En el espejo de los candidatos

Los candidatos son un espejo duro de mirar, vemos tantas cosas de nosotros mismos que nos da entre repelús, susto o asco. Su avaricia, elitismo, oportunismo, compadrazgo, materialismo, egoísmo, machismo, ignorancia, violencia… son nuestras, las vemos día con día en la calle, en la casa o en la oficina, las reproducimos constante y cotidianamente.

Su corrupción es nuestra corrupción y su indiferencia es nuestra indiferencia. 

Podemos pretender que no nos merecen, que estamos por encima de ellos. Nos damos golpes de pecho y los miramos con indiferencia o desprecio, pero es el mismo desprecio e indiferencia con el que miramos al indígena, inmigrante, niño de la calle, anciano, madre soltera, homosexual, pobre, etc. Nuestro desprecio y elitismo es el mismo que el del cadenero en los antros que nos deja pasar o no dependiendo de si damos el perfil. Pero no es el cadenero, somos todos; desde los dueños de esos lugares hasta los que vamos a rogarles <a que si “por favorcito” nos dejan pasar para darles nuestro dinero>. Vamos a rogarles para que nos dejen pertenecer, para sentirnos fuertes, valiosos, dignos, legítimos, porque nuestra mentalidad de “conquistado” y nuestra profunda inseguridad requiere que le den el “visto bueno”. “Mírame, mírame, tengo un reloj caro, un coche del año, soy blanco, soy de los “bien”, de los acomodados, de los privilegiados, soy uno de los tuyos, mírame acéptame, quiéreme…”

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Nuestras inseguridades y miedos nos hacen crueles y despiadados. 

Nos mueve ese terror y asco de ser parte de la chusma, de la plebe… nos violentamos entre nosotros porque no hemos terminado por aceptarnos, nos cambiamos el nombre de Juan a “Johny” y mágicamente ya somos menos mestizos, como si nos diera asco lo que somos. Es ese terrible síndrome de “Doña Florinda Meza” que para sentirse mejor y superior a los “otros” (sus iguales), los ofende, los discrimina y desprecia. Ve en ellos todo lo que odia de sí misma, y eso mismo nos pasa cuando vemos a los candidatos presidenciales, los detestamos por lo mucho que nos representan y espejean.

Todos los candidatos tienen cola que les pisen, pero también México tiene una cola muy larga y muy “pisable”. No toda la corrupción y la violencia la hacen los políticos o el narco. Nos quejamos de que son ignorantes, pero ¿cuántos mexicanos hemos leído más de tres libros? ¿Acaso no nos vemos a diario expuestos o ejerciendo violencia o discriminación en nuestro entorno? Homofobia, machismo, elitismo y racismo son cosas del día a día. Los políticos tampoco tienen el monopolio de la violencia social. ¿Cuántos no tomamos más de lo que realmente nos toca? Todos hemos llegado a mentir, traicionar, manipular, y voltearnos para otro lado cuando nos conviene.

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Los candidatos sólo son un espejo cruel que nos regresa algo de nosotros mismos, ese algo que no hemos sabido corregir, aceptar y superar. 

Gane quien gane, México seguirá igual mientras sigamos siendo iguales. Con nuestros egos inflados y nuestra respectiva cuota de ignorancia, indiferencia, intolerancia. Si queremos mejores candidatos, habrá que luchar para ser un mejor pueblo. Cada acto de corrupción ha requerido cómplices, desde los jueces hasta los abogados y la gente en los juzgados, el M.P. la corte y, obvio, los ciudadanos de a pie que le entramos, porque hay que entrarle, y porque todo está diseñado para entrarle.

Nuestro problema no es sólo la mala calidad de los candidatos, sino la mala calidad de nuestra visión de corto-plazo, oportunista, consumista, egoísta, etc. Gane quien gane, México mejorará cuando mejoremos todos como país y como pueblo: los de arriba y los de abajo, seamos blancos, morenos, jóvenes, ancianos, etc. México mejorará cuando entendamos que estamos todos en el mismo barco.

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Como dijo Carl Sagan: “Nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos”. 

El sujeto que quede en “La Silla” sólo tendrá más influencia, y para bien o para mal, el presidente no podrá ni salvarnos ni arruinarnos si no hacemos todos lo que nos toca. La solución de México no está en el presidente, está en nuestro actuar cotidiano, está en todos, en no odiarnos, por ejemplo, ni por diferencias políticas, religiosas, existenciales, sexuales o cualquier otra. Algún indicio de mejora estaría en cuidar el medio ambiente, en saber escuchar, en dejar de juzgar y empezar a ayudar; en entender que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. En aprender a reír más y gruñir menos. En ser menos avaros y más compartidos, en burlarse menos y empatizar más.

De todo corazón, espero que gane el mejor, sea el que yo creo que es, o no. Eso en realidad no es tan relevante. Pero gane quien gane, espero que en los próximos seis años aprendamos todos a ser una mejor versión de nosotros mismos. Si hacemos esto, es altamente probable que para las próximas elecciones tengamos mejores candidatos (aunque no ideales), pero también mejores gobernadores, maestros, padres, diputados, jueces, madres, médicos, abogados, arquitectos, personas; pues parece que una cosa es condición de la otra. Reconstruir México es, ha sido, y seguirá siendo tarea de todos. #FinDelComunicado