Buenas esposas, buenas madres, buenas mujeres.

 

Por mucho tiempo, las mejores mujeres eran las mujeres invisibles. Aquella gran frase de que detrás de un gran hombre había una gran mujer, no empezaba con el “detrás” sólo porque sí. Podría haber sido “junto a un gran hombre…” Pero no. El lugar de la mujer era atrás. Este lugar conllevaba también ser madre, esposa, amante, coordinadora, secretaria, sastre, cocinera, y un largo etcétera. Y la mejor forma de ejecutar estas funciones era desde el interior de la casa, nunca a la vista. Todo lo que hacía una mujer, la convertía en una pieza imprescindible del hogar, pero esto requería de su invisibilidad. Desde la abnegación, desde la última fila, la mujer podía sonreír sabiendo lo que había hecho y tal vez, en el brindis de la fiesta, alguien le diría lo importante que era. La relación entre la invisibilidad y la construcción de la figura de la mujer tiene tanto tiempo que seguro no sorprendo a nadie si reitero aquí que las mejores mujeres eran las invisibles. Pero, incluso si el tema no resulta (espero) sorpresivo, es importante revisar cómo ha sido expuesto este tema, y seguir analizando lo que podemos aprender sobre la necesidad de visibilizar a las mujeres. Y para ello he seleccionado cuatro ejemplos.

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Los dos primeros ejemplos son novelas de Margaret Atwood, una escritora canadiense que ha cobrado un gran auge en los últimos años debido al éxito de la serie de Hulu “El cuento de la criada”. En la novela homónima que inspiró la serie, las mujeres están divididas en las que deben ser recluidas en una isla a morir, las que deben dedicar su vida a ser incubadoras para los bebés de los privilegiados, y las esposas infértiles. En ningún caso las mujeres ocupan un lugar en el espacio público. En esta distopia, las mujeres no deciden sobre sus propios cuerpos, ni sobre su profesión, o en general sobre cualquier aspecto de su vida. En este escenario, la mejor forma de sobrevivir siendo mujer es desaparecer.

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La segunda novela de Atwood que quiero mencionar aquí es “Penélope y las doce criadas.” La Odisea es un relato ampliamente conocido y de gran importancia histórica. En el, el personaje de Penélope se caracteriza por ser la paciente esposa que no pierde la esperanza de que su esposo regresará con ella, y que para serle fiel debe permanecer encerrada en su casa, tejiendo y destejiendo, para mantener a los nuevos prospectos matrimoniales al margen. ¿Por qué la idea de darle voz a este personaje podría ser tan importante y a la vez disruptiva? Porque Atwood hace bien en explicitar los estereotipos detrás de los cuales manteníamos a un personaje tan conocido y a la vez tan subestimado. En Penélope seguíamos representando el imaginario de que una buena esposa es la que desaparece tras su tejido.

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El tercer ejemplo es la famosa novela de Toni Morrison, “Beloved”. La ganadora del Nobel retrata aquí a una mujer dispuesta a matar a sus hijos con tal de no regresar a la invisibilidad de la que había escapado. A diferencia de Medea, no decide matar a sus hijos por las infidelidades de su respectivo Jason. Lo hace pues siendo una mujer afroamericana que ha huido del sur al norte, sus antiguos dueños la buscan a ella y a sus hijos para regresarlos como si fueran “propiedad robada”. Una mujer esclava no puede decidir ni sobre su vida ni la de sus hijos. Éstos son también propiedad del patrón. Sabe que para sobrevivir no debe encariñarse con ellos, ni reconocerlos como propios. Sus hijos, su cuerpo y su vida siempre son de alguien más. Pero cuando la protagonista lleva unos meses viviendo en libertad, permitiéndose sentir afecto por sus hijos y su nueva vida, decide que es preferible la muerte antes que regresar a la nada. Y por ello, todos la juzgarán como si estuviera loca.

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El último ejemplo es una película que me dio el pretexto para el título de este escrito: “La buena esposa”, protagonizada por la increíble Glenn Close. La trama es bastante simple: si eres una mujer escritora (a finales de los años 60), el mundo editorial te encasillará, te recluirá en categorías unidimensionales (“literatura para mujeres” en lugar de “literatura universal”), e incluso si logras publicar, nadie te tomará en serio. Nadie te leerá. Y todo escritor necesita lectores. Pero ¿qué pasaría si las obras estuvieran firmadas, que no escritas, por un hombre? Esta receta para una mejor suerte editorial tampoco es una idea novedosa. Las hermanas Brönte, Mary Ann Evans (George Eliot) o Lucile Aurore Dupin (George Sand), entre otras, emplearon este recurso probando que, bajo un nombre masculino, la invisibilidad de la escritora ayudaría a promover sus obras. En la película, Glenn Close es una escritora que debe ver cómo su esposo gana el premio Nobel de literatura por obras que ella escribió. Y siendo la gran actriz que es, Close nos regala un rostro para ubicar y sensibilizar esa invisibilidad. Su personificación de la buena esposa que se mantiene al margen nos presenta un retrato incómodo y doloroso, sobre lo que es resignarse a la invisibilidad en un mundo que prefiere ver hacia otro lado, en vez de arrojar luz a todos los lugares que solo podían aspirar a las sombras.

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