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Los lugares que nos quedan por descubrir

Estamos viviendo días que encierran una gran novedad: nunca antes habíamos tenido que recluirnos en nuestras casas de la forma como lo hacemos ahora. En estos días nuestros viajes se extienden únicamente de la cocina a nuestra habitación o a la sala, y de regreso. Tal vez a ustedes les pase como a mí, y terminen los días con un gran cansancio incluso cuando no salimos de estas cuatro paredes. Estos días nos pueden llevar, en el mejor de los casos, a buscar nuevas formas de relacionarnos con nosotros mismos, con nuestros deseos y anhelos (‘qué haré cuando esto termine’), así como con nuestros miedos (‘qué haría si esto ocurriera’). Digo que “en el mejor de los casos” porque también está el peor, en el que nos sentirnos asediados en nuestra propia ciudad, en nuestra propia casa, e inclusive, en nuestra propia cabeza.

Frente a todos estos nuevos retos, quisiera compartir con ustedes la esperanza que encontré en las páginas del libro “Las ciudades invisibles” de Italo Calvino. Si ustedes no han leído nada de Calvino, este es el momento en donde los abrazo y envidio un poco porque descubrirán por primera vez un gran tesoro. Cualquier libro de él es un boleto de ida hacia un mundo tan fantástico que cuando terminamos de leerlo, sólo podemos sentir nostalgia y un poco de tristeza por tener que irnos de sus páginas. En el caso de “Las ciudades invisibles”, como su nombre lo dice, las protagonistas serán ciudades que nos invitarán a recorrerlas, a apreciar sus rasgos más peculiares y extravagantes, a querer regresar a algunas de ellas y a evitar otras. Es un libro que les permitirá viajar sin abandonar su sillón favorito, y los conducirá a territorios que ni siquiera sospechaban.

El libro está compuesto por los relatos que Marco Polo le cuenta al Gran Kan sobre las ciudades que ha conocido a lo largo de sus viajes. Sin embargo, lejos de ser reportes descriptivos, las narraciones de Marco Polo tratan sobre emociones, nostalgias, añoranzas. Más que describir cuántos puentes o calles hay en una ciudad, Polo le habla al Gran Kan sobre las personas que habitan las ciudades, sus rituales y sus secretos: “Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.”

Cuando ustedes decidan dejar su sala atrás para embarcarse en este libro, encontrarán ciudades construidas sobre telarañas, ciudades que han dejado atrás sólo madejas de hilo que conectaban a sus habitantes, ciudades que imaginan las ciudades que no han llegado o querido ser, ciudades cuyos habitantes intercambian recuerdos, ciudades donde conviven los vivos, los muertos y los que están por nacer. Se nos retrata a las diferentes ciudades como si fueran estados de ánimo que podemos percibir como familiares, como si de alguna forma nosotros también ya hubiéramos estado ahí. En algunos casos, leyendo a Calvino, nos darán ganas de regresar a los lugares conocidos y en otros momentos despertarán nuestras ganas de viajar y conocer algún sitio al que nunca hayamos ido.

Lo cierto es que a mí también me deja también una sensación de querer redescubrir y resignificar la ciudad en la que vivo. Me deja preguntando cómo narraría yo esta ciudad si tuviera que describirla como un estado de ánimo desde ese caos continuo que en los últimos días ha tenido que frenar, aunque sea un poco. Y así, leyendo a Calvino, pienso en esos transbordos de metro que me sé de memoria de tal forma que mis pies me llevan al andén al que tengo que llegar sin poner atención, en esa calle que lleva a la Conchita donde está uno de mis cafés favoritos, en las veces donde podía ir a quitarme los zapatos a las islas en CU y descansar un poco, en los lugares que recuerdo con cariño por la compañía que asocio con cada uno de ellos.

En estos días donde sólo podemos viajar hacia el interior de nosotros mismos, sólo les puedo recomendar que dejen que Italo Calvino sea su guía, y que se dejen conducir por él hacia estas ciudades mágicas que nos regala en su libro. Tal vez después de leerlo todos aprendamos un poco de nosotros mismos, de los lugares que queremos descubrir o a los que queremos volver, y nos permita vislumbrar la ruta que queremos trazar junto a nuestros seres queridos cuando el confinamiento termine.

“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”

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