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Queen: una pasión sin excusas

Queen: una pasión sin excusas

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Mis 5 segmentos favoritos de la Casita del Horror, de Los Simpsons

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Siempre es un buen momento para hablar de Los Simpsons. Como saben los que me conocen, incluso cuando pareciera que no es buen momento suelo hablar de Los Simpsons. Sin embargo, en esta ocasión tenemos un gran pretexto para hacerlo. Por las fechas en las […]

La eterna rivalidad entre la calidad y la popularidad.

La eterna rivalidad entre la calidad y la popularidad.

En agosto de 2018, la Academia responsable de los premios Óscar informó que habrá varios cambios en la siguiente edición, y entre ellos, cabe destacar que habrá nuevas categorías dentro de la premiación. Una de las más controversiales es la de “Mejor Película Popular”. Así es, ahora habrá dos premios, una a la mejor película “popular” [lo que quiera que eso signifique (¿dinero?)], y otra a mejor película (a secas). La razón por la cual esta nueva categoría ha generado tanto ruido es porque remite a un debate que llevamos siglos discutiendo: ¿está peleada la popularidad del arte con su calidad?

En general, mantenemos el prejuicio de que el “mejor” arte es selectivo, el que sólo unos pocos pueden apreciar, el que sólo puede ser entendido si tienes el bagaje suficiente. De la misma forma, cualquier indicio de popularidad o aceptación masiva suele ser interpretado como un síntoma de algo “fácil de digerir”, sin calidad y por tanto, algo que no debe ser tomado tan en serio. Es fácil escuchar el prejuicio de que, si un libro es un bestseller, ya sólo por ello podríamos sospechar que no vale la pena leerlo. En cambio, si alguien nos habla de lo difícil que es leer, por ejemplo, el Ulises de Joyce, creemos que esta dificultad es signo de su calidad. Y por supuesto, el Ulises es un buen libro. Pero no es su dificultad y su inaccesibilidad lo que lo vuelven uno de los libros más importantes de la literatura del siglo pasado. De la misma forma, que sea un bestseller no nos puede asegurar, sólo por el hecho de serlo, que se trata de un mal libro. Otros argumentos hacen falta para que podamos sostener estas conclusiones. Pero ¿por qué insistimos con la distinción entre lo mejor y lo popular?

Este debate está lejos de ser exclusivo del mundo del arte. La academia filosófica, desde que existe, ha tratado de mantener dicha distinción. A diferencia de Sócrates que podía importunar a la gente en la plaza pública con sus preguntas, en la Academia de Platón ya había una distinción sobre qué selecto grupo podía acceder a ciertos conocimientos. Existe toda una tradición que contrasta la “filosofía popular”, con una filosofía más rigurosa y exigente, como un ámbito exclusivo sólo para especialistas. En el ámbito científico ocurre lo mismo con las distinciones entre ser un divulgador de la ciencia y un científico. Dicho así, parecería obvio que estas distinciones son muy problemáticas, pero es importante detectar cómo operan y qué prejuicios están detrás de ellas.

Uno de esos prejuicios pareciera ser que el divulgador no es un filósofo, científico o artista, de verdad. Como si de alguna forma, transformar y adaptar los contenidos para que alcancen un mayor público hiciera que su importancia disminuyera, su seriedad desaparezca y que, por tanto, no quede nada de aquello que valorábamos inicialmente. Pero la popularidad pareciera ser un mal criterio para determinar cuándo algo está tan “rebajado” que ha perdido su valor. Por irnos a un caso que me parece un contraejemplo paradigmático de esto: la serie “Cosmos” de Carl Sagan es una gran muestra sobre cómo el conocimiento científico podía formar parte de la vida cotidiana de las personas, cómo esa tradición podía dejar de ser ajena a una gran parte de la población, y no por ello perder la rigurosidad ni el valor de aquello que se buscaba transmitir.

