Unidos: en el umbral de la pandemia

Say goodbye to the world you thought you lived in.

Mika, Any other world

I.

Hace mucho tiempo, el mundo estaba lleno de maravillas, había aventuras, emociones y, lo más importante, existía la magia. El sábado 14 de marzo del 2020 fue la última vez que fui al cine. Habiendo tenido la experiencia previa de la influenza AH1N1, en el lejano 2009, mientras aún estudiaba mi sexto semestre en la Universidad, imaginaba que se suspenderían labores por una semana, quizás un poco más, y que muy pronto volveríamos a la normalidad. Terminé de dar clase un fatídico viernes 13, deseándole a mis alumnos un feliz puente y, en particular, pidiéndole a un grupo que estudiara, porque el martes tendríamos examen. Y, así, poco a poco, las noticias empezaron a llegar: se suspende la Noche Colonial, se suspende el desayuno de egresados, se suspende la carrera, se suspende todo, pero nada más. Lo último que hice, antes de salir por última vez de la Universidad, fue ponerme gel antibacterial, despedirme de mis alumnos, una vez más, con un movimiento lejano de mi sanitizada mano e irme a disfrutar de un largo fin de semana.

Ya con algunas tenues medidas sanitarias, mi jornada sabatina comenzó desde temprano. Mientras sospechábamos que la enfermedad nos consumiría más rápido a causa del nunca suspendido Vive Latino, invité a mi novia a celebrar su aniversario de trabajo al lago de Chapultepec. Después de navegarlo en nuestra lancha con pedales, en compañía de patos y garzas, además de un cada vez más insoportable sol, paseamos unos minutos en la librería Porrúa, en la que próximamente comenzaría la presentación de un libro para la que no había absolutamente ningún asistente. Consideramos seriamente quedarnos, sólo para que el autor no se sintiera mal, pero, simplemente, no comenzaba, y, con una ligera carga de consciencia, lo decidimos abandonar. Yo mismo he presentado libros en una sala semivacía, pero al menos estaba la gente que, por compromiso o deber institucional, debía estar; acá, sólo estaba el autor y el personal de la librería y, me parece, si la editorial no puede ni hacer que sus propios trabajadores se interesen por el libro que ellos mimos publicaron, ¿cómo esperan que unos, que se entretuvieron de más en una librería a causa de una resbaladilla que ahorra los escalones hacia el piso de abajo, se quieran quedar? Quizás estuvo mal, pero definitivamente no fuimos lo peor.

Decidimos ir a comer. Mi novia me llevó a unos tacos que conocía cuando, años atrás, trabajaba por la zona. Para ser sábado en la Nápoles, estaba, de hecho, bastante solo. Cuando volvimos al auto, nos dimos cuenta de que habíamos dejado las intermitentes encendidas. Arrancó. Y según una rápida búsqueda en internet, si lográbamos hacer que arrancara, nos habríamos, ya, salvado del desastre. Pasamos rápidamente a mi casa a dejar unas cebollas que nos habían sobrado y que sería impráctico llevar al resto de nuestro paseo. Volvimos al camino, en dirección a Polanco y fue entonces, en algún punto del Circuito Interior, que nos encontramos con un fuerte accidente automovilístico que, por la pinta de los hechos, acababa de ocurrir. Posiblemente, si nos hubiéramos entretenido menos, lo hubiéramos presenciado.

Teníamos boletos para el cine en Miyana, a las 5pm, para ver la película Unidos (dir. Dan Scanlon, 2020). Pero aún era temprano. Y quien conozca la plaza sabrá que, en realidad, no es muy grande, tiene muchos restaurantes y pocos lugares para, propiamente, pasear. Pero, mientras caminábamos por los pasillos, mi novia descubrió una nueva vocación: el huachicoleo. Cabe recordar que, para los comienzos de la pandemia, un poco antes de la cacería masiva y desesperada por el papel de baño, empezó a haber escasez de cubrebocas (que aún no se usaban tanto) y, en especial, de gel antibacterial. Nada más en nuestra ida al lago y a comer nos habíamos acabado su botellita, así que, dado que en la plaza había bastantes dispensadores de gel, aprovechó para rellenarla cada vez que nos deteníamos en alguno. Era difícil, porque eran automáticos y no se veía tan bien de dónde brotaba, pero mientras yo hacía las veces de vigía, ella perdía cada vez más la vergüenza en su acto delincuencial.

