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De Experimentos Mentales, Memoria e Identidad (1 de 2)

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Hay una tradición filosófica de reflexionar sobre ciertos experimentos mentales. Estos experimentos mentales son escenarios imaginarios que nos permiten explorar algunas dudas escépticas sobre nuestras creencias cotidianas. Imaginen por ejemplo que tenemos la posibilidad de soñar con tanto detalle y precisión, que sólo por los detalles del sueño no podríamos distinguir si estamos dormidos o despiertos.

Piensen por ejemplo en el final de la película de Inception, ¿podemos confiar en que un pequeño trompo nos indique la diferencia entre sueño y vigilia, si suponemos que nuestros sueños pueden ser tan complejos como la realidad?

Pareciera que el truco de los objetos de la película no es suficiente y que este experimento mental nos llevaría a seguir reflexionando sobre las diferencias entre estar despierto o dormido. Pero ahora piensen en un segundo experimento mental, ¿qué pasaría si fuéramos cerebros en una cubeta que están siendo estimulados a través de una computadora de tal forma que creemos que tenemos una experiencia corporal cotidiana como la que conocemos, pero todo esto es sólo una simulación?

Este escenario (que suena muy parecido a lo que plantea la película de Matrix) nos lleva a reflexionar sobre la división mente/cuerpo, sobre lo que es tener experiencias sobre el mundo que nos rodea y cómo formamos las creencias sobre él. Este escenario agrega un nivel de dificultad añadido al anterior: no es que no podamos distinguir entre sueño y vigilia.

El nuevo reto escéptico es que tan sólo desde nuestra experiencia y nuestras creencias cotidianas sobre el mundo exterior, no podríamos excluir la posibilidad de que somos sólo cerebros en cubetas, así que ¿cómo podríamos seguir pensando en la fiabilidad de nuestro conocimiento sobre el mundo si no podemos descartar este desafío escéptico?

En 1921, un filósofo llamado Bertrand Russell planteó el siguiente experimento mental. Imaginen que el mundo comenzó a existir apenas hace cinco minutos. Todo lo que recordamos de antes de esos cinco minutos son tan sólo creencias falsas.

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Todo lo que creemos conocer del pasado, incluyendo nuestras propias experiencias, es completamente falso.

¿Cómo podríamos descartar este desafío? Russell nos dice que por lo menos lógicamente es completamente viable pensar que el mundo comenzó a existir hace cinco minutos. Si esto fuera así, ¿qué conclusiones podríamos sacar sobre lo que conocemos como “historia”? ¿Tendríamos que concluir que tal vez no podemos conocer nada acerca del pasado, y que sólo podemos tener creencias de las cuales no tener certeza de que sean verdaderas? ¿Podríamos concluir que el testimonio u otro tipo de evidencia (objetos, documentos) de los acontecimientos históricos que tenemos no es suficiente para probar que de hecho sí ocurrieron?

En este breve ensayo voy a explorar este último experimento mental sobre el pasado, pero me enfocaré sólo a reflexionar sobre las consecuencias que este desafío escéptico tendría para la conformación de la identidad personal. En otras palabras, no me enfocaré en analizar si puede haber un conocimiento sobre la historia, sino tan sólo, si podemos tener conocimiento sobre quiénes somos con base en nuestros recuerdos y para ello utilizaré un cuento de K. Dick y un episodio de Rick y Morty.

Si el mundo comenzó a existir hace cinco minutos y todos nuestros recuerdos han sido implantados, ¿qué podemos saber sobre nosotros mismos?

El cuento de Philip K. Dick “Podemos recordarlo por usted al por mayor” nos presenta un escenario similar. Imaginemos que hay una empresa llamada Rekall Inc. y que por una determinada cantidad de dinero, pueden implantarnos recuerdos falsos que por lo menos desde nuestra perspectiva, van a ser totalmente indistinguibles de los recuerdos “verdaderos”.

