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Autor: Juan Carlos Cabrera

Reseña: “De animales a dioses” de Yuval Noah Harari

Reseña: “De animales a dioses” de Yuval Noah Harari

En su libro “De animales a dioses”, el historiador Yuval Noah Harari nos relata el devenir del homo sapiens desde sus inicios hasta nuestros días. Esta historia de 200,000 años, se puede representar en tres grandes momentos: a) periodo de los cazadores recolectores (hace 200,000 […]

La pastilla roja y la Matrix

La pastilla roja y la Matrix

A veinte años del estreno de la icónica película de Matrix, el mundo ha cambiado. Ignoro si tanto o más que sus creadoras, pero lo que es un hecho es que el mundo es bastante diferente. La película es un tour de force tanto filosófico, […]

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte II

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte II

La historiadora de religiones Karen Armstrong, defiende que en el pasado conceptos como el de “fe”, “creencia” y “credo” no tenían tanto que ver con asumir como ciertas de manera acrítica una serie de proposiciones, “hechos” y afirmaciones, sino que esas nociones implicaban una forma de actuar y estar en el mundo: 

“Creo” no significaba “acepto determinados credos de fe”. Significaba: “Me entrego. Me comprometo”. De hecho, algunas tradiciones mundiales piensan muy poco en la ortodoxia religiosa. En el Corán, la opinión religiosa, la ortodoxia religiosa, se desechaba como “zanna”: conjeturas excesivas sobre asuntos de los que nadie podía estar seguro pero que hacen a la gente beligerante y estúpidamente sectaria.

(Armstrong, 2008).

En ese sentido, la fe y creencia implicaba actuar de una manera peculiar; es decir, el esfuerzo y compromiso de cada persona para lograr ser alguien más amable, generoso, honesto, empático, etc. En cambio, se ha entendido que la fe implica afirmar de manera categórica una serie de presupuestos heredados e impuestos en una tradición, y sobre los cuales está prohibido reflexionar y/o cuestionar (dogmas). 

Defenderemos que una espiritualidad secular y cosmopolita necesariamente requiere modificar el centro de la espiritualidad al “hacer” (al cómo nos comportamos y nos tratamos los unos con los otros), y no en un mero “creer” (al simple hecho de afirmar o dar por sentadas de manera apodíctica ciertos “hechos” y/o presupuestos indemostrables e incontrastables, sobre todo cuando este creer no se concreta en acciones coherentes con la creencia que se dice tener, como al decir que se ama al prójimo pero discrimino a mujeres o a personas no heterosexuales).

Desde esta lógica donde la espiritualidad o la religiosidad tienen que ver con el “hacer” y no necesariamente sólo con el “creer”, ser una buena persona depende de lo que haces, de cómo te comportas con los demás, y no simplemente de lo que crees, de lo que afirmas o consideras como verdad. Esta diferencia en el modo en que entendemos la espiritualidad, hace que lo relevante sea el proceso mediante el cual las personas logran ser mejores. Con mejores no nos referimos a ser mejores respecto de otras personas, sino a ser mejores respecto de sí mismos. La espiritualidad buscaría ayudarnos a encarnar una versión más amable, honesta, solidaria, generosa de nosotros mismos, respecto del “yo” que éramos antes. 

Buscar la religión “correcta” deja de tener sentido, pues lo verdaderamente importante es practicar la religión, cualquiera que esta sea, de la manera correcta, es decir, de la manera que nos faculte para ser una mejor versión de nosotros mismos. Bajo esta lógica, cambiar de religión o practicar cualquier religión y seguir siendo la misma persona misógina, elitista, abusiva, materialista, violenta, etc., es totalmente irrelevante en términos de desarrollo moral y espiritual. Lo verdaderamente importante es que la gente logre cambiar hacia una forma de sí más incluyente, empática, justa, bondadosa, amable, honesta, etc.

El desarrollo espiritual estaría más bien vinculado a un proceso de cambio en la conducta y en el modo de relacionarnos los unos con otros. Este cambio de conducta tendría que ver con el ser capaz, por ejemplo, de: “amar al prójimo como a uno mismo”, en acciones cotidianas y no simples afirmaciones que no van más allá del discurso y de una supuesta ideología. El reto está en que las personas seamos capaces de atender al cuidado de nosotros mismos y de los demás, como una parte medular del desarrollo espiritual. 

Esta forma de entender lo espiritual nos liberaría de las cadenas y las fronteras que imponen los dogmas, para llevarnos a algo más profundo, cosmopolita, liberador y transformador de nosotros mismos, de la sociedad e incluso del mundo en que vivimos. 

