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La crisis y el retorno a la idolatría

El “sálvese quien pueda” preconizado por Byung-Chul Han parece estar cumpliéndose. El presidente Trump retira el financiamiento a la OMS, algunos gobernadores de estados del norte de país quieren salir del pacto fiscal federal; nuestro presidente defiende, sin más explicaciones, su política de cara a la emergencia; los opositores del gobierno actual demandan apoyos que impidan la reducción significativa de los capitales privados y; el que menos tiene que salvar, evita el contacto con los otros, a toda costa y compulsivamente, para no contraer el virus.

En ese escenario, conviene no olvidar a quienes, de suyo, lo único que pudieran salvar, tienen que arriesgarlo porque no tienen sino el trabajo del cuerpo para seguir viviendo. Ellos son, por así decirlo, el estado de excepción en medio de una rebatinga por la seguridad y la supervivencia. Y existencialmente, también están, con sus arrebatos y atrevimientos, probablemente, sumidos en la misma batalla. De cara a ello, vendría bien exigir claridad respecto de los siguientes cuestionamientos: ¿Será que se quiere salvar a la gente o se será que se quiere salvar ese algo que garantiza la vida de la gente? ¿Las estructuras sociales o a las personas que sirven esas estructuras? Las preguntas, aunque parezcan retóricas, no lo son. Buscan, si se responden con honestidad, ayudarnos a ubicar que, el “sálvese quien pueda” es una apuesta por mantener el régimen y no la vida.

Nuestro presidente el suyo, los gobernadores de los estados el suyo, los opositores del presidente el suyo. Y todos, sin más, salen a la calle, en época de confinamiento, para pelear por aquello que garantice la salvación de sus creencias e ideologías por encima de la vida. Como si las estructuras sociales estuvieran por sobre la vida misma; las políticas, las económicas, las jurídicas, las del sistema sanitario, las financieras. No cabe duda, la menor duda. Situados allí no somos menos idolatras que los de hace muchos siglos. Sepultamos unos ídolos para crear otros bajo la premisa de que la vida emana de ellos. Esperamos de hecho que la vida emane de ellos milagrosamente y por ello, como ritual cotidiano, salimos a rendir culto a lo que hemos construido. Y les sacrificamos vida porque pueden algunas de estas perderse pero, lo que no puede suceder, es que los ídolos se derrumben, si no, de dónde es que “lloverá” el “el agua” que fertilizará otra vez los campos que darán los “frutos” que sostengan nuestra dependiente e idolátrica existencia.

Que no se derrumbe el Estado, que no caigan sus leyes y que sus palacios, las estructuras subordinadas a éste, no mueran. ¿Y si mueren como han muerto otros modelos e ideologías del pasado? ¿Y si su fin tiene que ver con que el modelo ya no alcanza para sostener la vida? ¿Y si de los escombros hemos podido en el pasado rehacernos, porque el temor a que caiga? Si por no perder lo ganado nos movemos hacia una conservadora idolatría, no hemos avanzado, estamos retrocediendo a un estadío primitivo de la conciencia que, para salvarse, hace aquello que en su imaginación el tótem le pide ejecutar para mantenerse vivo sacrificando vida.

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