Finalmente, entramos al cine. Siendo nosotros cinéfilos fifís, estábamos en una sala VIP y pedimos nuestro postre de películas favorito: ella, unas palomitas mitad cheddar y mitad Takis fuego, y yo, unas palomitas mitad cheddar y mitad Doritos nacho. Las luces ya estaban apagadas cuando, de repente, mi vecino de la izquierda, respetando la sana distancia de los cines VIP, empezó a estornudar. Y yo, como anticipando el recientemente famoso meme de los monos Joakin y Lupe, volteé a ver a mi novia con la inequívoca expresión de: ayno…

14 de marzo del 2020. Caminábamos en Miyana y la Universidad publicó un comunicado a las 3:04pm: se suspenden actividades presenciales a partir del 20 de marzo. O sea, a partir del viernes. Por lo menos me alcanzaba para aplicar el examen.

16 de marzo del 2020. La Universidad publicaba, a las 11:21am, que se suspendían las actividades presenciales a partir del 17. O sea, a partir de mañana. Lo bueno es que volveríamos después de vacaciones de Semana Santa, es decir, el lunes 20 de abril. Al final resultó que no, que tal vez para mayo. O para junio. O ya seguro para agosto. Si no, para noviembre. O el próximo año, tal vez.

Mi encierro comenzó el 17 de marzo, sin saber exactamente cómo debía trabajar y sin anticipar lo que iba a suceder. Pero recuerdo que lo último que sucedió, afuera, en el mundo, fue una película, en el cine, y con la cual me reencontré el domingo 14 de marzo del 2021, cuando la volví a ver.

II.

Ian y Barley son dos jóvenes elfos que viven en la ciudad de Mushroomton, con su mamá, Laurel. A su modo, ambos añoran lastimosamente un pasado idealizado que, sin embargo, ninguno pudo vivir, aunque ansían por recuperar: Ian celebra desconsolado su cumpleaños dieciséis ante la ausencia de su fallecido padre, con quien, en realidad, nunca pudo convivir; Barley se lamenta por la desaparición del pasado mítico en el que la magia era real y que, ahora, sólo puede experimentar mediante lúdicas simulaciones que, de todas formas, le acarrean burlas y menosprecio.

La magia era real. Pero, ahora, criaturas que en nuestro imaginario se identificarían como mágicas, como los mismos elfos, las hadas, los dragones o los centauros, habitan un mundo desencantado, en el que, hacía mucho tiempo, la magia, gratuita y bondadosa, se sustituyó por la industria, por la facilidad, la universalidad y la uniformidad de la técnica. La estética misma de la ciudad lo manifiesta. Con excepción de las casas, aparentemente construidas en hongos, dichas criaturas viven en un ambiente prácticamente idéntico al nuestro: automóviles impulsados por gasolina, carreteras inundadas de tránsito, teléfonos inteligentes frágiles y costosos; tenemos la misma vestimenta, las mismas complicadas relaciones de preparatoria y la misma obsesión por destruir obras antiguas para construir edificios modernos en su lugar, la misma necesidad de renunciar a la aventura para satisfacer a los inversionistas y poder pagar la nómina, o por empeñar una espada mágica para poder pagar los impuestos. El progreso de la industria ha sepultado la magia: las hadas no vuelan, porque el olvido les ha atrofiado las alas; el centauro no corre, porque su vehículo se lo ahorra. Y, quizás, no sólo en el escenario se manifiesten nuestras semejanzas, sino que, así como aquellas criaturas, la humanidad misma ya no se sabe mágica puesto que ha profanado su propia condición, olvidando su pasado para concentrarse en la promesa perenne del porvenir.

