La alquimia de la mantequilla.

“Black Phillip, Black Phillip, a crown grows out his head. Black Phillip, Black Phillip, to nanny queen is wed. Jump to the fence post. Running in the stall. Black Phillip, Black Phillip, king of all.”1

Un joven desnudo y fornido de diáfana piel no puede sino ser un héroe, un envalentonado hombre al que se le harán canciones; el anciano desnudo de piel arrugada y cejas sobrepobladas a pesar de que su piel quede ahora holgada sin duda es un gran filósofo… ¡Qué importa el cuerpo! Para qué el cuerpo desnudo y robusto si no es para grandes hazañas, para qué si no para satisfacer el cumplimento de los ideales;  para qué el cuerpo terso y firme si más importante es la mente lúcida y resoluta para pensar aquello que enaltece a Dios… ¡Para qué! Todo hombre de buenos principios está obligado a negar el cuerpo. Todo reparo en él es vanidad.

Pero la mujer joven desnuda de cuerpo cadencioso, piel firme y músculos tensos, sin lugar a dudas, es una pérfida vampira, ¿A quién salvará en esa desnudez? ¿A qué viene su disoluta presencia si no es para corromper? Otro tanto a la mujer vieja desnuda que atendiendo a su sapiencia no debiera dudarse que no ha sido obtenida por obra de serios y sacrosantos caminos como la filosofía y la teología, sépase bien que su conocimiento debe ser adjudicado a los aquelarres y a los besos dados en el ano al Señor de la Oscuridad.

Es común en el arte que la apropiación de la sexualidad en uno se relacione a la  heroicidad mientras que a la otra se le connote como lubricidad de la peor calaña. Los hombres eruditos son filósofos, las mujeres doctas…. brujas.

Hacer lo posible por tener poder, o arrimarse a quien lo tenga, es propio de la condición humana. Llamamos magia a lo primero; a lo segundo religión.2

Sostiene Pilar Pedraza para el inicio de su obra en torno a la brujería. Es claro, el sacerdote solicita y ruega a Dios que la angustia que lo corroe se vea disipada; la bruja, por el contrario, exige terrible a los demonios. El orgullo de uno es mortificado, mientras que el de la otra es enaltecido.

El acto de brujería es un acto violento de adjudicación.

La bruja3, así, es perseguida porque es autónoma, egoísta y autárquica. ¿Cómo no ser perseguida frente a semejante condición? El sacerdote y las religiones están a la orden del Estado (a veces… ¿siempre?…viceversa). Son legítimas; los organismos de poder operantes se masturban mutuamente para darse cabida. La brujería no. Ella no necesita masturbaciones cuando puede abandonarse a la orgía de sus pasiones y exigencias.

Las religiones, específicamente el cristianismo católico, exige a sus venerantes la sobajación para apaciguar el dolor de la existencia. La bruja, a través de la estética de la carne, arrebata a todos los demonios sus deseos.

Recuérdese Marcos 5.28: Si logro tocar aunque sea su ropa, sanaré. El creyente, como sus sacerdotes, creen que existen cosas sagradas. La mujer que se vio curada en el Evangelio de Marcos, anónima entre la multitud, no osa acercarse a Cristo y exigirle el milagro que parará sus horribles hemorragias, tiene que esconderse y conformarse con tan sólo tocar sus ropas. A lo que el altivo Cristo voltea y pregunta quién ha tocado su manto. Su fe, esto es, su veneración hacia aquello de lo que duda, le ha salvado. La Bruja, más stirniana, no solicita, demanda en el aquelarre porque nada sagrado cree que exista, arranca el deseo en la orgía luciferina. La Bruja no tiene nada por sagrado porque es egoísta, ve para sí y su sola carne.

Sostiene José Rafael Hernández Arias:

En un mundo en que lo sagrado ya no posee ningún sentido positivo, la profanación sólo puede designarse con el término “transgresión”. En la trasgresión en el ámbito sexual, en el lenguaje de Sade, se manifiesta la muerte de Dios, su completa ausencia, y esta ausencia nos procura una experiencia interna soberana, aunque a la vez manifiesta su propia finitud: el ilimitado dominio del límite, el vacío de la liberación; en realidad nos encontramos ante una experiencia de lo imposible. En el exceso se manifiesta la experiencia única, en él produce la conexión de la muerte de Dios con la sexualidad.