En otras palabras, desde la perspectiva de quien se someta a este procedimiento, no habrá forma de distinguir entre experiencias pasadas que de hecho ocurrieron de recuerdos falsos implantados. Esta empresa es tan seria que ofrece la siguiente garantía: nos aseguran que no recordaremos haber ido a Rekall a solicitar nuestros recuerdos falsos, ni siquiera tendremos conocimiento de que existe esa empresa.

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Más aún, mientras nos implantan los recuerdos falsos, Rekall mandará objetos a nuestras casas como evidencia de nuestro pasado inexistente. Nosotros recordaremos que, en el tercer cajón de arriba hacia abajo del escritorio hay una pequeña caja donde guardamos una postal o una servilleta de ese café que nos gustó tanto en nuestro viaje, etc.

Recordaremos no sólo las anécdotas que se relacionan a los objetos, recordaremos también exactamente dónde están guardados en casa, recordaremos cuánto significan para nosotros, asociaremos emociones y pensamientos con esos objetos, como una manera de recordar y revivir aquellos momentos que, de hecho, nunca vivimos. Si yo recuerdo vívidamente un viaje que me cambió la vida y además tengo objetos que lo prueban, ¿por qué tendría que sospechar de la veracidad de esa experiencia para mí? ¿por qué dudar de lo que ese viaje significa para mi incluso si es tan sólo un recuerdo implantado?

Rekall Inc. no sólo borra los recuerdos relacionados con su empresa y nos proporciona los objetos que servirán como evidencia, además nos promete que sus recuerdos implantados tendrán una gran cantidad de detalles, que nos permitirá recordar nuestra experiencia con gran claridad y vivacidad. Con nuestros otros recuerdos, una de las grandes amenazas es el tiempo.

Comenzamos a olvidar detalles, conversaciones, lugares, emociones e ideas que tuvimos en un momento determinado, etc. Eso no ocurrirá con los recuerdos de Rekall donde nos prometen que su programación es tan precisa que los detalles no comenzarán a borrarse por más que pase el tiempo.

Recordaremos todo que nos parecerá como si todo hubiera ocurrido ayer. ¿No valdría la pena? Imaginen las grandes experiencias que podríamos tener, o mejor dicho, que podríamos recordar: viajes, aventuras, relaciones. Si desde un punto de vista son indistinguibles de la experiencia real, ¿no valdría la pena pagar a Rekall y recordar de esta forma algunos de los mejores momentos de nuestra vida?

El protagonista del cuento de K. Dick, Douglas Quaid, es un hombre que está de acuerdo en que vale la pena pagarle a Rekall Inc. con tal de tener la posibilidad de vivir (de recordar) algo así. Douglas es un hombre aburrido y frustrado con su vida cotidiana: con su trabajo, con su esposa, con su rutina.

Su mayor fantasía en la vida es poder ir a Marte. Pero él sabe perfectamente que, con su trabajo de oficina, con los recursos que tiene, con sus habilidades, jamás podrá ir a Marte. No existe ni la más remota posibilidad de que él pudiera ir y, sin embargo, es lo que más anhela en la vida.

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Si un viaje a Marte es de hecho imposible, ¿no valdría la pena por lo menos recordar un viaje a Marte? Al final del día, él no va a saber que es tan sólo un recuerdo. Él creerá firmemente que fue, tendrá los objetos y souvenirs, podrá comprobar con los recuerditos que “compró” para sus seres queridos en Marte, que él (cree que) de hecho fue a Marte.

Tan sólo por plantear esta posibilidad, el cuento de K. Dick es ya una genialidad. Nos ofrece un experimento mental tan complejo e interesante que valdría la pena detenerse un poco aquí, antes de seguir analizando el cuento. ¿Qué papel juegan nuestras creencias sobre el pasado en la conformación de nuestra identidad personal?

En otras palabras, ¿quiénes somos y cómo podemos saber quiénes somos a partir de quienes hemos sido? ¿Son nuestros recuerdos suficientes para obtener pistas sobre quiénes somos?

