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Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte II

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte II

La historiadora de religiones Karen Armstrong, defiende que en el pasado conceptos como el de “fe”, “creencia” y “credo” no tenían tanto que ver con asumir como ciertas de manera acrítica una serie de proposiciones, “hechos” y afirmaciones, sino que esas nociones implicaban una forma de actuar y estar en el mundo: 

“Creo” no significaba “acepto determinados credos de fe”. Significaba: “Me entrego. Me comprometo”. De hecho, algunas tradiciones mundiales piensan muy poco en la ortodoxia religiosa. En el Corán, la opinión religiosa, la ortodoxia religiosa, se desechaba como “zanna”: conjeturas excesivas sobre asuntos de los que nadie podía estar seguro pero que hacen a la gente beligerante y estúpidamente sectaria.

(Armstrong, 2008).

En ese sentido, la fe y creencia implicaba actuar de una manera peculiar; es decir, el esfuerzo y compromiso de cada persona para lograr ser alguien más amable, generoso, honesto, empático, etc. En cambio, se ha entendido que la fe implica afirmar de manera categórica una serie de presupuestos heredados e impuestos en una tradición, y sobre los cuales está prohibido reflexionar y/o cuestionar (dogmas). 

Defenderemos que una espiritualidad secular y cosmopolita necesariamente requiere modificar el centro de la espiritualidad al “hacer” (al cómo nos comportamos y nos tratamos los unos con los otros), y no en un mero “creer” (al simple hecho de afirmar o dar por sentadas de manera apodíctica ciertos “hechos” y/o presupuestos indemostrables e incontrastables, sobre todo cuando este creer no se concreta en acciones coherentes con la creencia que se dice tener, como al decir que se ama al prójimo pero discrimino a mujeres o a personas no heterosexuales).

Desde esta lógica donde la espiritualidad o la religiosidad tienen que ver con el “hacer” y no necesariamente sólo con el “creer”, ser una buena persona depende de lo que haces, de cómo te comportas con los demás, y no simplemente de lo que crees, de lo que afirmas o consideras como verdad. Esta diferencia en el modo en que entendemos la espiritualidad, hace que lo relevante sea el proceso mediante el cual las personas logran ser mejores. Con mejores no nos referimos a ser mejores respecto de otras personas, sino a ser mejores respecto de sí mismos. La espiritualidad buscaría ayudarnos a encarnar una versión más amable, honesta, solidaria, generosa de nosotros mismos, respecto del “yo” que éramos antes. 

Buscar la religión “correcta” deja de tener sentido, pues lo verdaderamente importante es practicar la religión, cualquiera que esta sea, de la manera correcta, es decir, de la manera que nos faculte para ser una mejor versión de nosotros mismos. Bajo esta lógica, cambiar de religión o practicar cualquier religión y seguir siendo la misma persona misógina, elitista, abusiva, materialista, violenta, etc., es totalmente irrelevante en términos de desarrollo moral y espiritual. Lo verdaderamente importante es que la gente logre cambiar hacia una forma de sí más incluyente, empática, justa, bondadosa, amable, honesta, etc.

El desarrollo espiritual estaría más bien vinculado a un proceso de cambio en la conducta y en el modo de relacionarnos los unos con otros. Este cambio de conducta tendría que ver con el ser capaz, por ejemplo, de: “amar al prójimo como a uno mismo”, en acciones cotidianas y no simples afirmaciones que no van más allá del discurso y de una supuesta ideología. El reto está en que las personas seamos capaces de atender al cuidado de nosotros mismos y de los demás, como una parte medular del desarrollo espiritual. 

Esta forma de entender lo espiritual nos liberaría de las cadenas y las fronteras que imponen los dogmas, para llevarnos a algo más profundo, cosmopolita, liberador y transformador de nosotros mismos, de la sociedad e incluso del mundo en que vivimos. 

Esta misma espiritualidad centrada en el hacer se manifiesta de manera contundente en la respuesta que el Dalai Lama le da a Leonardo Boff, teólogo de la liberación brasileño, en el intermedio de una mesa redonda sobre religión y paz entre los pueblos. El brasileño le preguntó al Dalai Lama que cuál era la mejor religión, a lo que el budista tibetano respondió: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al infinito. Es aquella que te hace mejor.” Sorprendido por la respuesta, Boff le preguntó de nueva cuenta al budista sobre qué era lo que lo hacía mejor, a lo que el monje respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti, es la mejor religión.

El giro o regreso de la espiritualidad al “hacer” y no sólo a un “creer” ciertas cosas, nos permitiría superar las divisiones y disputas entre las religiones e incluso entre las incontables discrepancias entre las infinitas interpretaciones dentro de una misma religión. Lo relevante dejaría de ser la teoría cuando está alejada de la práctica, o lo que sólo se afirma o se dice pero queda en palabra vacía, para poder centrarnos en lo que hacemos, en cómo nos comportamos los unos con los otros. La libertad humana, sobre todo el pensamiento crítico, junto con la capacidad de reflexión, duda y cuestionamiento, quedarían finalmente liberadas de la prisión del dogma. 

Desde esta perspectiva, tanto la libertad de culto como el pensamiento crítico no se oponen a nuestro desarrollo espiritual y moral, sino que lo facultan y posibilitan. Ya que la espiritualidad dejaría de depender de la repetición irreflexiva de ciertas afirmaciones gratuitas imposibles de verificar, contrastar y contra argumentar. Dicho de otro modo, la libertad y pensamiento crítico, junto con la capacidad de cuestionar y dudar, no podrían ser consideradas indeseables, pecado y/o herejía; por el contrario, estas serían la condición mínima y necesaria para un auténtico desarrollo espiritual y moral; ya que de otro modo estaríamos constreñidos y determinados por la lotería de nuestro nacimiento al simplemente repetir de manera acrítica los contenidos, prácticas y creencias del lugar en que por azar nos tocó nacer. Creer ciegamente en que casualmente nacimos en la familia y la sociedad que precisamente tiene la creencia correcta, no sólo es ingenuo y absurdo, sino también irreflexivo y carente de valor personal, ya que no hicimos absolutamente nada para nacer en un lugar o en otro. 

En este sentido, el supuesto de creer que hay una religión correcta y que el simple hecho de practicar dicha religión así como asumir como ciertos sus preceptos, es condición suficiente y necesaria para considerarnos una buena persona y por tanto merecedora de cualquier premio en este plano existencial o en cualquier otro, es totalmente opuesto a la idea de desarrollo espiritual y/o moral, que implica un arduo compromiso personal, trabajo, elección, crecimiento, cambio, desarrollo autocrítica, humildad y todo aquello que nos ayude a cambiar y mejorar como individuos hacia una forma más amable, plena y auténtica de nosotros mismos. 

En resumen, lo que realmente importa es el cómo encarnamos en la práctica nuestras respectivas creencias, y no tanto qué es lo que decimos creer. Distintas personas pueden creer lo mismo, pueden tener la misma religión, pero mientras unas pueden ser miembros del Ku Klux Klan o del partido Nazi, otras pueden estar luchando incansablemente por los derechos de los inmigrantes, de personas de piel negra, o defendiendo el derecho a la libertad de culto de todas las personas, sin por ello tener que abandonar su propia creencia. Hay gente buena y mala en todas las religiones, así como hay gente buena y mala que no tiene ninguna creencia religiosa, pues es el comportamiento de las personas, y no sus creencias, es lo que realmente hemos de tomar en cuenta en cualquier evaluación moral. 




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