El Príncipe de la Oscuridad alguna vez dibujó sobre su faz un semblante sosegado según confiesa Wilhelmina Murray, o Harker si se quiere ser tan puritano como Jonathan y sus secuaces. Cuando ésta mira el rostro del vampiro tras ser asesinado por sus cuatro amigos, por no decir esclavos, reconoce semejante semblante. La pregunta obligada para el amante de la obra de Stoker es ¿A qué se debe ese dejo de paz en el monstruo?

Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.1

Stoker tendrá cuidado hasta el final de la obra de no dar muchos detalles sobre el Conde, no es la intención hacer un monstruo explícito, sino ominoso, de presencia ambigua y escondida. Sin embargo el cine nunca satisfecho indagará y propondrá distintas vicisitudes en la existencia del Rey de los Vampiros, desde el Conde Orlock en Nosferatu de Murnau hasta el Drácula de Coppola, pasando por los más representativos, Lugosi, Lee y Langela, el monstruo de afilados colmillos y presencia erótica necrótica se irá confabulando como mito; más aún cuando la realidad trastoca la ficción haciendo referencia a la biografía de Vlad Tepes. Así, la literatura y el cine no serán castillos privativos de este noble inmortal, el comic, el manga y hasta los juegos de video se harán del mito.

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Lo que nos lleva a Castlevania, maravilloso juego nacido el año de 1986 por la compañía Konami titulado por vez primera Akumajō DraculaEl juego simple, pero no por ello menos extraordinario, basa su trama en diversos cazavampiros en busca de la destrucción de Drácula. Muchísimas versiones le han seguido a este título con historias no siempre conectadas entre sí y en más de una ocasión con historias intrincadas para múltiples plataformas, pero habrá de centrarse el presente texto en la adaptación del juego a anime para la plataforma de Netflix.

No será necesario ver la serie para leer el presente texto, no hace falta, así como se tratará de no hacer spoiler alguno.

Dicho lo anterior será necesario circunscribir al Drácula de Castlevania: ¿Qué Drácula es el Drácula de la serie animada? ¿A qué línea pertenece? O mejor todavía ¿Es que acaso hay varios Drácula? La respuesta siempre será arbitraria, por lo menos para esta última pregunta, sin embargo la figura del vampiro más famoso de todos los tiempos es susceptible a múltiples visones y acompañamientos. En este caso el Drácula de Castlevania para Netflix es un Drácula coppoliano, esto es: un Drácula enamorado. Cercano a Oldman y Langella, el vampiro por excelencia de Castlevania se anonada y embarga en la fruición como causante de penurias al mundo en orden de consolar el vacío que la lejanía de su amor ha dejado… Recuérdese, por ejemplo, a un Drácula postrado en el piso de un salón de baile con la cara deforme mientras llora por su amada Mina que le ha abandonado por ir al encuentro con su prometido Jonathan Harker, esto para la versión Drácula de Bram Stoker dirigida por Francis Ford Coppola. ¿Qué sucede en ese momento? El vampiro embargado por el dolor de la soledad vuelca su pena en furia incontenible invocando vendavales demoniacos.

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A diferencia del Conde Orlok por Max Schreck o el Drácula de Kinski e incluso el de Christopher Lee, estos dráculas caen en ese pequeño círculo de empatía. Es decir, ante la frustración del dolor del monstruo el espectador reconoce que lo que está haciendo el oscuro antagonista/protagonista está “mal a todas luces” (tal vez “a todas oscuridades”), masacrar, destruir, maldecir y vaciar la sangre de los cazavampiros, etc., pero se le comprende. Se es empático con el monstruo porque su corazón de murcileago está lastimado. El monstruo así es susceptible de empatía. La pregunta es ¿será válido? Y no debiera entenderse esto bajo una aspiración ramplona del moralismo más santiguado, no, séase estético; el monstruo por ser monstruo es hórrido y el tormento que inflige al mundo tal vez no debiera tener propósito ni intención, quizá ni siquiera una causa tangible. ¿Acaso no es más terrible un mal porque sí que uno justificado? ¿No se es más monstruoso cuando se es nihilista? No busque respuesta amable lector porque no las encontrará en lo que lee, tampoco se conteste con ligereza, mastíquese, muérdase el cuello de lo aquí planteado con cautela.

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Lo que se presenta aquí es un escueto maniqueísmo, dráculas enamorados que bien pueden, si no justificarse, de menos sí comprenderse en las aberraciones que comenten y dráculas nihilistas, es decir, Reyes Vampiro que no buscan más que apoderarse del mundo para luego verlo arder (si al lector le son familiares estas últimas palabras podrá extender el tópico a otros maravilloso villanos). El Drácula de Castlevania responde a la primera acepción, un vampiro enamorado que tras verse despojado de su amor vuelve los ojos flamígeros en contra de todo ser sintiente; tragedia maravillosa, tan arrebatada como la de los otros, similar y cercana, pero diferente y muy propia.

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Tal vez sea que son facetas todas del mismo Drácula, en tantos siglos debe esperarse muchos modos de ser… Sea pues pretexto Castlevania para mirar de nuevo al Rey de los Vampiros y perderse en su magnificencia oscura, sea esta nueva aparición del Príncipe de la Oscuridad pretexto siniestro para anonadarse con la propia tragedia de la vida que no se acaba nunca…

Si el vampiro necesita del hombre para continuar existiendo, nosotros, quienes los creamos en nuestros sueños o pesadillas, necesitamos del poderío de su metáfora para sentir la vida con mayor intensidad, para mirar este jardín con ojos de vampiro y escuchar la palpitación de la sangre debajo del mármol en apariencia inerte de la estatua.2

1Stoker Bram, Drácula, Axial.
2 Quirarte Vicente, Sintaxis del vampiro, Verdehalago.