Por supuesto, tenemos una parte intuitiva que nos invita a contestar de inmediato: yo soy esa persona que se rompió el diente durante una clase de natación a los 9 años; yo estuve en el taller más impopular de secundaria (dibujo) con tan sólo tres compañeros más; yo me sentaba en el piso de los salones con mis amigas cuando teníamos clase de Salud porque de lo contrario, nos dormíamos o nos aburríamos demasiado; yo estuve en un gran grupo cuando estudié la licenciatura y me divertí casi todos los días que estuve ahí.

Una parte mía está segura de que todas estas creencias sobre mi pasado juegan un papel muy importante al momento de contestar quién soy ahora, quién fui en primaria, secundaria, prepa, licenciatura. Pero si el mundo comenzó a existir hace cinco minutos y todos mis recuerdos son falsos, o si de alguna forma pudiéramos saber que todos estos recuerdos fueron implantados por Rekall Inc., ¿serían menos importantes o significativos?

Hay dos formas de plantear estas preguntas. Primero, si ustedes supieran que todo lo que les acabo de contar es falso, ¿por esa razón creerían que me conocen menos después de lo que han escuchado? Segundo, si yo no puedo saber que son recuerdos falsos. Si para mí todos estos recuerdos falsos son indiscernibles de los recuerdos sobre eventos que sí ocurrieron, ¿por qué tendrían que ser menos significativos para mí o para saber quién soy?

En el cuento de K. Dick., Douglas ha decidido que su única oportunidad para realizar su mayor anhelo en la vida, ir a Marte, es ir a Rekall Inc. y permitir que le implanten recuerdos falsos. Sin embargo, algo sale mal con la operación.

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Cuando le inyectan el líquido que permitirá borrar ciertos recuerdos para hacer espacio a los nuevos, ocurre algo inesperado. Antes de que le implanten los recuerdos falsos, Douglas comienza a recordar que fue a Marte, que es un agente secreto, que lo mandaron ahí en una misión especial y recuerda perfectamente en qué lugar de su casa tiene una pequeña caja llena de muestras que recogió durante su estancia a Marte.

Nos enteramos así que, de hecho, la Agencia para la que trabajaba se había encargado de borrarle la memoria y de hacerle creer que él era tan sólo un oficinista, aburrido y cansado con su vida. El líquido inyectado removió su memoria de tal forma que ahora esos recuerdos habían resurgido. Recordaba todo.

Esto por supuesto representó un gran problema para la Agencia. Tenían que matarlo. En tan sólo minutos, Douglas está huyendo y corriendo por su vida. Después de un rato, Douglas logra negociar que, a cambio de que lo mantengan con vida, él está dispuesto a someterse a un proceso que borre su memoria siempre y cuando ahora le den recuerdos más interesantes.

Él está seguro de que acabó en Rekall Inc. (y con todos estos problemas) porque su vida era tan aburrida que su deseo por ir a Marte resurgió. Aunque sus recuerdos cambien, su anhelo por ir a Marte era algo tan suyo que eso siguió ahí, sin importar las modificaciones de su memoria.

Él pensó que, si le dieran recuerdos más satisfactorios, más emocionantes, entonces el deseo de ir a Marte quedaría en segundo plano y podría olvidar todo para siempre. La Agencia acepta esta oferta y consiguen un grupo de expertos que se dedican a analizar cuáles son las fantasías más fuertes en la mente de Douglas Quaid.

Así descubren que una fantasía más primigenia e importante, aún más que el deseo de ir a Marte, es la de haber salvado a la Tierra de un grupo de extraterrestres. Cuando era niño, Douglas fantaseaba con el siguiente escenario. Un día llegaban unos pequeños extraterrestres en su nave espacial y él era el único que estaba ahí para recibirlos.

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Le informaron que su plan era conquistar la Tierra y él con amor y empatía, no con violencia, lograba convencerlos de que no lo hicieran. Los extraterrestres quedaban tan impresionados con él que le prometieron que mientras él viviera, no invadirían la Tierra. Con esta fantasía en mente, Douglas regresa a Rekall Inc. para que le implanten los recuerdos falsos correspondientes a su aventura extraterrestre.

Sin embargo, cuando le inyectan el líquido para borrar algunos recuerdos y hacer espacio para los nuevos, algo sale mal.

De nuevo…
Continuará…

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