¿Qué es la eutanasia? El derecho de decidir sobre mi propia muerte

Entre los dilemas médicos que han suscitado más polémica en los últimos tiempos, se encuentran los que plantea la eutanasia. El término euthanasia se compone por las raíces griegas eu que significa bueno y thanatos que significa “muerte”. Por tanto, eutanasia significa “buena muerte”. Desafortunadamente, este concepto ha sido utilizado en distintos contextos en los que se ha eliminado su significado original y se ha reemplazado por significados que apoyan ideologías en muchas ocasiones absolutamente reprobables. Por ejemplo, según la Encyclopedia of Bioethics,[1] existen cuatro significados de la palabra eutanasia que se han manejado en distintos contextos históricos:

  1. Inducir la muerte a quienes están sufriendo;
  2. Terminar con la vida de quienes son indeseables;
  3. Dar atención a los moribundos;
  4. Dejar morir a las personas

Al observar estas definiciones, como Asunción Álvarez señala, podemos afirmar que ninguna cumple del todo con lo que en la práctica actual debemos entender por eutanasia. La definición II sólo hace referencia a una práctica discriminatoria, y que básicamente ha sido motivada en los últimos tiempos por los actos atroces cometidos durante la segunda guerra mundial, principalmente contra el pueblo judío; la definición IV, por su parte, sólo hace referencia al concepto de eutanasia pasiva, esto es, omitir o suspender acciones que podrían ayudar a conservar la vida de una persona. Esto significa que sólo las definiciones I y III se acercan a una definición de eutanasia como la que nos interesa destacar en esta investigación; sin embargo, la amplitud en el caso de la I y la limitación en el caso de la III, nos obliga a buscar una definición más precisa que sea fructífera en la práctica médica actual. Analicemos por qué.

La Asociación Médica Mundial define a la eutanasia como el acto de terminar deliberadamente la vida de un paciente, incluso ante la petición de éste,[2] y además, la concibe como una práctica que va en contra de los principios éticos de la medicina. Sin embargo, una mirada detallada a la definición nos puede ayudar a comprender por qué se le observa como una práctica no ética o inmoral. La definición nos habla del acto de terminar deliberadamente con la vida de un paciente, incluso si el paciente mismo lo pide. Sin embargo, el incluso parece indicar que el médico, o cualquier otro agente, podría deliberadamente acabar con la vida de un paciente, aunque no sea a petición de éste. Ello, claramente, sería un asesinato, es decir, un acto inmoral. También está el grave problema de que esta definición no especifica bajo qué circunstancias la petición del enfermo puede considerarse ética o moral. Por supuesto, esto último puede parecer una consideración fuera de lugar en tanto que la definición está enfocada en recalcar el carácter inmoral de dicha práctica.

A diferencia de la definición de eutanasia que nos proporciona la Asociación Médica Mundial, si tomamos en cuenta una definición que dé prioridad a la autonomía del paciente para decidir sobre sí mismo, entonces se vuelve necesario buscar otro concepto de eutanasia que dé cuenta del derecho de los pacientes a solicitarla bajo determinadas circunstancias. Esta definición no la ofrece A. Álvarez y es la siguiente:

La eutanasia es el acto o procedimiento, por parte de un médico, para producir la muerte de un paciente, sin dolor, y a petición de éste.[3]

Bajo esta definición, la eutanasia, o su variante el suicidio asistido,[4] se convierten en la oportunidad que tiene una persona para elegir, sin coerción de ningún tipo, adelantar su muerte para aliviar el dolor físico y psicológico que le produce tener una enfermedad incurable o una enfermedad degenerativa o limitante que le produce los mismos efectos; además de poder tomar la decisión bajo la certeza de que su muerte llegue de forma rápida e indolora gracias a los conocimientos de su médico. Como bien aclara A. Álvarez, esta definición sólo incluye las situaciones en que es el mismo paciente el que la solicita.

Si bien existen clasificaciones sobre la eutanasia, la que me interesa señalar debido al marco teórico en que se centra esta investigación, es la siguiente. Generalmente se distinguen dos formas de eutanasia: la pasiva y la activa. En la primera, el enfermo muere debido a la omisión o suspensión por parte del médico del uso de medidas que podrían prolongarle la vida. En la segunda, el paciente terminal fallece como consecuencia directa de una acción intencionada del médico que responde al pedido expreso del paciente. Bajo esta clasificación, la definición de A. Álvarez sólo se refiere a la segunda definición. Es decir, se trata de una acción emprendida por parte de un médico para acabar con la vida de un paciente que expresamente se lo ha solicitado.