La magia estaba en la palabra. El ritual de la oralidad que hacía presente la antigua sabiduría de la tradición, el verbo que vuelve patente el misterio, el habla que invoca fuerzas al simularlas con la voz. La magia de la palabra que se sustituyó por la tecnología de la escritura: artificial, necesitada de herramientas materiales, fácil de aprender y de utilizar, como la bombilla eléctrica que sólo requiere que cualquiera, por más profano que sea, la encienda, activando un sencillo botón y no ya conjurando, con dificultad y esfuerzo, el hechizo que haga la luz.

Lo humano también es misterioso, fantástico como los elfos, pero atrofiado en su esplendor. Perdido en el laberinto del progreso que ve en el pasado una infantil necedad, que acusa a los mitos de ser primitivas ilusiones que atentan contra la verdad y que exige madurez a través del juego de roles del consumo y la producción. Frustrante humanidad que moldea a su manera y, fragmentándose, desecha lo que desprecia.

Wilden, el padre de los elfos, les dejó como regalo un báculo, una piedra fénix y un encantamiento que le permitiría volver a la vida durante un día. Cuando Ian lo intenta, logra traerlo de vuelta, aunque sólo por la mitad. Fraccionado, como el mismo Ian, como experimentaba a su familia, como tenía que vivir Barley para encajar en sociedad, como su mismo mundo, mágico pero sin magia. Frustrante humanidad en pedazos que se complace con un fragmento de sí. Barley creía en la magia, pero Ian… también. Por eso portaba la sudadera de su padre, como un silencioso acto ritual: ataviado como él, se vuelve su simulacro. Sabe que, aunque no lo vea, está. Y que puede volver porque, no obstante su ausencia, su padre, y la magia y los mitos y el pasado, nunca se fue.

III.

Hay, en la mitología de Unidos, una inversión de los valores, una transgresión arquetípica que transforma los papeles de género, y que se integra a su propia normalidad. Por un lado, Ian y Barley, no obstante su salida a la aventura, pertenecen a la interioridad, se resguardan dentro de la caverna como brujos practicando magia mientras, entre sí, exaltan las relaciones domésticas, el amor familiar, el cuidado y la crianza. Ian no busca la aventura, lo que quiere es ver a su papá. Su motivación no está en las dinámicas de la exterioridad, hasta le cuesta trabajo manejar porque los autos y las carreteras son caminos de transición, y lo que él añora es la estabilidad. Barley es más extrovertido, pero aún así prefiere quedarse con sus juegos y con sus tarjetas. No busca conquistas sino la conservación del pasado y la salvaguarda de la tradición. Barley tampoco es guerrero, sino padre, pero uno que no ejerce su paternidad mediante el mando y el gobierno, sino cuidando, educando y protegiendo.

Así lo descubre Ian cuando cae en la cuenta de que ha sido su hermano con quien ha cumplido lo que esperaba de su padre y quien se le ha entregado de forma incondicional. Amor de padre que no es violento, condicionado, desapegado, estoico ni superficial. Amor de padre desvergonzado, que no le teme a los abrazos públicos ni a abochornar a Ian afuera de la escuela.

 

Su madre no se resguarda al interior del refugio para manifestar su amor, sino que monta su mecánico corcel para salvarlos. Laurel rompe varios modelos prescritos para su posición: trabaja, aunque solicitó un año sabático; es viuda, pero mantiene una relación con el alguacil Bronco. Y nadie la juzga por ello. Al buscar a sus hijos para advertirles de la maldición, se une con una Mantícora, en contraste con los dos hechiceros, como dos guerreras que salen de cacería, hasta que, finalmente, es la misma Laurel quien golpea al dragón con la espada de la Mantícora, dejando al descubierto su única vulnerabilidad.