En el caso de los premios Óscar, este debate seguro reabrirá muchas preguntas. ¿Por qué una película popular, como la trilogía de Nolan de Batman o Mad Max, no podría ser considerada también como una de las mejores películas del año? ¿Es preciso que para ser nominada a mejor película ésta deba ser vista sólo por pocas personas? ¿Qué podríamos distinguir cuando decimos que hay una mejor película y una mejor película popular?

Este año ha habido películas “populares” que han recibido muy buenas críticas, como podría ser el caso de Pantera Negra Misión Imposible: Fall Out, ¿qué sentido tiene abrirles una categoría propia si en términos de popularidad —dinero— seguramente ganará Infinity War,que ha sido más taquillera? Más aún, los premios Óscar a menudo son el gancho que permite a películas pequeñas obtener distribuidoras para que podamos verlas en las salas de cine. Es gracias a los festivales y premios que una película de bajo presupuesto puede llegar a un mayor público. ¿Para qué querríamos un premio para una película que tiene el récord de audiencias y ganancias del año?

Al final, la distinción entre popularidad y calidad es controversial no porque sea acertada en todos y cada uno de los casos, sino porque nos obliga a reflexionar nuevamente cuáles son nuestros criterios para valorar aquello que consideramos importante. En el caso de las películas, esto no es una excepción. Podemos mencionar muchos aspectos que consideramos importantes en el cine, pero esta nueva distinción entre la mejor película y la mejor película popular no pareciera aportar mucho a la discusión.

Buenas esposas, buenas madres, buenas mujeres.

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  Por mucho tiempo, las mejores mujeres eran las mujeres invisibles. Aquella gran frase de que detrás de un gran hombre había una gran mujer, no empezaba con el “detrás” sólo porque sí. Podría haber sido “junto a un gran hombre…” Pero no. El lugar […]

¿Puede el amor ser más fuerte que la muerte?

¿Puede el amor ser más fuerte que la muerte?

Pocas películas me han impactado y conmovido más que “Tres Luces” [o “La muerte cansada” como en su original alemán] de Fritz Lang. La vi en la Cineteca hace varios años, y cuando asistí lo hice únicamente por ser una película de Lang. En realidad, […]

En el espejo de los candidatos

En el espejo de los candidatos

Los candidatos son un espejo duro de mirar, vemos tantas cosas de nosotros mismos que nos da entre repelús, susto o asco. Su avaricia, elitismo, oportunismo, compadrazgo, materialismo, egoísmo, machismo, ignorancia, violencia… son nuestras, las vemos día con día en la calle, en la casa o en la oficina, las reproducimos constante y cotidianamente.

Su corrupción es nuestra corrupción y su indiferencia es nuestra indiferencia. 

Podemos pretender que no nos merecen, que estamos por encima de ellos. Nos damos golpes de pecho y los miramos con indiferencia o desprecio, pero es el mismo desprecio e indiferencia con el que miramos al indígena, inmigrante, niño de la calle, anciano, madre soltera, homosexual, pobre, etc. Nuestro desprecio y elitismo es el mismo que el del cadenero en los antros que nos deja pasar o no dependiendo de si damos el perfil. Pero no es el cadenero, somos todos; desde los dueños de esos lugares hasta los que vamos a rogarles <a que si “por favorcito” nos dejan pasar para darles nuestro dinero>. Vamos a rogarles para que nos dejen pertenecer, para sentirnos fuertes, valiosos, dignos, legítimos, porque nuestra mentalidad de “conquistado” y nuestra profunda inseguridad requiere que le den el “visto bueno”. “Mírame, mírame, tengo un reloj caro, un coche del año, soy blanco, soy de los “bien”, de los acomodados, de los privilegiados, soy uno de los tuyos, mírame acéptame, quiéreme…”

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Nuestras inseguridades y miedos nos hacen crueles y despiadados. 

Nos mueve ese terror y asco de ser parte de la chusma, de la plebe… nos violentamos entre nosotros porque no hemos terminado por aceptarnos, nos cambiamos el nombre de Juan a “Johny” y mágicamente ya somos menos mestizos, como si nos diera asco lo que somos. Es ese terrible síndrome de “Doña Florinda Meza” que para sentirse mejor y superior a los “otros” (sus iguales), los ofende, los discrimina y desprecia. Ve en ellos todo lo que odia de sí misma, y eso mismo nos pasa cuando vemos a los candidatos presidenciales, los detestamos por lo mucho que nos representan y espejean.

Todos los candidatos tienen cola que les pisen, pero también México tiene una cola muy larga y muy “pisable”. No toda la corrupción y la violencia la hacen los políticos o el narco. Nos quejamos de que son ignorantes, pero ¿cuántos mexicanos hemos leído más de tres libros? ¿Acaso no nos vemos a diario expuestos o ejerciendo violencia o discriminación en nuestro entorno? Homofobia, machismo, elitismo y racismo son cosas del día a día. Los políticos tampoco tienen el monopolio de la violencia social. ¿Cuántos no tomamos más de lo que realmente nos toca? Todos hemos llegado a mentir, traicionar, manipular, y voltearnos para otro lado cuando nos conviene.

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Los candidatos sólo son un espejo cruel que nos regresa algo de nosotros mismos, ese algo que no hemos sabido corregir, aceptar y superar. 

Gane quien gane, México seguirá igual mientras sigamos siendo iguales. Con nuestros egos inflados y nuestra respectiva cuota de ignorancia, indiferencia, intolerancia. Si queremos mejores candidatos, habrá que luchar para ser un mejor pueblo. Cada acto de corrupción ha requerido cómplices, desde los jueces hasta los abogados y la gente en los juzgados, el M.P. la corte y, obvio, los ciudadanos de a pie que le entramos, porque hay que entrarle, y porque todo está diseñado para entrarle.

Nuestro problema no es sólo la mala calidad de los candidatos, sino la mala calidad de nuestra visión de corto-plazo, oportunista, consumista, egoísta, etc. Gane quien gane, México mejorará cuando mejoremos todos como país y como pueblo: los de arriba y los de abajo, seamos blancos, morenos, jóvenes, ancianos, etc. México mejorará cuando entendamos que estamos todos en el mismo barco.

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Como dijo Carl Sagan: “Nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos”. 

El sujeto que quede en “La Silla” sólo tendrá más influencia, y para bien o para mal, el presidente no podrá ni salvarnos ni arruinarnos si no hacemos todos lo que nos toca. La solución de México no está en el presidente, está en nuestro actuar cotidiano, está en todos, en no odiarnos, por ejemplo, ni por diferencias políticas, religiosas, existenciales, sexuales o cualquier otra. Algún indicio de mejora estaría en cuidar el medio ambiente, en saber escuchar, en dejar de juzgar y empezar a ayudar; en entender que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. En aprender a reír más y gruñir menos. En ser menos avaros y más compartidos, en burlarse menos y empatizar más.

De todo corazón, espero que gane el mejor, sea el que yo creo que es, o no. Eso en realidad no es tan relevante. Pero gane quien gane, espero que en los próximos seis años aprendamos todos a ser una mejor versión de nosotros mismos. Si hacemos esto, es altamente probable que para las próximas elecciones tengamos mejores candidatos (aunque no ideales), pero también mejores gobernadores, maestros, padres, diputados, jueces, madres, médicos, abogados, arquitectos, personas; pues parece que una cosa es condición de la otra. Reconstruir México es, ha sido, y seguirá siendo tarea de todos. #FinDelComunicado

Lo que he aprendido gracias a Lisa Simpson

Lo que he aprendido gracias a Lisa Simpson

Para quienes me conocen, no será una gran sorpresa leer que mi personaje favorito de Los Simpsons es Lisa. Por supuesto, me encantan todos los personajes, y un recuento de mis chistes favoritos estaría lleno de momentos con Marge, el señor Burns y Krusty. Incluso del abuelo […]

Desde las entrañas de la violencia: ¿por qué seguir reflexionando sobre los asesinatos de Jack El Destripador?

Desde las entrañas de la violencia: ¿por qué seguir reflexionando sobre los asesinatos de Jack El Destripador?

