El universo distópico lovecraftiano

El nihilismo es para la filosofía lo que el demonio es para la Iglesia católica[1], sostiene Herbert Frey. Siendo así, no puede haber distopía que no devenga en un nihilismo recalcitrante. Se habla aquí de un nihilismo negro, oscuro y angustiante, un nihilismo propio de Sade, Caraco o Cioran; déjese a un lado los psuedonihilismos orientales que, al parecer, más luminosos son.

Todas y cada una de las culturas se han enfrentado a la existencia desde su mismidad, y prácticamente en su conjunto han experimentado la inquietud, el ansia y el desasosiego de su finitud. De aquí han gestado un panorama policromático para disipar semejante estado de desesperación. Para el ojo pesimista y avezado han creado utopías. Construcciones eidéticas que ayudan a los practicantes a no caer en desgracia. La realidad es la distopía; la realidad es ese conjunto de notas esenciales que hacen que la misma existencia sea imposible de soportar, es el mundo en el que el ser humano se desenvuelve, el lugar donde las atrocidades arremeten con saña y premeditación.

Ninguna cultura ha facultado, deliberadamente, un pensamiento distópico, todo lo contrario, han elucubrado utopías para la inmanente tragedia de la existencia.

En este sentido el nihilismo, como entramado que a la nada lleva, es distópico. Las distopías encierran la consciencia de sabernos en medio de la nada, para la nada, por la nada y hacia la nada.

Pese a la imperante necesidad colectiva de alejarse de tales horrores, surge de entre las enmohecidas tierras norteamericanas de Providence la paradigmática figura de Howard Philip Lovecraft. Semejante imagen se connota como arquitecto cosmológico de horrores innombrables.

Fascinantes son todos y cada uno de sus monstruos/dioses antiguos. En ellos el poder redentor se vuelca en animadversiones latentes de cuyas garras no existe escapatoria alguna. He aquí la desazón de quien se acerca a la obra de Lovecraft; lector que como sus pusilánimes protagonistas no encuentra cabida para la esperanza.

Dentro de las utopías que rigen nuestros condicionamientos sociales e ideológicos el castigo es una constante y en muchos casos una especie de necesidad malsana: aquellos que mal actúan mal deben acabar, castigados deben ser para satisfacer nuestro rencor. Así, en distintas culturas, ya sea para depurar el karma torpe o expiar los pecados cometidos, el infierno se erige como un ámbito de tormento y desolación. Los agentes encargados de abrumar a los confinados son los diversos tipos de diablos y demonios (para mayor información el lector puede acudir a múltiples tratados de demonología). Claro está, que como en cualquier Suprema Corte de Justicia hay jerarquías, niveles de poder para ensañarse si se lo prefiere; el Infierno no es la excepción. El abismo posee jerarcas y demonios de mayor y menor categoría, de este modo mucho más temidos son aquellos que dictaminan que los que ejecutan. Sin embargo, Lovecraft generó tal cantidad de monstruosidades y de un nivel tal que el más alto mandamás del Infierno queda nimio frente a sus bestiales monstruos/dioses de antaño.

Embruja escuchar el nombre de Satanás en las obras de Lovecraft y después compararlo con cualquiera de sus aciagas creaturas. De pronto, frente a la ominosidad elucubrada por el escritor natal de Providence, los diferentes nombres de diversos jerarcas infernales quedan como quimeras menores. Este es el secreto de Lovecraft: su capacidad literaria para que los seres más pavorosos de nuestra cotidianidad queden subyugados frente a abominaciones aún más tremebundas. Poco a nada tendría que hacer Belcebú frente al famosísimo Cthulhu.

El terror que infunde la obra del estadounidense es magnánima en tanto sus horrores permean tanto la vida presente como el más allá. No hay forma de escapar a diferencia de  muchos otros monstruos literarios donde la muerte deviene en consuelo. En el cosmos de Lovecraft no hay modo benévolo de escapar. Morir implica en este sentido una nueva dimensión de horrores inauditos. Su mote no es en balde: Fundador del horror cósmico.

El dolor de la existencia inmersos en la obra de Lovecraft no es una pena por lo que acontece en esta vida, sino es la agitación de haber existido, de existir en un cosmos sin esperanza ni nadidad.

La obra de Howard Philip Lovecraft es una apuesta por el nihilismo que apela no a la nada, sino a ser.

 

[1] Frey Herbert, En el nombre de Diónysos. Nietzsche, el nihilista antinihilista, Tr. Ana Lucía Luna, México, Siglo XXI, 2013, 302p.