¿El amor es para siempre?

Parece ser que tenemos buenas razones para dudar de la afirmación anterior. Hacer depender el amor de la duración o si cumple o no el epíteto de: “Hasta que la muerte nos separe” es problemático. Al exaltar historias de amor romántico del tipo Romeo y Julieta, ignoramos el hecho de que vivieron juntos muy poco y sufrieron bastante, por eso se les llama tragedias. ¿Romeo hubiera sentido lo mismo por Julieta después de diez años de matrimonio, o viceversa? ¿No será que el estereotipo del amor eterno es un corsé simplista que no comprende la complejidad del ser humano o de nuestros sentimientos?

Hacer depender al amor de su duración deja de lado todo lo que podemos vivir o percibir como una experiencia amorosa. Que la única variable relevante sea la duración, deja de lado toda la riqueza en la experiencia de amar y ser amado: las luchas cotidianas, la pasión, el esfuerzo para comprender al otro, el cariño, placer, dolor, lágrimas, risas, horas de desvelo, enfermedades, la complicidad frente a los retos de la vida, todo el cuidado y acompañamiento a lo largo de un “X” periodo de tiempo. Esta versión del amor, anclado a la duración, anula todo el crecimiento que como personas sacamos de una de las experiencias más fuertes, valiosas y significativas de nuestra existencia. Todo el aprendizaje y experiencia vivida, todo lo que se aprendió, creció, pensó y sintió, pareciera desaparecerse en la nada cuando la relación se acaba. ¿No es esto absurdo?

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Por otro lado, ¿acaso no conocemos a muchas parejas que vivieron “hasta que la muerte los separe” odiándose y maltratándose? ¿Eso es amor de verdad? Si esa es la definición de amor, tal vez tengamos buenas razonas para no querer amar nunca. Aunque propondré algo más simple, tal vez también tengamos razones para reconfigurar nuestras concepciones del amor y de las relaciones afectivas.

Si algo nos debería quedar claro después de todo lo que hemos aprendido a lo largo de la historia humana e incluso personal, es que la vida y la realidad son bastante complejas. La simplicidad es una caricatura incompleta que no es capaz de vislumbrar la profundidad de la realidad. La simpleza está en nuestras concepciones de la realidad, en nuestros estereotipos, categorías e ideologías; la realidad, en cambio, es diversa y dinámica.

Recuerdo que en el texto de Helen Fisher “The anatomy of love” se cita a una mujer que se había casado y divorciado tres veces, y afirmaba que ninguno de sus matrimonios había sido un fracaso. Yo, por ejemplo, he iniciado varias de esas aventuras amorosas a lo largo de mi vida, como prácticamente todos los seres humanos que se han atrevido a amar, y aunque todas mis relaciones terminaron, fueron fantásticas y me dejaron cosas que me transformaron de maneras sublimes y que me acompañarán por siempre. No puedo concebir que no fue amor por el simple hecho de que se acabó. Es como decir que una canción, película o comida no era buena porque se acabó. De hecho, parece ser que lo más valioso de la vida, incluida la vida misma, es algo efímero; más aún, podríamos pensar que su valor radica precisamente en su temporalidad. La vida es valiosa porque morimos, el amor es valioso porque es frágil, difícil, duro de asir, aprender, mantener, atrapar, y cuando lo atrapamos, de hecho lo matamos. Tal vez el problema es que, con demasiada frecuencia, confundimos amor con posesión.

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Pensemos en alternativas. Tal vez nuestros estereotipos respecto al amor sean tan falsos como nuestros estereotipos estéticos o de género. El estereotipo estético de la “Barbie” es tan violento como el estereotipo de macho alfa, ambos son absurdos y nos ocasionan mucho sufrimiento. Recordemos que ocho de cada diez personas con bulimia y anorexia son mujeres, así como nueve de cada diez personas que se suicidan son hombres. ¿No se deberá mucho del malestar en nuestras relaciones afectivas al estereotipo de cómo ser una pareja idílica, tanto como sufrimos respecto a los estereotipos estéticos y de género?

Necesitamos una manera de entender el amor más acorde a la realidad de la especie que somos y a nuestra propia psique y fisiología. Para superar prejuicios y estereotipos, es necesario tener información actualizada y verídica, en vez de dejarnos llevar por la mera inercia de ideas heredadas y carentes de sustento. Hay que revisar, corregir o abandonar nuestras creencias respecto al amor y las relaciones erótico-afectivas cuando estas no tengan un sustento ni psicológico ni biológico serio y actualizado.

Seguir viviendo anclados a expectativas irreales e inalcanzables sólo nos llevará a la frustración y al sufrimiento. Concedámonos el beneficio de la duda de que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos, pero no todos tenemos lo mismo, ni física, ni psicológicamente. Obligarnos a vivir el amor de la misma manera es un molde hegemónico y restrictivo que anula la libertad y la diversidad que ésta conlleva.

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Requerimos nuevas maneras de entender el amor y las relaciones erótico afectivas, que sean realistas, funcionales y más acordes a nuestra realidad, tanto cultural como fisiológica. Tal vez el amor sí sea eterno, y lo que se acaba sólo son las relaciones de pareja, los noviazgos, matrimonios y esas formas culturales de vincularnos. La cuestión es que estos conceptos definen construcciones sociales históricas y arbitrarias en torno a cómo se supone que debemos de relacionarnos y amarnos, no definen la realidad en sí misma, sino modos histórico-culturales en que nos relacionamos. La realidad del amor ni empezó con estas construcciones sociales ni se agota en ellas.

El amor y nuestros sentimientos erótico afectivos son algo vivo, cambiante, complejo, diverso… como la vida misma. Pensemos en nuevas formas de relacionarnos y de hacer las paces con lo que realmente somos y lo que realmente sentimos. Más allá de las etiquetas, estereotipos y expectativas impuestas por la sociedad, el hecho es que deseamos amar y ser amados. El modo de amarnos, puede ser tan diverso como la cantidad de parejas o personas que aman, y tal vez la duración de la relación no sea tan importante como lo que ésta nos deja.

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