El pasado sábado 17 de marzo, en la librería Jorge Cuesta, tuvimos el gusto de escuchar la conferencia de Magdalena López titulada “Destripando al destripador: realidad y ficción en los homicidios de Whitechapel.” A partir del título, no es difícil pensar que muchos de nosotros […]

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte I

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte I

Desde una espiritualidad secular y cosmopolita, lo divino no puede ser monopolizado, explicado a la perfección o de manera absoluta por alguna cultura, persona o institución. Una espiritualidad cosmopolita parte de la idea de que “Lo Divino”, o “Eso-otro-más-grande-que-uno-mismo”, es una idea, emoción o intuición abstracta que no puede agotarse en ninguna definición o perspectiva concreta, sea ésta de la cultura que sea.

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Dicho de otra manera, hemos hecho de “Lo Divino” una marca con “copyright” y “Lo Divino” no tiene dueño; no le pertenece a ninguna persona, cultura o institución con exclusividad. Si aceptamos que una conciencia limitada no puede tener una comprensión perfecta de una entidad, conciencia o ser ilimitado, entonces tampoco algo absoluto puede tener dueño o ser exclusivo de una cultura en particular

Hay buenas razones para defender que todas nuestras concepciones o perspectivas de “Lo Divino” o de lo absoluto son parciales, históricas, humanas, falibles e imperfectas, que están cargadas de lo que somos y de cómo somos. Como se dice en el Talmud: “No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos”, y “Lo Divino” no escapa a esta tendencia humana de proyección. Aún cuando consideramos que son construcciones humanas, no existe ningún problema con que la gente crea en Dios, le llame como le llame. El problema es que la gente confunda creer en Dios, con asumir como cierta, más allá de toda duda, la versión cultural y particular de “Lo Divino” que le han enseñado desde la infancia. Esta actitud puede, con facilidad, llevarnos a la intolerancia, prepotencia y violencia religiosa, como defenderemos más adelante.

Desde un punto de vista filosófico, la pregunta no es si nuestras creencias son ciertas o falsas, esa pregunta no es factible de ser contestada. Lo relevante aquí, tanto para la filosofía moral como para la espiritualidad que tratamos de defender, es si nuestras creencias, así como el conjunto de valores y prácticas que encarnan, son benévolas, funcionales, justas, empáticas; es decir, si promueven el diálogo, la libertad y la responsabilidad individual; y si a su vez rechazan o inhiben toda forma de violencia. Una espiritualidad secular, crítica, ética y cosmopolita, pretende evitar todo tipo de creencia, o interpretación de una creencia, que por las razones que sea, promueva o justifique la discriminación, el machismo y el elitismo; que niegue la libertad y la dignidad humana o sustente prácticas e ideologías de odio. Lo anterior ha de ser revisado y considerado pertinente para discriminar entre las creencias o interpretaciones de creencias dañinas, a diferencia de las legítimas y deseables.

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Es fundamental comprometernos con las prácticas y creencias capaces de autocrítica y revisión, puesto que pueden ayudarnos a evitar toda forma de abuso y exceso. Ya la historia nos ha mostrado en repetidas ocasiones (Inquisición, Cruzadas, etc.) el terrible riesgo de ser autocomplacientes, autoritarios y despóticos con nuestros respectivos presupuestos o interpretaciones de “Lo Divino”. Esta actitud crítica no sólo puede evitarnos caer en dichos excesos y abusos, también nos permite ampliar nuestra autonomía, dado que no tenemos por qué estar determinados por la cultura o la familia en la que nacemos. Las creencias tienen que ser una cuestión de elección y compromiso, no de imposición cultural o familiar.

Una espiritualidad cosmopolita buscaría trascender los localismos, no al rechazarlos o negarlos, sino al mirar con atención, curiosidad y apertura a otras culturas y sus tradiciones. No con el objetivo de elegir la religión correcta, suponiendo que esto exista, sino con el afán de ser mejores y de enriquecernos con toda la diversidad humana; desde las tradiciones espirituales, hasta las filosóficas, artísticas, científicas, política, etc.

