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Sobre la realidad histórica de la familia tradicional II

Como mencionamos en el artículo anterior, el inició de la modernidad surge con la invención de la moneda, esta ficción social empodera y favorece el florecimiento de nuevos actores sociales como comerciantes, artesanos, inventores y artistas. Esto produjo la redistribución y fragmentación de la estructura jerárquica de poder que antes ponía a los terratenientes como únicos habitantes en la cúspide de la pirámide social.

En la época agraria el poder y riqueza están en la posesión de la tierra, en la modernidad está en la posesión de dinero. En la transición de una sociedad feudal y agraria a una moderna, algunos feudos o “Casas” con renombre caen en la pobreza mientras que algunos comerciantes y artesanos sin renombre, adquieren riqueza y por tanto poder —como bien muestra la película de “El cadáver de la novia”—. Con el paso del tiempo se especializa tanto el comercio como la importancia de los bienes producidos por artesanos, y se extiende el uso del dinero como una forma eficaz de intercambiar bienes, servicios y productos. Estos cambios crean las condiciones sociales favorables para el nacimiento de la burguesía y con ella una nueva forma de crear familias y vínculos matrimoniales. La noción de “Casa” como estandarte y vínculo cohesionador de la “familia” —entendida como aquellos que poseen el mismo escudo familiar o apellido: abuelos, hermanos, tíos, etc.—, empieza a ser remplazado por la noción de “Hogar”: padre, madre e hijos. Esta nueva familia, o noción de familia, da vida a otra unidad de producción en la sociedad moderna. De tal modo que lo que se entiende por familia en una sociedad agraria es diferente a lo que se entiende por familia en una sociedad moderna.

Toda estructura social (o biológica) tiene que ser funcional para poder sobrevivir. De aquí que las ideologías y prácticas estén vinculadas a un contexto cultural y a sus formas de producción en un sistema social. Este conjunto de presupuestos y prácticas al interior de toda sociedad es lo que le da cohesión y estabilidad. Cuando alguien nace, se espera que el nuevo miembro de una sociedad aprenda las reglas del juego y las reproduzca, es decir, las ponga en práctica para que de ese modo se puedan mantener las prácticas sociales vigentes y dominantes, no tiene que ver con justicia o con moralidad, sino con funcionalidad y pragmatismo.

La familia y las instituciones sociales buscan educar a los nuevos miembros en el sistema de creencias y prácticas de una sociedad dada para poder sobrevivir y perpetuar ese sistema de producción por tiempo indefinido. Pensar y/o actuar de manera distinta es una herejía social, del mismo modo que pensar y/o actuar distinto a un sistema de creencias religioso es una herejía religiosa. Es decir, se está traicionando o alterando el sistema de creencias y las prácticas que dicho sistema sustenta, sean justas o no. Las sociedades esclavistas buscan perpetuarse del mismo modo que las sociedades agrarias o cualquier otra. Las nociones de familia son por tanto las unidades de mantenimiento y perpetuación de todo sistema de creencias, de ahí que suelan verse alteradas cuando la sociedad modifica sus formas de producción. Todo cambio social repercutirá en el modo en que entendemos la noción de familia, y estas transformaciones no deberían preocuparnos, si se encaminan hacia una mayor plenitud y bienestar de sus miembros.

En el sistema familiar agrario, el «pater familias» era el dueño de todo, cual amo absoluto, como se expuso con más detalle en “Sobre la realidad histórica de la familia tradicional I”, en la familia moderna o industrial, los roles empiezan a cambiar. La familia ahora es una microempresa o negocio, y el modo de entender el lugar y papel de la mujer, el hombre y los hijos se ajusta a ese modelo de producción. Durante los inicios de la modernidad, el sistema de creencias agrario empezaría a sufrir ciertos cambios que darían vida al sistema de creencias moderno, o dicho de otro modo, las formas de producción agrarias fueron cediendo ante formas de producción modernas y burguesas basadas en la producción y venta de productos así como la prestación de servicios. Los siervos empezaron a desaparecer y surgieron los obreros o empleados, así como las “Casas”, empezaron a desaparecer y surgieron los hogares. Uno de esos cambios fue que las personas empezaron a elegir con quién casarse y cuándo hacerlo, dado que lo decidía el patriarca. Hombres y mujeres que antes salían del núcleo familiar para casarse directamente, ahora tienen periodos de soltería donde trabajan, ganan su propio dinero y con ello adquieren madurez e independencia.

Con la familia moderna también surge la figura del hombre proveedor y la mujer ama de casa, roles productivos, no ontológicos; es decir, son construcciones sociales y no destinados así por su biología. Esto radicaliza las diferencias en los roles de género que antes no eran tan rígidas y surge una fuerte preocupación por la vida sexual de las parejas, cosa que en el pasado tampoco existía. La promiscuidad en la época agraria era conocida y sumamente aceptada, los patriarcas solían tener varias esposas o esposa y amantes, y por tanto mucha descendencia no legítima, que no hereda tierra, hijos sin derechos a heredar, y la herencia de la tierra es justo el centro de esa estructura social y productiva.