De aquí que la sexualidad esté intrínsecamente relacionada con el fenómeno del aquelarre. ¿Cómo podría matarse a Dios en aras de la exaltación de la inmanencia si no es a través del ejercicio del cuerpo en sus múltiples discursos cárnicos como la orgía, el libertinaje y el desprecio por la moral?

Para los venenos de la trascendencia, los bálsamos de la carne.

Lo sagrado es para aquellos que, en lo externo a su condición supurante, encuentran La Verdad y El Bien.

Asegura Stirner:

Lo sagrado sólo existe para el egoísta que no se reconoce a sí mismo, el egoísta involuntario, para él, que siempre se ocupa de lo suyo y, sin embargo, no se tiene por el ser supremo, que sólo se sirve a sí mismo y al mismo tiempo cree servir a un ser superior, que no conoce nada superior a él y, no obstante, se entusiasma por lo elevado, en suma, sólo existe para el egoísta que no quiere ser egoísta, y se humilla, esto es, lucha contra su egoísmo y, sin embargo, sólo se humilla “para elevarse”, es decir, para satisfacer su egoísmo.5

Egoístas todos, corderos y machos cabríos, pero al final el que más se regocija en la campiña es este último.

Para las brujas, reinas de la Ciudad de Satanás, o sea, la Ciudad de la Inmanencia, la ciudad contraria a la Ciudad de Dios, el mundo deja de ser inaccesible y lejano, sagrado o divino. Al desacralizarlo lo manipulan como quieren: Cuando me elevé para ser el propietario del mundo, el egoísmo alcanzó su primera victoria completa, había superado al mundo, se había tornado sin-mundo, ya había confiscado en su beneficio todo lo obtenido durante una larga época.6 Cual brujo dice Stirner.

¡Si devoras lo santo, lo has hecho tuyo! ¡Digiere la hostia y te habrás librado de ella!7

Las brujas devoran su cuerpo, se apropian de su propia carne; engullen organismos ajenos a través de la sexualidad y la reafirmación de lo terreno.

La Durand en Sade, extraña especie de bruja, asegura:

Toda la naturaleza está a mis órdenes – nos respondió La Durand – y siempre lo estará a las órdenes de los que la estudien: con la química y la física se consigue todo. Arquímedes no pedía más que un punto de apoyo para levantar la tierra, y yo sólo necesito una planta para destruirla en seis minutos.

¡Ah! Pero qué le importa a la bruja la “degradación” de la fantasmagoría que los humanos llaman dignidad si al morir todo regresa a la tierra; tierra mojada y quemada, tierra de plantas y larvas. Pura tierra. Esta bruja necesita, tras apropiarse del mundo, apoderarse de sí misma a través de la trasgresión del dictamen patriarcal por excelencia. Éste es, como asegura Pilar Pedraza, el más grande y noble objetivo depositado en la mujer como elucubración de legitimidad para sostener su existencia: La maternidad.

A modo de extensión, el recién nacido, el bebé rosado y rechoncho, símbolo perfecto de la maternidad.

Es suculento el modo en que en La Bruja de Robert Eggers, cuando la bruja rapta al pequeño bebé Samuel, a través de un frenético desollamiento y destripamiento, lo unta a su cuerpo para rejuvenecer. Es la bruja que sacrifica infantes la que se apropia de sus objetivos de vida, de su sentido; y sí, sacrifica al niño porque es el acto sacro de la trasgresión en el sentido antes visto; situación paradójica el acto de trasgredir y sacralizar que sólo es factible y viable a través de los subrepticios apoyos de Lucifer, Belcebú, Belial o cualquier otro alto dirigente Infernal.

A través de este acto, la bruja no sólo da sentido y autarquía a su existencia, sino que además se abandona a la nada, es decir, a los placeres sensuales, de la carne. La bruja destruyendo el símbolo y el significante de la maternidad, escupe siglos de imposición para liberarse y abandonarse a los placeres de la inmanencia. Sin embargo, como algunos filósofos póstumos, no existen hombres aún que puedan satisfacer la lascivia de la mujer bruja, de la mujer sexual, sólo Lucifer; sólo Satanás puede saciar, porque sólo él se ha deslindado de la pusilanimidad de la trascendencia. Tan intricado es el camino de la bruja que sacraliza la trasgresión, da sentido a la inmanencia.