Esta misma espiritualidad centrada en el hacer se manifiesta de manera contundente en la respuesta que el Dalai Lama le da a Leonardo Boff, teólogo de la liberación brasileño, en el intermedio de una mesa redonda sobre religión y paz entre los pueblos. El brasileño le preguntó al Dalai Lama que cuál era la mejor religión, a lo que el budista tibetano respondió: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al infinito. Es aquella que te hace mejor.” Sorprendido por la respuesta, Boff le preguntó de nueva cuenta al budista sobre qué era lo que lo hacía mejor, a lo que el monje respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti, es la mejor religión.

El giro o regreso de la espiritualidad al “hacer” y no sólo a un “creer” ciertas cosas, nos permitiría superar las divisiones y disputas entre las religiones e incluso entre las incontables discrepancias entre las infinitas interpretaciones dentro de una misma religión. Lo relevante dejaría de ser la teoría cuando está alejada de la práctica, o lo que sólo se afirma o se dice pero queda en palabra vacía, para poder centrarnos en lo que hacemos, en cómo nos comportamos los unos con los otros. La libertad humana, sobre todo el pensamiento crítico, junto con la capacidad de reflexión, duda y cuestionamiento, quedarían finalmente liberadas de la prisión del dogma. 

Desde esta perspectiva, tanto la libertad de culto como el pensamiento crítico no se oponen a nuestro desarrollo espiritual y moral, sino que lo facultan y posibilitan. Ya que la espiritualidad dejaría de depender de la repetición irreflexiva de ciertas afirmaciones gratuitas imposibles de verificar, contrastar y contra argumentar. Dicho de otro modo, la libertad y pensamiento crítico, junto con la capacidad de cuestionar y dudar, no podrían ser consideradas indeseables, pecado y/o herejía; por el contrario, estas serían la condición mínima y necesaria para un auténtico desarrollo espiritual y moral; ya que de otro modo estaríamos constreñidos y determinados por la lotería de nuestro nacimiento al simplemente repetir de manera acrítica los contenidos, prácticas y creencias del lugar en que por azar nos tocó nacer. Creer ciegamente en que casualmente nacimos en la familia y la sociedad que precisamente tiene la creencia correcta, no sólo es ingenuo y absurdo, sino también irreflexivo y carente de valor personal, ya que no hicimos absolutamente nada para nacer en un lugar o en otro. 

En este sentido, el supuesto de creer que hay una religión correcta y que el simple hecho de practicar dicha religión así como asumir como ciertos sus preceptos, es condición suficiente y necesaria para considerarnos una buena persona y por tanto merecedora de cualquier premio en este plano existencial o en cualquier otro, es totalmente opuesto a la idea de desarrollo espiritual y/o moral, que implica un arduo compromiso personal, trabajo, elección, crecimiento, cambio, desarrollo autocrítica, humildad y todo aquello que nos ayude a cambiar y mejorar como individuos hacia una forma más amable, plena y auténtica de nosotros mismos. 

En resumen, lo que realmente importa es el cómo encarnamos en la práctica nuestras respectivas creencias, y no tanto qué es lo que decimos creer. Distintas personas pueden creer lo mismo, pueden tener la misma religión, pero mientras unas pueden ser miembros del Ku Klux Klan o del partido Nazi, otras pueden estar luchando incansablemente por los derechos de los inmigrantes, de personas de piel negra, o defendiendo el derecho a la libertad de culto de todas las personas, sin por ello tener que abandonar su propia creencia. Hay gente buena y mala en todas las religiones, así como hay gente buena y mala que no tiene ninguna creencia religiosa, pues es el comportamiento de las personas, y no sus creencias, es lo que realmente hemos de tomar en cuenta en cualquier evaluación moral. 


¿El amor es para siempre? Segunda parte

¿El amor es para siempre? Segunda parte

No hay nada que nos quite más energía, fuerza, alegría y sentido que la falta de amor, ni tampoco nada que nos vigorice, alegre, aliente y reafirme tanto como el amor. Por amor vivimos y por amor morimos, por él creamos obras de arte, fundamos […]

¿El amor es para siempre?

¿El amor es para siempre?

Parece ser que tenemos buenas razones para dudar de la afirmación anterior. Hacer depender el amor de la duración o si cumple o no el epíteto de: “Hasta que la muerte nos separe” es problemático. Al exaltar historias de amor romántico del tipo Romeo y […]

En el espejo de los candidatos

En el espejo de los candidatos

Los candidatos son un espejo duro de mirar, vemos tantas cosas de nosotros mismos que nos da entre repelús, susto o asco. Su avaricia, elitismo, oportunismo, compadrazgo, materialismo, egoísmo, machismo, ignorancia, violencia… son nuestras, las vemos día con día en la calle, en la casa o en la oficina, las reproducimos constante y cotidianamente.

Su corrupción es nuestra corrupción y su indiferencia es nuestra indiferencia. 