Con la modernidad empieza a imponerse una moral recatada y preocupada por la vida sexual de las familias. Los hijos ilegítimos empiezan a considerarse problemáticos y se discute la posibilidad de darles derechos o por lo menos cierto reconocimiento social. Este es uno de los móviles para promover la monogamia estricta, misma que antes era prácticamente inexistente. A su vez surge la noción de mujer de casa, es decir: casta y pura. Esto por un lado permite cierta autonomía sexual, pues ahora la esposa puede rechazar al marido cuando ella quiera, cosa impensable en la familia agraria, pero por otro lado se sataniza la sexualidad de las mujeres activas o con un alto deseo. De modo que no todo fue en beneficio de la libertad y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Ciertos ajustes en las tecnologías sociales y sus respectivas ideologías y prácticas fueron liberadoras mientras que otras las sometieron aún más.

Lo que es innegable es que el sistema familiar agrario empieza a transformarse gracias al crecimiento del comercio y los asentamientos urbanos. El hombre se encargaría de trabajar, ganar dinero y mantener el hogar, mientras que la mujer se encargaría de parir, cuidar a los hijos y hacerse cargo de las labores domésticas. Cabe señalar que a la mujer en las sociedades agrarias no se le permitía trabajar ni aprender ningún oficio, así que la única manera en que una mujer podía garantizarse su subsistencia era casándose, prostituyéndose o en el caso de occidente, haciendo vida clerical. No pocas mujeres se hicieron monjas como la única alternativa a casarse, morirse de hambre o tener que ganarse la vida en las calles.

Con el decaimiento de las sociedades feudales, debido en parte al crecimiento y empoderamiento de los burgueses (comerciantes y artesanos), surge la necesidad de crear estados y leyes que regulen la vida social y comercial de los ciudadanos. Con esto empieza a restringirse el poder absoluto del que antes gozaba el patriarca, ya que en el pasado las “golpizas educativas” no sólo eran toleradas, sino que de hecho eran bien vistas y recomendadas. Del mismo modo, no se consideraba que la satisfacción sexual de la mujer, sus deseos y preferencias, así como el bienestar infantil fueran algo importante que requiriera protección, ya que todo giraba en torno al bienestar y a los privilegios del patriarca.

Con la modernidad, y sobre todo con la revolución industrial, empiezan a surgir ideas sobre la necesidad de protección y derechos tanto de la infancia como de la mujer. Aunque pasarían varios siglos antes de que la mujer y los niños adquirieran plena protección legal y derechos equivalentes a los hombres. Sin embargo, la modernidad fue un gran avance para muchas mujeres, ya que les permitió ganarse la vida trabajando, en ciertos oficios muy definidos, sin necesidad de tener marido, aunque esto no era nada bien visto por la sociedad. Estas restricciones llevaron a que muchas mujeres optaran por disfrazarse de hombres para, de ese modo, poder ganarse la vida.

Si bien estamos describiendo la historia del matrimonio a grandes rasgos, ya que las peculiaridades culturales entre los diferentes lugares del planeta son imposibles de abordar con rigor dada la extensión de este artículo, nuestro interés es describir las características esenciales que nos llevaron a la actual noción de matrimonio donde dos personas deciden casarse por propia voluntad y donde la importancia del amor, el respeto, la equidad y la negociación son partes fundamentales de la vida familiar. Según Stephanie Coontz, esto sucedería a principios de 1960 en occidente y lentamente iría propagándose a otras partes del planeta, para que por primera vez en la historia la gente pudiera casarse por amor de manera libre y voluntaria, y no como consecuencia de un pacto estratégico o una necesidad material.

Cerca de 10,000 años de historia separan a las sociedades igualitarias de los cazadores recolectores de las organizaciones familiares voluntarias, libres y diversas que vemos hoy en día. Las estructuras familiares jerárquicas con un hombre casi omnipotente y una mujer e hijos sometidos a la buena voluntad del patriarca son, hoy en día, herencias ideológicas de un pasado que no termina de superarse. Si algo nos puede enseñar la historia del matrimonio es a no idealizar de manera ingenua la idea de familia tradicional. Pues más que un único y monolítico formato de matrimonio y familia, han existido diferentes modos en que los seres humanos nos hemos relacionado, y no necesariamente los formatos de antaño son los más justos, deseables y amorosos que la historia humana nos puede mostrar.

Tiene mayor sentido promover una familia funcional y de bienestar, donde el cuidado, afecto, acuerdo y una idea de relación horizontal, puedan sustituir al autoritarismo e imposición jerárquica y machista de la familia tradicional. Junto con todos estos cambios sociales y familiares, o precisamente por ellos, la noción de equidad entre los seres humanos sin importar su orientación sexual, color de piel, religión o clase social está llegando a ocupar un lugar importante en nuestro imaginario colectivo; es decir, en nuestro sistema de creencias y prácticas sociales. Si bien todavía queda mucho por hacerse, es significativo lo que se ha avanzado en materia de derechos y equidad en casi todos los rubros sociales. Las familias contemporáneas hoy en día aspiran a crear lazos afectuosos justos, donde se respeta la autonomía de cada uno de sus miembros. Estas nuevas tecnologías sociales están cambiando el mundo en el que vivimos: cosas que antes eran aceptadas y comunes, hoy nos resultan aberrantes y violentas.

Biliografía

Coontz, S., (2005): Marriage, a history. How love conquered marriage. Penguin Books, USA Rifkin

Harari, Yuval-Noah (2018): De animales a dioses, Debate, México.

Rifkin, J. (2010): La civilización empática. La carrera hacia una conciencia global en un mundo en crisis. Paidós, España.Ryan

Ryan, C., Jethá, C. (2012): En el principio era el sexo. Los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos. Paidós, España.

 

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