Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte I

Desde una espiritualidad secular y cosmopolita, lo divino no puede ser monopolizado, explicado a la perfección o de manera absoluta por alguna cultura, persona o institución. Una espiritualidad cosmopolita parte de la idea de que “Lo Divino”, o “Eso-otro-más-grande-que-uno-mismo”, es una idea, emoción o intuición abstracta que no puede agotarse en ninguna definición o perspectiva concreta, sea ésta de la cultura que sea.

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Dicho de otra manera, hemos hecho de “Lo Divino” una marca con “copyright” y “Lo Divino” no tiene dueño; no le pertenece a ninguna persona, cultura o institución con exclusividad. Si aceptamos que una conciencia limitada no puede tener una comprensión perfecta de una entidad, conciencia o ser ilimitado, entonces tampoco algo absoluto puede tener dueño o ser exclusivo de una cultura en particular

Hay buenas razones para defender que todas nuestras concepciones o perspectivas de “Lo Divino” o de lo absoluto son parciales, históricas, humanas, falibles e imperfectas, que están cargadas de lo que somos y de cómo somos. Como se dice en el Talmud: “No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos”, y “Lo Divino” no escapa a esta tendencia humana de proyección. Aún cuando consideramos que son construcciones humanas, no existe ningún problema con que la gente crea en Dios, le llame como le llame. El problema es que la gente confunda creer en Dios, con asumir como cierta, más allá de toda duda, la versión cultural y particular de “Lo Divino” que le han enseñado desde la infancia. Esta actitud puede, con facilidad, llevarnos a la intolerancia, prepotencia y violencia religiosa, como defenderemos más adelante.

Desde un punto de vista filosófico, la pregunta no es si nuestras creencias son ciertas o falsas, esa pregunta no es factible de ser contestada. Lo relevante aquí, tanto para la filosofía moral como para la espiritualidad que tratamos de defender, es si nuestras creencias, así como el conjunto de valores y prácticas que encarnan, son benévolas, funcionales, justas, empáticas; es decir, si promueven el diálogo, la libertad y la responsabilidad individual; y si a su vez rechazan o inhiben toda forma de violencia. Una espiritualidad secular, crítica, ética y cosmopolita, pretende evitar todo tipo de creencia, o interpretación de una creencia, que por las razones que sea, promueva o justifique la discriminación, el machismo y el elitismo; que niegue la libertad y la dignidad humana o sustente prácticas e ideologías de odio. Lo anterior ha de ser revisado y considerado pertinente para discriminar entre las creencias o interpretaciones de creencias dañinas, a diferencia de las legítimas y deseables.

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Es fundamental comprometernos con las prácticas y creencias capaces de autocrítica y revisión, puesto que pueden ayudarnos a evitar toda forma de abuso y exceso. Ya la historia nos ha mostrado en repetidas ocasiones (Inquisición, Cruzadas, etc.) el terrible riesgo de ser autocomplacientes, autoritarios y despóticos con nuestros respectivos presupuestos o interpretaciones de “Lo Divino”. Esta actitud crítica no sólo puede evitarnos caer en dichos excesos y abusos, también nos permite ampliar nuestra autonomía, dado que no tenemos por qué estar determinados por la cultura o la familia en la que nacemos. Las creencias tienen que ser una cuestión de elección y compromiso, no de imposición cultural o familiar.

Una espiritualidad cosmopolita buscaría trascender los localismos, no al rechazarlos o negarlos, sino al mirar con atención, curiosidad y apertura a otras culturas y sus tradiciones. No con el objetivo de elegir la religión correcta, suponiendo que esto exista, sino con el afán de ser mejores y de enriquecernos con toda la diversidad humana; desde las tradiciones espirituales, hasta las filosóficas, artísticas, científicas, política, etc.