La primera bruja que el filme nos presenta se apropia, entonces, del pequeño engendro para rejuvenecer y experimentar su sexualidad desde el cuerpo joven y tonificado. Y esto no debiera entenderse como recurso obligatorio, la sexualidad no es privativa del cuerpo joven de la bruja; si ésta vuelta lozana decide entregarse al llamado de la carne es sólo por gusto, no porque por vieja no pueda llevarlo a cabo.

Pero la bruja de Eggers va más allá. Viola, una vez joven como se ha dicho, al niño piadoso y temeroso y al hacerlo contraviene la trascendencia toda vez que el niño también es símbolo. El recién nacido es símbolo de la bien culminada maternidad así como de la inocencia; como niño es símbolo del futuro y la esperanza del porvenir. La bruja al violarlo, y después morir por obra de sus encantos, reconoce y asume que lo único importante es el aquí y el ahora. Destruye el símbolo de la trascendencia  en orden a satisfacer la inmanencia.

Todo es símbolo para los creyentes, la mujer embrazada es símbolo de vida, la niñez es símbolo de porvenir, el hombre símbolo de la salvaguarda, el esmero y el trabajo. Nada vale por sí mismo ni en sí mismo. La bruja, como Satanás, asume este mundo.

Para asumir el mundo hay que consumirlo, luego entonces, apropiarse del mundo, el aquelarre es la fiesta de la carne y la confiscación del universo a Dios.

Para el fúnebre filósofo Philip Mainländer amar a Dios es síntoma de la fobia que provoca la conciencia de nuestra finitud, es decir, morir. La confianza en Dios es desdeñar la muerte. Esto es: la confianza en Dios es el horror de reducirse a la nada. Para Mainländer, quien supera la turbación a la muerte, quien supera la aprensión de reducirse a la nada se hace impasible, templado.9 ¡Ah! El gran Mainländer no pensaba en las brujas, estas mórbidas arrebatadas han asumido la nada en su carne, porque nada son, porque sólo carne y huesos y piel son, pero ellas no tienen tiempo que perder en impasibilidad o templanza, sino en excesos y arrebatos, en la orgía que reduce a la nadidad; la bruja, ente maravilloso, sabe de los placeres que el sabor de la mantequilla brinda, del garbo que un bonito vestido procura, es la bruja quien en este mundo de ideales, misiones, objetivos e ideales vive las delicias del nihilismo.

Thomasin: Black Phillip, I conjure thee to speak to me. Speak as thou dost speak to Jonas and Mercy. Dost thou understand my English tongue? Answer me.

Black Phillip: What dost thou want?

Thomasin: What canst thou give?

Black Phillip: Wouldst thou like the taste of butter? A pretty dress? Wouldst thou like to live deliciously?

Thomasin: Yes.

Black Phillip: Wouldst thou like to see the world?

Thomasin: What will you from me?

Black Phillip: Dost thou see a book before thee?… Remove thy shift.

Thomasin: I cannot write my name.

Black Phillip: I will guide thy hand.10

1The Witch, director Robert Eggers, protagonistas Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson y Kate Dickie, 2015.
2Pedraza, Pilar, Brujas, sapos y aquelarres, España, Valdemar Intempestivas, 2014,   p. 210
3Mejor que el brujo a decir verdad, toda vez que esta segunda acepción es rara y un sesgo judeocristiano le llamará, mejor, hechicero. Porque aún dentro de los horrores hay niveles y siempre será “superior” el hechicero a la bruja; esto es, el hombre a la mujer.
4Hernández Arias, José Rafael, Nietzsche y las nuevas utopías, p. 124.
5Stirner, Max, El único y su propiedad, p. 69.
6Ibid., p. 133-134.
7Ibid., p.137.
8Como se cita en: Pedraza, Pilar, Brujas, sapos y aquelarres, España, Valdemar Intempestivas, 2014, p.222.
9Cfr. Filosofía de la redención. Philip Mainländer.
10The Witch, director Robert Eggers, protagonistas Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson y Kate Dickie, 2015.