La precariedad como forma de violencia

El psicólogo Christopher Ryan considera que preguntar si el ser humano es bueno, malo o neutro por naturaleza es como preguntar si el agua es sólida, líquida y gaseosa. En el caso del agua, el entorno determina el estado en que ésta se manifiesta. En el caso del ser humano, el entorno influye significativamente en los aspectos de nosotros mismos que van o no a manifestarse.

Los seres humanos somos capaces de lo más atroz así como de lo más sublime y, estadísticamente hablando, el entorno cultural y ambiental, mas el complejo conjunto de variables personales (historia de vida, estructura psíquica, genética, epigenética, etc.), marcan la pauta de nuestro comportamiento.

Desde esta lógica el psicólogo Philip Zimbardo, a partir de su experimento de la cárcel de Stanford y gracias a los experimentos de Stanley Milgram, sostiene que el comportamiento humano es fuertemente influenciado por su entorno. De manera que en vez de asumir que el problema radica en las personas (la tesis de la manzana podrida), hay buenas razones para defender que el problema está en las sociedades (tesis del barril que pudre manzanas).

En la segunda perspectiva el mexicano no es corrupto, violento o flojo por naturaleza, sino que está en un entorno de precariedad económica, social, laboral y política que no le proporciona lo necesario para un correcto desarrollo. Un ejemplo de esto, es que un granjero nunca culparía a sus manzanas por no crecer correctamente, buscaría las causas del problema y mejoraría los nutrientes del suelo, vería si la humedad es la adecuada o cosas por el estilo. El problema de la tesis de la manzana podrida, es que todo el mal radica en la persona, como si el entorno no influyera para nada. Esta tesis se limita a buscar o señalar culpables, en vez de entender las causas del problema y buscar soluciones.

La tesis de la manzana podrida no parece explicar que en entornos altamente empáticos y amables, donde hay abundancia, los individuos se comportan benévolamente, mientras que en entornos de precariedad (sea de alimento, seguridad, reconocimiento, libertad…) los seres humanos suelen tener conductas violentas, sea del tipo de violencia para afuera, como dañar a terceros, o para adentro, como dañarse a uno mismo (suicidio, culpa, auto desprecio, inseguridad…).

Hemos de modificar la idea ingenua de que la libertad humana lo puede todo y que somos completamente dueños de nuestros pensamientos, sentimientos, creencias, actitudes, etc., y entender que, en tanto que mamíferos gregarios, adecuarnos al grupo es fundamental para nuestra sobrevivencia. Por tanto, aquellos que consideran que la opinión de otros no les es relevante, o se engañan a sí mismos, o su cerebro es incapaz de empatizar (sociópatas o psicópatas).

El cerebro humano tiene una gran plasticidad y capacidad adaptativa, esta habilidad le permite introyectar cualquier contenido cultural, así como aprender las reglas del juego social. Por ejemplo, si un individuo nace en una cultura machista, asume el machismo, del mismo modo que podría asumir la igualdad de género, si naciera en una comunidad dónde eso fuera la norma.

De manera que si queremos incidir en el comportamiento humano, tenemos que mejorar el entorno (el barril), empezando por generar las condiciones propicias para satisfacer las necesidades básicas (alimento, seguridad, acceso a la salud…), hasta aspectos más intangibles (libertad de pensamiento, de culto, acceso a educación…). Es fundamental que nuestras políticas y prácticas económicas y sociales sean capaces de crear entornos de bienestar, la lógica persecutoria de mano dura y búsqueda de culpables (tesis de la manzana podrida), sólo aumenta el nivel de precariedad y de violencia en el entorno.

 

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