Las difusas fronteras de lo humano: Blade Runner 2049

Bajo la forma de una extensa secuela, cuya duración excede a su predecesora por 46 minutos, el director Denis Villeneuve nos presenta un film que, más que una mera continuación, bien puede ser interpretado como un tributo a la película de Ridley Scott, Blade Runner. En lugar de analizar los intrincados pormenores de la trama de esta nueva entrega, y también con el fin de evitar spoilers, me enfocaré sólo en desarrollar lo que creo puede servir como un “hilo de Ariadna” para leer la conexión entre ambas películas, y para sostener que la versión de Villeneuve es un homenaje a la película de 1982.

Uno de los puntos más interesantes de Blade Runner es la eterna y consabida pregunta sobre si Rick Deckard es o no un replicante. Dada la complejidad de la película (y sus diferentes ediciones), podemos encontrar elementos para defender cualquiera de estas dos hipótesis. Pero tal vez la gran riqueza de la película de Scott está en que no pretende resolver esta duda, sino nutrirse de ella. ¿Realmente haría una diferencia saber si Rick es humano? ¿Por qué sentimos la necesidad de determinar, de una vez y para siempre, cómo clasificarlo? ¿Qué es lo que queremos obtener con dicha taxonomía?

En gran medida, esta incesante necesidad por diferenciar a los humanos de los replicantes surge de nuestra íntima preocupación por definir aquello que es propiamente humano y distinguirlo claramente de todo aquello que no lo es. Esta preocupación nos ha llevado a creer erróneamente que los seres humanos somos “radicalmente diferentes” del resto de los animales e incluso a afirmar que el ser humano tenía un “lugar privilegiado” a manera de soberano de la naturaleza. En esta tradición del pensamiento histórico y filosófico, la clave para descifrar el enigma de lo humano se encontraba en enfatizar todo aquello que no somos, y eso es justo lo que ponen en crisis los replicantes de ambas películas.

En Blade Runner: 2049 encontramos una nueva serie de replicantes, mucho más complejos que los de la película anterior, y por ello mismo, más difíciles de distinguir de los seres humanos. Para preservar la continuidad con su predecesora, pero también para rendir homenaje a lo que es posiblemente uno de los mayores tesoros de la original, la cinta de Villeneuve vuelve a enfrentarnos con nuestros grandes temores y preocupaciones: ¿qué es lo que nos hace ser verdaderamente humanos?

De igual forma que la original, Blade Runner: 2049 explora una de las respuestas más clásicas a dicha pregunta. Aquello que nos hace humanos son nuestros recuerdos, nuestras relaciones afectivas, la forma de enfrentar nuestro pasado, saber de dónde venimos y cómo pertenecemos a la trama narrativa en la que estamos inmersos, incluso sin quererlo. Pero el gran reto escéptico al que se tiene que enfrentar esta respuesta, se presenta en ambas películas bajo la siguiente pregunta: Si un recuerdo puede ser prefabricado y programado para generar una cierta respuesta emocional, ¿aun así puede ser considerado como la clave de lo humano? Si nuestro pasado y nuestras relaciones afectivas responden tan sólo a la programación impersonal de una poderosa empresa tecnológica omnipresente, ¿cómo podríamos saber qué es real o qué es humano? ¿Cómo distinguir entre lo genuino y lo artificial?

Uno de los diálogos más interesantes de Blade Runner: 2049, le pertenece a la jefa del protagonista “K”, la teniente Joshi. En este diálogo, ella sostiene que el mundo está construido por un muro que nos separa en diferentes clases. Si tú le dices a cualquiera de las facciones que tal muro no existe, lo que consigues es una guerra. La preocupación por definir fronteras, límites o muros pareciera estar al servicio de preservar cierto orden. Como si la paz dependiera de distinguir a los humanos de los replicantes y de otros tipos de inteligencia artificial, así como históricamente se ha hecho con otros animales e incluso entre distintos grupos humanos. Tal vez una de las mejores aportaciones de Blade Runner: 2049 sea el insistir en que este muro no existe, sin importar qué tanto deseemos estar tranquilos bajo un engaño autoimpuesto.