Podemos pretender que no nos merecen, que estamos por encima de ellos. Nos damos golpes de pecho y los miramos con indiferencia o desprecio, pero es el mismo desprecio e indiferencia con el que miramos al indígena, inmigrante, niño de la calle, anciano, madre soltera, homosexual, pobre, etc. Nuestro desprecio y elitismo es el mismo que el del cadenero en los antros que nos deja pasar o no dependiendo de si damos el perfil. Pero no es el cadenero, somos todos; desde los dueños de esos lugares hasta los que vamos a rogarles <a que si “por favorcito” nos dejan pasar para darles nuestro dinero>. Vamos a rogarles para que nos dejen pertenecer, para sentirnos fuertes, valiosos, dignos, legítimos, porque nuestra mentalidad de “conquistado” y nuestra profunda inseguridad requiere que le den el “visto bueno”. “Mírame, mírame, tengo un reloj caro, un coche del año, soy blanco, soy de los “bien”, de los acomodados, de los privilegiados, soy uno de los tuyos, mírame acéptame, quiéreme…”

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Nuestras inseguridades y miedos nos hacen crueles y despiadados. 

Nos mueve ese terror y asco de ser parte de la chusma, de la plebe… nos violentamos entre nosotros porque no hemos terminado por aceptarnos, nos cambiamos el nombre de Juan a “Johny” y mágicamente ya somos menos mestizos, como si nos diera asco lo que somos. Es ese terrible síndrome de “Doña Florinda Meza” que para sentirse mejor y superior a los “otros” (sus iguales), los ofende, los discrimina y desprecia. Ve en ellos todo lo que odia de sí misma, y eso mismo nos pasa cuando vemos a los candidatos presidenciales, los detestamos por lo mucho que nos representan y espejean.

Todos los candidatos tienen cola que les pisen, pero también México tiene una cola muy larga y muy “pisable”. No toda la corrupción y la violencia la hacen los políticos o el narco. Nos quejamos de que son ignorantes, pero ¿cuántos mexicanos hemos leído más de tres libros? ¿Acaso no nos vemos a diario expuestos o ejerciendo violencia o discriminación en nuestro entorno? Homofobia, machismo, elitismo y racismo son cosas del día a día. Los políticos tampoco tienen el monopolio de la violencia social. ¿Cuántos no tomamos más de lo que realmente nos toca? Todos hemos llegado a mentir, traicionar, manipular, y voltearnos para otro lado cuando nos conviene.

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Los candidatos sólo son un espejo cruel que nos regresa algo de nosotros mismos, ese algo que no hemos sabido corregir, aceptar y superar. 

Gane quien gane, México seguirá igual mientras sigamos siendo iguales. Con nuestros egos inflados y nuestra respectiva cuota de ignorancia, indiferencia, intolerancia. Si queremos mejores candidatos, habrá que luchar para ser un mejor pueblo. Cada acto de corrupción ha requerido cómplices, desde los jueces hasta los abogados y la gente en los juzgados, el M.P. la corte y, obvio, los ciudadanos de a pie que le entramos, porque hay que entrarle, y porque todo está diseñado para entrarle.

Nuestro problema no es sólo la mala calidad de los candidatos, sino la mala calidad de nuestra visión de corto-plazo, oportunista, consumista, egoísta, etc. Gane quien gane, México mejorará cuando mejoremos todos como país y como pueblo: los de arriba y los de abajo, seamos blancos, morenos, jóvenes, ancianos, etc. México mejorará cuando entendamos que estamos todos en el mismo barco.

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Como dijo Carl Sagan: “Nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos”. 

El sujeto que quede en “La Silla” sólo tendrá más influencia, y para bien o para mal, el presidente no podrá ni salvarnos ni arruinarnos si no hacemos todos lo que nos toca. La solución de México no está en el presidente, está en nuestro actuar cotidiano, está en todos, en no odiarnos, por ejemplo, ni por diferencias políticas, religiosas, existenciales, sexuales o cualquier otra. Algún indicio de mejora estaría en cuidar el medio ambiente, en saber escuchar, en dejar de juzgar y empezar a ayudar; en entender que todos hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. En aprender a reír más y gruñir menos. En ser menos avaros y más compartidos, en burlarse menos y empatizar más.

