reglas del juego social y jugarlas de manera óptima es esencial para forjar una identidad y conseguir de este modo un sentimiento de pertenencia.

Nacemos con un cerebro plástico que busca de manera inherente adecuarse y pertenecer a la “manada” en la que se nace, esta necesidad de pertenencia nos lleva a asumir e incorporar las ideas dominantes del entorno como parte del proceso adaptativo. Nadie nace siendo racista, ni homófobo, pero al crecer en un entorno donde dichas ideologías o ideas son moneda corriente, la persona las acepta como parte de su identidad grupal. Si a esto le agregamos el afecto y cariño que nos vincula con el grupo en el que crecemos, hay una fuerte carga emocional respecto a las ideas transmitidas y enseñadas por las personas que nos criaron.

Entender este mecanismo nos explica por qué muchas personas reaccionan de manera tan violenta cuando se les cuestionan ciertas ideas. En el fondo no es la idea en sí misma la que nos vulnera o incomoda, sino el sentimiento de afecto y apego que esa idea tiene con el grupo en el que se creció.

Traicionar, cuestionar, corregir, abandonar… las ideas del padre o la madre, es equivalente en la conciencia a traicionar al padre y la madre. Si nos educaron con ideas racistas, cuestionar el racismo es como cuestionar el afecto hacia nuestros padres. Cuestionar esas ideas se percibe como cuestionar nuestros vínculos afectivos, así como nuestra lealtad y pertenencia al grupo. De ahí que no podamos hablar de religión, política, football o de cuestiones valorativas en general sin sentir cierta incomodidad o incluso ira. Nuestros sistemas de creencias se configuraron a muy tierna edad y consolidaron tanto una identidad como un vínculo ideológico-afectivo con las personas que nos criaron y transmitieron esas ideas.

La pertinencia, corrección o argumentos a favor de “nuestras ideas” (ideología heredada), no es tan potente en nuestra psique como los vínculos afectivos que tenemos con los transmisores de dichas ideas.

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La incapacidad de realizar la separación entre las ideas y las emociones nos puede llevar a repetir los mismos errores una y otra vez. No debe extrañarnos que de manera cotidiana repitamos en automático las mismas conductas destructivas, obtusas e intolerantes de nuestros padres o cuidadores en general.

Es importante entender que el cerebro es plástico y siempre puede cambiar; que ni la identidad o nuestra conciencia están fijas, o dadas de una vez y para siempre. La mente humana se encuentra en un proceso continuo y es susceptible de ser ajustado indefinidamente. Es un síntoma de madurez cognitiva y emocional ser capaces de tomar las riendas de ese proceso para dirigirlo hacia donde verdaderamente queremos ir y poder ser la persona que realmente queremos ser.

La posibilidad de mejora está en suspender el pensamiento automático que ya está introyectado para poder hacer un análisis profundo a ese sistema de creencias y sus contenidos. Es pertinente revisar qué sigue pareciendo sensato y justificado y qué partes no lo parecen mas, para corregirlas o desecharlas. Sin caer en el extremo de condenar o idolatrar en bloque, la mirada crítica ha de rescatar lo rescatable y corregir o superar lo erróneo, violento y absurdo. Esto nos permitirá una vida más plena y auténtica. No necesariamente libre de errores, pero en todo caso, esos errores serán nuestros así como su respectivo aprendizje.

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