Desde las entrañas de la violencia: ¿por qué seguir reflexionando sobre los asesinatos de Jack El Destripador?

El pasado sábado 17 de marzo, en la librería Jorge Cuesta, tuvimos el gusto de escuchar la conferencia de Magdalena López titulada “Destripando al destripador: realidad y ficción en los homicidios de Whitechapel.” A partir del título, no es difícil pensar que muchos de nosotros llegamos al lugar con una pregunta en mente: ¿quién es Jack el destripador y qué se esconde detrás de este misterioso personaje?

https://i0.wp.com/infic.mx/wp-content/uploads/2018/03/jack-destripador.jpg?resize=730%2C357&ssl=1

Sin embargo, Magdalena nos advirtió que los monstruos se caracterizan no por lo que ocultan, sino por lo que son capaces de mostrar, de revelarLa desconocida identidad de Jack no es tanto un misterio, sino una pregunta que nos confronta con quiénes somos: ¿qué nos revela Jack el destripador sobre nosotros mismos? Al final del día, somos nosotros los que seguimos obsesionados con este caso a 130 años de distancia. Por ello, Magdalena pregunta al público ¿por qué seguir pensando en los asesinatos de Whitechapel después de tantos años?

https://i2.wp.com/infic.mx/wp-content/uploads/2018/03/es-este-de-verdad-jack-el-destripador-un-diario-revela-su-posible-identidad.jpg?resize=750%2C421&ssl=1

Incapaz de recrear la conferencia, llena de interesantes referencias y detalles del caso, quisiera relatarles sólo tres razones primordiales que dio Magdalena para justificar por qué es un caso que deberíamos seguir pensando y debatiendo en espacios públicos como el del sábado. La primera razón tiene que ver con las fronteras que solemos trazar los seres humanos, cuando creemos (falsamente) que la certeza y la razón están de nuestro lado. Estas fronteras pueden ser, por supuesto, geográficas. El Londres de los asesinatos de Whitechapel tenía fronteras claras. Whitechapel era una zona marginal, ubicada en el “lado equivocado” de la ciudad. Las víctimas eran prostitutas, y los distritos donde ocurrieron los asesinatos se caracterizaban por su pobreza. ¿Quién, hasta el día de hoy, no ha escuchado el prejuicio que asocia (casi de manera causal) pobreza con criminalidad? Este prejuicio común, sin embargo, se vio abiertamente confrontado por toda la evidencia que se encontró a favor de la tesis que sostenía que el asesino de Whitechapel era, muy probablemente, un hombre rico, educado (médico), y con poder.

Por supuesto, los actos de violencia jamás se han visto limitados por cuestiones de educación, clase social o posición política. Así que, ¿por qué generó tanta sorpresa la idea de que el asesino no proviniera de la misma marginación que la de sus víctimas? Porque ponía en absoluta evidencia la falsedad de las fronteras imaginarias con que se quería dividir a Londres en dos zonas: una civilizada, racional, confiada en el progreso industrial, social y moral; y otra empobrecida, ignorante y rezagada.

La segunda razón para seguir pensando el caso de los asesinatos de Whitechapel a 130 años de distancia tiene que ver con las víctimas y con el hecho de que hayan muerto sin que nadie fuera imputado por sus crímenes. Las víctimas, todas ellas, eran mujeres en situación de vulnerabilidad. Todas ellas, prostitutas. Mujeres degolladas, apuñaladas, desmembradas. Es difícil no asociar la brutalidad de estos crímenes con lo que hoy caracterizamos como una violencia de género que comienza con la creencia de que el cuerpo de las mujeres siempre le pertenece a alguien más, nunca a ellas mismas. En tanto que el cuerpo de las mujeres es un objeto, se puede disponer de él. En el caso de los asesinatos de Whitechapel, esta disposición fue, por decirlo de alguna manera, excesivamente literal. A muchas de las víctimas las mutilaron e incluso extrajeron los órganos de sus cuerpos a modo de recuerdo o trofeo. La hipótesis que sostiene que esto se debe a que detrás de los asesinatos también había un interés anatómico por diseccionar y aprender sobre el cuerpo humano, es tan sólo una de las aberrantes formas de tratar de explicarnos lo que no tiene explicación. Pensar en un “asesino serial”, en el patrón detrás de los asesinatos de Jack el destripador necesariamente nos refleja que esa violencia sistemática contra las mujeres sigue siendo tan preocupante ahora, como entonces. Y más aún, nos confronta con la idea de que fueron actos de violencia que se cometieron impunemente, de la misma forma en que contemporáneamente siguen ocurriendo feminicidios en los que se utiliza el poder o el privilegio de perpetrador, para evadir los cargos de justicia por sus crímenes.

https://i1.wp.com/infic.mx/wp-content/uploads/2018/03/nuevo-jack-destripador-802597.jpg?resize=630%2C330&ssl=1

El caso de Jack el destripador nos revela que no hay una división entre razón e irracionalidad, entre civilización y violencia. Revela también la urgencia de seguir discutiendo el tema de violencia de género y sobre todas esas agresiones que parten de la suposición que un cuerpo es un objeto, más que una persona. Y también nos ofrece una tercera razónpara seguirlo pensando a 130 años de distancia, la cual fue presentada por Magdalena a manera de pregunta: ¿por qué seguimos obsesionados con saber quién era realmente Jack el destripador?

Para comprender la importancia de que se desconozca la verdadera identidad del asesino de Whitechapel, nos dice Magdalena, no hay que ir demasiado lejos: imaginen que viven en un lugar en el que desconfían de todos, pues nadie sabe realmente de quién o de dónde viene el peligro. Ignorar quién es el asesino trae consigo la violencia de una paranoia en el que hay que desconfiar de todos y sospechar de quien sea. Vivir de esta forma es agotador, no sólo porque implica un estado de alerta constante, sino también porque no podemos más que depender los unos de los otros, y es terrible saber que dependemos de aquellos que podrían dañarnos. Pero la gran amenaza de desconocer quién era realmente Jack el destripador es que nosotros, cada uno de nosotros, también es sospechoso. En otras palabras, es fácil pensar que el asesino podría ser alguien más, pero es difícil asumir la responsabilidad frente a nuestros propios actos de violencia. La figura de Jack el destripador nos conduce a asumir que, así como nosotros desconfiamos de los demás, los demás sospechan de nosotros, ¿y quién puede saber realmente si están equivocados en hacerlo?

A diferencia de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, nos explica Magdalena, la figura de Jack el destripador nos obliga a admitir que los actos violentos que cometemos no son producto de una disociación o de una doble personalidad, ajena a nuestro ser racional y civilizado. Aquello que el Dr. Jekyll cree exorcizar y separar de sí mismo mediante sus experimentos, es reunido bajo la figura de Jack, para mostrarnos que todos poseemos una identidad compleja que no puede diseccionarse en elementos buenos y malos. La cuestión, por supuesto, no es que todos seamos asesinos. La cuestión es, más bien, darnos cuenta de que no podemos creer que nosotros pertenecemos claramente al lado de los buenos y los civilizados, sin darnos cuenta también de que todos somos en cierta medida responsables por la violencia y la marginación que se sigue perpetuando hasta hoy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *