Viejas y nuevas sabidurías

Uno de los principales problemas que dificulta e incluso impide el diálogo y genera disputas y ciclos de violencia interminable, es la ilusión de la certeza, esta ingenua y pedante postura de creer que nuestro grupo ideológico, o uno mismo, es poseedor de la verdad, la corrección moral y el conocimiento pleno y perfecto. Esta postura suele implicar que existe una verdad absoluta e incuestionable, tanto moral como epistémica, y además afirmar que precisamente nuestro grupo es poseedor de la misma.

Lo opuesto a esta inocente y arrogante tendencia de subirnos en banquitos autocomplacientes de superioridad moral y epistémica, donde nos convencemos de lo que ya estamos convencidos de manera auto-referencial, es la sabiduría socrática o docta ignorancia. Sócrates era el hombre más sabio de Atenas porque él sabía que no sabía, en cambio el resto de atenienses creía saber cuando en realidad ignoraba. Stephen Hawking escribió que: “El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento” En este sentido, es fundamental el reconocimiento de que los seres humanos somos altamente falibles y fácilmente manipulables e influenciables, la humildad socrática es lo único que nos puede salvar de vivir atrapados en la cárcel de nuestros propios prejuicios, sectarismos y sesgos cognitivos.

La mejor prisión que existe es aquella en la que ingresamos voluntariamente, en parte por el contexto social que interactúa de forma dinámica y compleja con nuestra historia personal, decisiones y/o tendencias psicológicas; y que a su vez se mezclan con nuestros miedos, ignorancia y arrogancia. Esta prisión mental, es muy eficaz porque está compuesta por nuestras certezas, tanto elegidas como impuestas. Como escribió Dostoyesvki: La mejor manera de evitar que un prisionero escape, es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión”. Nuestra mente y lo que asumimos termina esclavizándonos cuando no somos capaces de cuestionar, corregir, mejorar o ampliar eso que asumimos o creemos, y para ser capaces de hacer esto necesitamos salir de la autoreferencialidad, cosa que no logramos cuando simplemente hablamos con otra persona que asume lo mismo que nosotros, esto no es diversidad ni un verdadero diálogo, sino una especie de monólogo a muchas voces dentro de un laberinto de espejos.

Lo que necesitamos es salir de la zona de confort mental e ideológica en que estamos, exponer nuestras creencias y presupuestos con otras formas de entender el mundo, de ver las cosas y de pensar sobre lo bueno, lo verdadero y lo real. Por lo que la invitación es a abrir nuestra mente y nuestro corazón a otros discursos, incluso a pensar en otros discursos no sólo como algo diferente, sino como algo complementario, como puntos de vista y perspectivas que pueden enriquecer mis propios puntos de vista y perspectivas.

Imaginemos un mundo donde las distintas tradiciones espirituales no son causa de disputa y violencia, sino de curiosidad, exploración, encuentro y enriquecimiento. Imaginemos una sociedad que es capaz de ver a la diversidad como riqueza, como una fuente abundante y variada de formas distintas de explorar la noción de divinidad, salvación, verdad, bondad y paz. Imaginemos que la tradición judeo cristiana, budista, taoísta, sintoísta, hinduista, islam y todas las demás religiones y creencias son fuentes de reflexión sobre algo que a todos nos trasciende, nos inquieta, nos concierne, preocupa y atrae. Imaginemos que en cada tradición, el esfuerzo humano ha explorado, preguntado, imaginado y percibido ese misterio de misterios de distintas maneras y con distintas intuiciones, aportes y riquezas. ¿Por qué negarnos a aprender de toda la riqueza humana, producida en cada rincón del planeta para entender algo que por definición a todos nos supera?

Imaginemos a lo divino como un rompecabezas infinito, absoluto, eterno; y luego imaginemos que cada tradición ha encontrado algunas piezas de ese rompecabezas, algunas de las piezas pueden incluso parecerse y de hecho se parecen, existen más similitudes entre las diferentes tradiciones de lo que solemos pensar desde nuestra ignorancia. Por otro lado, bien puede ser que algunas piezas de ese rompecabezas puedan ser bastante diferentes, pero no necesariamente por ser opuestas, sino por ser complementarias.

Imaginemos que los distintos místicos, maestros e iluminados de las distintas partes del mundo han de alguna manera, imperfecta y humana, encontrado algo valioso, un atisbo o momento de lucidez, de iluminación, de sabiduría, y que con sus respectivas lenguas y referentes culturales han tratado de pasar esa sabiduría, esos tesoros, a otros seres humanos. Sea en forma de parábolas, cuentos, frases, pinturas, música, metáforas o cualquier otro medio posible y disponible.