De todo corazón, espero que gane el mejor, sea el que yo creo que es, o no. Eso en realidad no es tan relevante. Pero gane quien gane, espero que en los próximos seis años aprendamos todos a ser una mejor versión de nosotros mismos. Si hacemos esto, es altamente probable que para las próximas elecciones tengamos mejores candidatos (aunque no ideales), pero también mejores gobernadores, maestros, padres, diputados, jueces, madres, médicos, abogados, arquitectos, personas; pues parece que una cosa es condición de la otra. Reconstruir México es, ha sido, y seguirá siendo tarea de todos. #FinDelComunicado

Espiritualidad secular y cosmopolita. Parte I

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Desde una espiritualidad secular y cosmopolita, lo divino no puede ser monopolizado, explicado a la perfección o de manera absoluta por alguna cultura, persona o institución. Una espiritualidad cosmopolita parte de la idea de que “Lo Divino”, o “Eso-otro-más-grande-que-uno-mismo”, es una idea, emoción o intuición […]

“Llámame por tu nombre”

“Llámame por tu nombre”

La película aborda el tema del despertar sexual, el deseo y el amor entre dos hombres, aunque no queda claro si son homosexuales o simplemente no del todo heterosexuales; de cualquier manera, la reflexión podría aplicar para cualquier forma de afectividad y sexualidad considerada no […]

La precariedad como forma de violencia

El psicólogo Christopher Ryan considera que preguntar si el ser humano es bueno, malo o neutro por naturaleza es como preguntar si el agua es sólida, líquida y gaseosa. En el caso del agua, el entorno determina el estado en que ésta se manifiesta. En el caso del ser humano, el entorno influye significativamente en los aspectos de nosotros mismos que van o no a manifestarse.

Los seres humanos somos capaces de lo más atroz así como de lo más sublime y, estadísticamente hablando, el entorno cultural y ambiental, mas el complejo conjunto de variables personales (historia de vida, estructura psíquica, genética, epigenética, etc.), marcan la pauta de nuestro comportamiento.

Desde esta lógica el psicólogo Philip Zimbardo, a partir de su experimento de la cárcel de Stanford y gracias a los experimentos de Stanley Milgram, sostiene que el comportamiento humano es fuertemente influenciado por su entorno. De manera que en vez de asumir que el problema radica en las personas (la tesis de la manzana podrida), hay buenas razones para defender que el problema está en las sociedades (tesis del barril que pudre manzanas).

En la segunda perspectiva el mexicano no es corrupto, violento o flojo por naturaleza, sino que está en un entorno de precariedad económica, social, laboral y política que no le proporciona lo necesario para un correcto desarrollo. Un ejemplo de esto, es que un granjero nunca culparía a sus manzanas por no crecer correctamente, buscaría las causas del problema y mejoraría los nutrientes del suelo, vería si la humedad es la adecuada o cosas por el estilo. El problema de la tesis de la manzana podrida, es que todo el mal radica en la persona, como si el entorno no influyera para nada. Esta tesis se limita a buscar o señalar culpables, en vez de entender las causas del problema y buscar soluciones.

La tesis de la manzana podrida no parece explicar que en entornos altamente empáticos y amables, donde hay abundancia, los individuos se comportan benévolamente, mientras que en entornos de precariedad (sea de alimento, seguridad, reconocimiento, libertad…) los seres humanos suelen tener conductas violentas, sea del tipo de violencia para afuera, como dañar a terceros, o para adentro, como dañarse a uno mismo (suicidio, culpa, auto desprecio, inseguridad…).

Hemos de modificar la idea ingenua de que la libertad humana lo puede todo y que somos completamente dueños de nuestros pensamientos, sentimientos, creencias, actitudes, etc., y entender que, en tanto que mamíferos gregarios, adecuarnos al grupo es fundamental para nuestra sobrevivencia. Por tanto, aquellos que consideran que la opinión de otros no les es relevante, o se engañan a sí mismos, o su cerebro es incapaz de empatizar (sociópatas o psicópatas).

El cerebro humano tiene una gran plasticidad y capacidad adaptativa, esta habilidad le permite introyectar cualquier contenido cultural, así como aprender las reglas del juego social. Por ejemplo, si un individuo nace en una cultura machista, asume el machismo, del mismo modo que podría asumir la igualdad de género, si naciera en una comunidad dónde eso fuera la norma.

De manera que si queremos incidir en el comportamiento humano, tenemos que mejorar el entorno (el barril), empezando por generar las condiciones propicias para satisfacer las necesidades básicas (alimento, seguridad, acceso a la salud…), hasta aspectos más intangibles (libertad de pensamiento, de culto, acceso a educación…). Es fundamental que nuestras políticas y prácticas económicas y sociales sean capaces de crear entornos de bienestar, la lógica persecutoria de mano dura y búsqueda de culpables (tesis de la manzana podrida), sólo aumenta el nivel de precariedad y de violencia en el entorno.

 

Y todos acudieron

Y todos acudieron

“¿Quién convocó a tanto muchacho, de dónde salió tanto voluntario, cómo fue que la sangre sobró en los hospitales, quién organizó las brigadas que dirigieron el tránsito de vehículos y de peatones por toda la zona afectada? No hubo ninguna convocatoria, no se hizo ningún […]