Más del 80% de las personas practican la religión que les fue enseñada en el seno materno, y este porcentaje aumenta significativamente cuando la religión de la familia coincide con la religión adoptada de manera mayoritaria en la sociedad a la que el individuo pertenece. La adopción de la religión por influencia cultural es cotidiana y no debe de extrañarnos, el problema surge cuando las personas que la practican están absolutamente convencidas de que ésta, y sólo ésta, es la correcta. Tal mentalidad, por simple exclusión, suele producir que la gente asuma que la religión de los demás está mal, por ende, que la gente está mal. Lo cual facilita que se mire y se trate a dichas personas con cierto odio, desconfianza y desprecio; o por lo menos, con cierta lástima o condescendencia. Como escribe Hans Küng: “La demonización del adversario no es con frecuencia otra cosa que un intento de autojustificación moral.” (Küng, 2002, 177).

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Es sano poner una mirada crítica a la tendencia natural de asumir como cierto lo que la familia y la sociedad asumen, de igual manera que hacemos con el lenguaje, la vestimenta y las costumbres. Por ejemplo, la gente aprende y repite el lenguaje de su entorno del mismo modo que aprende y repite las creencias de su entorno. El reconocimiento de esta inercia automática a la afirmación del grupo interno (y rechazo de los grupos externos), favorece el sectarismo y la intolerancia religiosa. Por tanto, dicha intolerancia debe ser analizado y tratado como un problema suscitado por la arrogancia y la prepotencia, de asumirse a uno mismo, como la medida objetiva y absoluta de todas las cosas. El fanático religioso se autoproclama poseedor de la única verdad, y encaramado en su propio pedestal autocomplaciente de superioridad moral, juzga, critica y condena a todo aquel que piensa o es distinto.

La espiritualidad cosmopolita, por el contrario, buscaría el respeto a la diversidad, y a poder ver nuestra perspectiva como un fenómeno histórico y cambiante, susceptible de ser enriquecido y complementado con otras perspectivas. Esta espiritualidad no necesita que la gente abandone sus creencias, sino sólo que supere la arrogancia de asumirlas como acabadas y perfectas. Una creencia es un compromiso personal y social respecto de una forma de entender “Lo Divino” y de vivir en comunidad. Por tanto, todas las creencias son respetables en la medida en que sean respetuosas. Lo que se busca, finalmente, es fomentar la apertura y el diálogo.

“En un verdadero diálogo, ambas partes deben estar dispuestas a cambiar. Tenemos que apreciar que la verdad puede ser recibida desde el exterior −no sólo desde el interior− de nuestro propio grupo (…). Si creemos que monopolizamos la verdad y aun así establecemos un diálogo, éste no será auténtico (…). Tenemos que permitir que nos transforme lo que es bueno, hermoso y significativo en la tradición del otro. (Hanh, 1996, 26,).

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Lo relevante desde esta propuesta espiritual no está en tener la religión correcta, sino en practicar la religión preferida de la manera correcta, y esta corrección se sustenta en la adopción de mínimos morales por parte de los agentes, como son la autonomía, la solidaridad, la benevolencia, la justicia; y pueda restringir o minimizar toda forma de avaricia, envidia, egolatría, pedantería y violencia.

Esta forma de corrección tiene antecedentes muy antiguos, la estudiosa de las religiones Karen Armstrong, en su plática de Ted: “My wish: The Charter for Compassion”, cita al rabino Meir el cual consideraba que: “las interpretaciones de las escrituras que condujeran al odio, desdén o desprecio de otros, de cualquier persona, son ilegítimas.” La espiritualidad que defendemos afirma lo mismo. Toda creencia que promueva el odio o la violencia es ilegítima, y toda creencia que promueva el amor universal, el trato amable y solidario hacia los demás, sean personas, animales, o plantas, sería deseable y legítima desde un punto de vista ético.

Bibliografía

Küng, Hans (2002): Una ética mundial para la economía y la política, FCE, México.

Hanh, Thich, Nhat (1996): Buda viviente, Cristo viviente, Kairos, España.

 

Pantera Negra: ¿Tenemos obligaciones más allá de los límites de Wakanda?

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