Más del 80% de las personas practican la religión que les fue enseñada en el seno materno, y este porcentaje aumenta significativamente cuando la religión de la familia coincide con la religión adoptada de manera mayoritaria en la sociedad a la que el individuo pertenece. La adopción de la religión por influencia cultural es cotidiana y no debe de extrañarnos, el problema surge cuando las personas que la practican están absolutamente convencidas de que ésta, y sólo ésta, es la correcta. Tal mentalidad, por simple exclusión, suele producir que la gente asuma que la religión de los demás está mal, por ende, que la gente está mal. Lo cual facilita que se mire y se trate a dichas personas con cierto odio, desconfianza y desprecio; o por lo menos, con cierta lástima o condescendencia. Como escribe Hans Küng: “La demonización del adversario no es con frecuencia otra cosa que un intento de autojustificación moral.” (Küng, 2002, 177).

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Es sano poner una mirada crítica a la tendencia natural de asumir como cierto lo que la familia y la sociedad asumen, de igual manera que hacemos con el lenguaje, la vestimenta y las costumbres. Por ejemplo, la gente aprende y repite el lenguaje de su entorno del mismo modo que aprende y repite las creencias de su entorno. El reconocimiento de esta inercia automática a la afirmación del grupo interno (y rechazo de los grupos externos), favorece el sectarismo y la intolerancia religiosa. Por tanto, dicha intolerancia debe ser analizado y tratado como un problema suscitado por la arrogancia y la prepotencia, de asumirse a uno mismo, como la medida objetiva y absoluta de todas las cosas. El fanático religioso se autoproclama poseedor de la única verdad, y encaramado en su propio pedestal autocomplaciente de superioridad moral, juzga, critica y condena a todo aquel que piensa o es distinto.

La espiritualidad cosmopolita, por el contrario, buscaría el respeto a la diversidad, y a poder ver nuestra perspectiva como un fenómeno histórico y cambiante, susceptible de ser enriquecido y complementado con otras perspectivas. Esta espiritualidad no necesita que la gente abandone sus creencias, sino sólo que supere la arrogancia de asumirlas como acabadas y perfectas. Una creencia es un compromiso personal y social respecto de una forma de entender “Lo Divino” y de vivir en comunidad. Por tanto, todas las creencias son respetables en la medida en que sean respetuosas. Lo que se busca, finalmente, es fomentar la apertura y el diálogo.

“En un verdadero diálogo, ambas partes deben estar dispuestas a cambiar. Tenemos que apreciar que la verdad puede ser recibida desde el exterior −no sólo desde el interior− de nuestro propio grupo (…). Si creemos que monopolizamos la verdad y aun así establecemos un diálogo, éste no será auténtico (…). Tenemos que permitir que nos transforme lo que es bueno, hermoso y significativo en la tradición del otro. (Hanh, 1996, 26,).

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Lo relevante desde esta propuesta espiritual no está en tener la religión correcta, sino en practicar la religión preferida de la manera correcta, y esta corrección se sustenta en la adopción de mínimos morales por parte de los agentes, como son la autonomía, la solidaridad, la benevolencia, la justicia; y pueda restringir o minimizar toda forma de avaricia, envidia, egolatría, pedantería y violencia.

Esta forma de corrección tiene antecedentes muy antiguos, la estudiosa de las religiones Karen Armstrong, en su plática de Ted: “My wish: The Charter for Compassion”, cita al rabino Meir el cual consideraba que: “las interpretaciones de las escrituras que condujeran al odio, desdén o desprecio de otros, de cualquier persona, son ilegítimas.” La espiritualidad que defendemos afirma lo mismo. Toda creencia que promueva el odio o la violencia es ilegítima, y toda creencia que promueva el amor universal, el trato amable y solidario hacia los demás, sean personas, animales, o plantas, sería deseable y legítima desde un punto de vista ético.

Bibliografía

Küng, Hans (2002): Una ética mundial para la economía y la política, FCE, México.

Hanh, Thich, Nhat (1996): Buda viviente, Cristo viviente, Kairos, España.