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¿El amor es para siempre? Segunda parte

No hay nada que nos quite más energía, fuerza, alegría y sentido que la falta de amor, ni tampoco nada que nos vigorice, alegre, aliente y reafirme tanto como el amor. Por amor vivimos y por amor morimos, por él creamos obras de arte, fundamos empresas, conquistamos ciudades, levantamos imperios, cantamos, bailamos, pintamos, lloramos y sufrimos. 

Al amar a alguien nos conectamos con lo más tierno, puro, sublime, generoso, excelso y creativo de nuestro ser. Cuando amamos flotamos, todo parece ligero, fresco, luminoso, significativo; en cambio, el perder al ser amado nos despierta nuestros peores demonios, miedos, odios. El abandono y el vacío ocupa toda nuestra mente y todo nuestro corazón, la vida se siente pesada, amarga, oscura, el frío nos embriaga por dentro y por fuera, y lo más patético de todo esto es que tenemos, poco o nulo control, sobre este sentimiento. 

Nadie decide voluntariamente de quién enamorarse, o cuándo dejar de amar. Tan sorpresivamente nos enamoramos como nos decepcionamos, sufrimos y nos alejamos. El amor no parece ser del ámbito de la voluntad, sino de la biología, de la carne, de los genes que nos mueven como si fuéramos marionetas. Somos los títeres de una historia genética que fue seleccionada evolutivamente para sobrevivir y reproducirse, no necesariamente para hacernos felices. En algunas ocasiones la compatibilidad biológica se opone frontalmente a lo socialmente conveniente. 

Nuestro corazón no nos pregunta de quién se enamorará, no nos pide nuestra opinión, ni nos invita a reflexionar sobre las ventajas o desventajas de enamorarnos de esta o aquella persona. Algo en nosotros detecta algo en los otros y todo un mecanismo biológico se pone en marcha. El sentimiento simplemente llega a nuestra playa emocional, como la marea a la playa, nos inunda, nos ahoga, nos rodea, nos baña, nos abraza y nos levanta como si fuéramos un trozo de leña que descansa en la playa; flotamos en sus aguas y su fuerza nos arrastra, nos levanta, nos ahoga, nos vivifica y nos asfixia. 

Ese mecanismo biológico se prende y se apaga sin consultarnos o considerarnos; no le importa nuestro estrato social, nuestra ideología o nuestras creencias. Nuestro cuerpo no nos pide nuestra opinión para enamorarse, simplemente lo hace y nos lleva a ese país de las maravillas para abandonarnos posteriormente. Una vez iniciado el proceso no se puede apagar, continuará de un modo o de otro, algunas veces se formaliza una relación, e incluso puede ser que haya descendencia; otras, un mero cosquilleo y escalofrío nos recorre para luego seguir en lo que estábamos antes. Y del mismo modo que nos abduce y nos secuestra, del mismo modo nos deja. Un día, ese sentimiento que parecía serlo y contenerlo todo, se esfuma, se larga y en caída libre nos deja, sin paracaídas, sin red, sin clemencia. 

Nadie decide voluntariamente ni de quién ni cuándo enamorarse, ni tampoco se decide en qué momento o por qué dejar de hacerlo, simplemente sucede, pasa, se vuelve parte de nuestra realidad emocional. Culpar a alguien por dejarte de amar tiene tanto sentido como culparlo por amarte, es tan absurdo como culparlo por tener la piel tibia, el pelo negro o los ojos claros. ¿Qué control tenemos sobre lo que sentimos? ¿Quién decide racional y lógicamente de quién enamorarse? ¿Quién es dueño de lo que siente o deja de sentir su corazón? 

Que la gente se prometa o se exija amor eterno, es tan absurdo como prometerse no envejecer. Prometerse amor eterno es como prometerse un día soleado perpetuo, un orgasmo eterno o una caricia sin fin. Todo en la vida empieza y termina. No son eternas las mejores canciones, ni las mejores películas ni las mejores comidas.Los sentimientos son como la vida, tienen su propio proceso, su propio camino, su inicio, su desarrollo y su fin. Y los ciclos de las emociones son como los ciclos de la vida, se suceden unos a otros, naciendo, jugando, fallando, aprendiendo, creciendo, envejeciendo y muriendo una y otra vez. 

Oscilamos en el carrusel de las emociones entre soledad, dolor, amor, deseo, culpa y sufrimiento. Vivimos sin poder parar el ciclo y sin poder dejar de desearlo otra vez. Y es que por esos instantes eternos de gloria, bien vale la pena bajar a los infiernos de la duda y el tormento. 

¿Cómo detener este bucle sin fin, ese eterno retorno de lo mismo? ¿Cómo bajarse de este carrusel de emociones? ¿Cómo tocar suelo, sentirnos seguros, estables, relajados y llenos? ¿Cómo superar el síndrome de abstinencia y no desear sentirte inquieto, nervioso, impaciente y anhelante otra vez? ¿Cómo desear intensamente lo que ya tienes? ¿Cómo extrañar a quien está ahí, día con día, desde hace años, años que se sienten como siglos? No es maldad dejar de amar, ¿quién decidiría voluntariamente algo así? Simplemente pasa, acontece. 

Esa marea que llegó, se ha ido, desapareció. Y esa fuerza que te hacía mover montañas, ese fuego que te abrazaba, se ha esfumado, marchado, desaparecido. Pero no lo ha hecho sin dejarte cambiado, la marea ha traído cosas nuevas a la playa y la ha transformado. Ya no se puede ser el mismo, algo de gran magnitud ha cambiado todo lo que había, ha moldeado cada roca, cada grano de arena, nuestra playa no es la misma. Algo grande ha pasado, algo importante, y no hay vuelta atrás. Hemos sido transformados por siempre. Tal vez por eso se dice que a Dios solo se le puede conocer en los otros, en el amor a otros. Tal vez sea que para experimentar lo divino, haya necesariamente que experimentar el amor y el dolor, el fluir del Tao, el nacimiento y la muerte. 

Hay algo inherentemente trágico en el amor, y es que hagamos lo que hagamos, siempre ha estado y estará fuera de nuestro control. El amor es como una criatura que algunas veces habita en nuestro interior y que goza de vida y muerte propia. Más que amar, los seres humanos somos algunas veces poseídos por el amor, como si de un demonio o de una fuerza externa se tratará y no tanto de una decisión racional, consciente y voluntaria. Nunca decidimos conscientemente amar, sólo decidimos qué hacer cuando esta fuerza llega y cuando se va, de aquí que el amor sea tanto romántico, como trágico. 

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