Podemos afirmar que el derecho del paciente a rechazar toda forma de tratamiento concierne sólo al ámbito de lo que hemos descrito aquí como eutanasia pasiva, aunque es más amplio, pues es un derecho de los pacientes competentes a rechazar un tratamiento médico en general. Sin embargo, justo el límite de ese derecho implica negar la posibilidad de un paciente para solicitar la eutanasia activa. En otras palabras, la eutanasia activa forma parte del terreno conflictivo que este derecho a rechazar tratamientos médicos no cubre.[6] Pero, ¿por qué es pertinente en la actualidad hablar del tema de la eutanasia activa? ¿Por qué no conformarnos con lo que puede ofrecernos la eutanasia pasiva? O, en palabras de Ronald Dworkin:

¿Por qué nos preocupamos tanto, sea de una forma u otra, por la muerte, cuando no existe nada digno de vivirse pero tampoco existe pena, dolor o sufrimiento que la muerte pueda interrumpir? ¿Por qué no somos la mayoría de nosotros simplemente indiferentes acerca de lo que nos suceda o acerca de lo que les suceda a aquellos que amamos, en esta circunstancia?[7]

Hablar de la eutanasia activa es relevante porque el interés humano por pensar la propia muerte no se limita a ser parte de la agenda de un paciente que se encuentra en condiciones médicas delicadas, sino que forma parte en la vida de cualquier agente racional. Aunado a esto, los problemas que suscitan las preguntas planteadas también pueden verse reflejadas en las actitudes fuertemente opositoras con respecto a la eutanasia activa por considerarla una afrenta al valor de la vida humana, esto es, por considerar que aquellos individuos que desearían se les aplicara la eutanasia bajo determinadas circunstancias médicas en realidad no están actuando en pos de su bienestar. Esta postura es defendida, entre otros, por aquellos que defienden que la vida biológica tiene un valor intrínseco y absoluto y que, por ello, la persona no tiene derecho a decidir terminarla bajo ninguna circunstancia.

  1. A. Álvarez, op. cit., p. 28.

  2. Ibíd., p. 31.

  3. Ibíd., p. 32.

  4. R. Pérez Tamayo. “El médico y la muerte”, Eutanasia: Hacia una muerte digna, p. 25. Hay distintas clasificaciones en el tema de elegir la propia muerte con ayuda médica. El suicidio asistido se puede observar como una variante de la eutanasia activa, pero su diferencia estriba en que, aun cuando el médico proporciona los medicamentos para acabar con la vida del paciente, es este último el que ejecuta por sí solo la acción de terminar con su vida tomando los medicamentos. Esta variante de la eutanasia resulta relevante porque, aunque a lo largo de la investigación nos referiremos al término eutanasia activa, los argumentos que se ofrecerán para intentar justificarla moralmente, pueden ser utilizados de forma análoga para tratar de justificar el suicidio asistido. Otra clasificación de la eutanasia activa depende de la consideración de la voluntad del paciente y puede ser 1) voluntaria, es decir, que la terminación de la vida de un paciente se da en respuesta a la petición de éste expresada libremente; 2) no voluntaria, a saber, cuando se termina con la vida de un paciente sin que éste lo solicite porque por algún motivo está imposibilitado para hacerlo; y 3) involuntaria, que es la que se lleva a cabo en contra de la voluntad del paciente y por tanto, es en realidad un asesinato. En consecuencia, bajo estas clasificaciones, las únicas que atañen a esta investigación son la eutanasia activa voluntaria y el suicidio asistido, pues son las únicas variantes que expresan la libre voluntad de los pacientes competentes para solicitar una muerte médicamente asistida.

  5. A.E. Buchanan y D.W. Brock, op. cit., p. 104-105. Las cursivas son mías.

  6. Si bien el derecho del paciente capaz a rechazar toda forma de tratamiento es amplio, en tanto que cubre múltiples áreas de la ética médica, los mismos Brock y Buchanan se ven en la necesidad de recurrir en su obra Decidir por otros, a otros valores éticos relevantes para defender el derecho de pacientes clasificados como incompetentes para que otros, con base en lo que fueron sus intereses o deseos antes de la incompetencia o inconsciencia que padecen, puedan tomar la decisión de no mantenerlos bajo tratamientos médicos que ya no pueden producirles ningún “beneficio neto”.

  7. R. Dworkin, op. cit., p. 253.

 

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