Desde esta perspectiva, toda tradición tiene su propia sabiduría e información valiosa, tal vez incluso única, y tal vez la diferencia esencial radique en la interpretación que se hace de esa tradición. Tristemente, como bien sabemos, las diferentes tradiciones se han usado para promover la guerra o la paz, así como para esclavizar o liberar, y tal vez lo relevante no sea la tradición en sí misma, sino la manera en que interpretamos y reinterpretamos “x” o “y” tradición.

Existe una gran verdad en aquello de que: “Cuando el sabio señala a la luna, el tonto mira el dedo”. Infinidad de tontos, obtusos y fanáticos han usado “el dedo” para promover guerras y disputas por fines egoístas y perversos, pero la luna, la sabiduría, sigue ahí, aunque muchas veces no la veamos, “la luna” sigue ahí.

Toda tradición, en un momento u otro de la historia, se ha politizado y ha sido secuestrada por élites para fines egoístas, pero esto no es culpa de la tradición en sí misma, sino del egoísmo humano y de nuestros prejuicios, odios y miedos. Lo que necesitamos es construir de manera colectiva criterios que nos permitan entender y practicar de manera empática cualquier tradición, e incluso poder enriquecer a unas con otras, cosa que ha sucedido innumerables veces a lo largo de la historia. Este diálogo abierto de mente y corazón, si es realizado desde la empatía y la humildad, podría ayudarnos a tener una visión más amplia y menos sesgada de lo que pueda o no ser la divinidad o el gran misterio de misterios. Podría también ayudarnos a vernos como hermanos y no como enemigos o contrincantes.

Un mismo párrafo, de cualquier texto o tradición, puede ser interpretado de forma empática o arrogante, puede promover el amor universal o justificar prejuicios, odio y sectarismo. ¿Si resultara ser que bien entendidas y practicadas todas las tradiciones fueran a lo mismo? ¿Si en vez de verlas como opuestas las pensáramos como complementarias? ¿Si resultara que lo mismo pudiéramos decir respecto de las “nuevas sabidurías” como ciencia, arte, filosofía, etc.? Si fuera el caso, lo que tendríamos es un inmenso y multireferencial grupo de saberes, discursos y sabiduría para guiarnos y enriquecernos. ¿Todo lo que podríamos lograr si pudiéramos incorporar en cada sociedad toda la sabiduría que ha sido producida o encontrada a lo largo de toda la historia del ser humano en cada rincón del planeta? ¿Todo lo que podríamos lograr si pudiéramos desarrollar y aplicar los criterios para superar lo erróneo, corregir lo corregible, mejorar lo mejorable y ampliar lo ampliable?

Por todo lo anterior, defendemos que necesitamos fomentar un diálogo real entre las distintas fuentes de sabiduría, vengan de donde vengan y del siglo o disciplina que procedan. También necesitamos establecer y aplicar criterios eficaces para poder interpretar de manera óptima, empática y bondadosa toda la sabiduría que de un modo u otro el ser humano ha sido capaz de adquirir y/o transmitir. Algunos de esos criterios existen desde hace mucho tiempo, como el propuesto por el rabino Hilel que parafrasearé haciéndolo más extenso e incluyente: “Cualquier interpretación de cualquier texto sagrado o teoría que lleve al odio o enemistad por los otros, es incorrecto:”

Esto que propongo ya está sucediendo, el fanatismo y fundamentalismo ya sea religioso, político o ideológico de cualquier tipo está cediendo terreno, año con año hay menos asesinatos en todo el mundo, sin que por esto quiera decir que no hay retos todavía pendientes como la desigualdad de género y desigualdad social que lamentablemente sigue cobrando vidas en el presente. Pero hay razones para la esperanza, y como para muestra basta un botón, cierro con una conversación realizada entre el Dalai Lama y el teólogo de la liberación Leonardo Boff:

En el intervalo de una mesa redonda sobre religión y paz entre los pueblos, le pregunté al Dalai Lama: ¿Su Santidad, cuál es la mejor religión? Esperaba que dijera: “El budismo tibetano”

El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió, me miró fijamente a los ojos, y afirmó:

-La mejor religión es la que te ayuda a ser mejor persona.

-¿Y cómo puedo ser una mejor persona? -pregunté.

-Al ser más compasivo, sensible, desapegado, amoroso, humanitario, responsable… más ético. La religión que consiga hacer eso de ti, esa es la mejor.

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