La Mantícora, devenida administradora de su taberna, añora sus años de gloria, aquéllos en los que, violenta y temeraria, inspiraba terror por sus conquistas. Su misma imagen es semejante a la de las hadas motociclistas que confrontan a los hermanos: corpulentas, incluso musculosas, bruscas, agresivas. Ajenas a la delicada pureza de Campanita (pero también de Ian e, incluso en cierto modo, de Barley), ostentan cuerpos poderosos pero auténticos, hechos a su medida, sin responder a las expectativas del deseo: cuerpos femeninos que no se presumen como trofeos, pero que son capaces de conseguir los suyos propios (como, a veces, los son las cabezas de sus enemigos). Cuerpos femeninos que no presumen pulcritud ni se disculpan por su identidad. Cuerpos normales, como el de la oficial Specter, una policía cíclope que abiertamente se declara lesbiana. Cuerpos que conquistan la exterioridad, imponiéndose sin culpas ni vergüenzas.

En Unidos, el espacio doméstico es masculino y, sin embargo, matriarcal. Mientras que lo femenino se afianza en el exterior, en lo bélico y en la publicidad. Arquetipos invertidos que, desde la fantasía, interpelan a nuestra normalidad, la cuestionan, la confrontan y la transforman.

IV.

El último recuerdo que Barley tiene de su padre es cuando, aún siendo un niño, entró a verlo mientras yacía sumamente enfermo. Según sus palabras, no tenía un aspecto normal, estaba conectado a varios tubos y le provocó tanto miedo que ya no se atrevió a acercársele. Ian ni siquiera lo conoció. Y, sin embargo, ninguno de los dos se pudo despedir. Perdieron a su padre, casi de repente. Absurdo de la muerte que no se percibe real, como si no fuera más que un preludio para el despertar. Un vacío irracional que tan sólo un acto de magia podría solucionar.

Unidos fue el último gran estreno antes del encierro y parecía una premonición. Cuando conjuran el encantamiento para traer a su padre de vuelta, regresa como la humanidad de la pandemia: fragmentada, incompleta. Incapaz de conjurar su regreso a la normalidad sin que algo le falte. Pero ya desde ahora (y ya desde entonces) algo nos falta, aunque nada nos falte. Ian y Barley trajeron de vuelta a la mitad de su papá, aunque, en su caso, fue la mitad inferior. Para el nuestro, trajimos de vuelta al mundo partido por la mitad, pero del torso para arriba, ajustado a la pantalla, sin piernas, a veces, como si fueran solamente una voz, como espíritus etéreos que responden religiosamente a nuestro llamado.

Pero de lejos, sin tocarnos, sin hablarnos, sin vernos a los ojos. Como Ian y su padre. Y, así como ellos, esperamos que algo pase para podernos reencontrar, aunque sea por un instante y aunque sea sólo una vez. Pero Ian también anticipó el sacrificio que la pandemia misma nos iba a exigir, el acto heroico que cometió por amor, por su hermano, por el otro: la dolorosa renuncia al abrazo.

Aunque sólo de forma parcial, porque fue a través de su hermano que su padre finalmente lo abrazó. Al principio, Ian era un simulacro de Wilden, pero, ahora, Barley toma su lugar. Como creyentes y practicantes de la magia, aceptan el absurdo: en lo virtual está lo real. Su padre permanece, aunque se fue. Lo abraza, aunque no esté. Porque, aunque sólo tengamos mitades, simulacros y recuerdos, el abrazo llega, el ausente regresa, los fragmentos se reúnen y la magia se recupera.

El sábado 14 de marzo del 2020 fue la última vez que fui al cine y, sin darme cuenta, parecía una premonición. Se nos anunciaba la pérdida, la separación y la renuncia, pero, también, el reencuentro con lo cotidiano, la permanencia de lo invisible y la dignidad de la entrega por el otro; ese otro que, aunque sólo sea una parte, contiene a la totalidad; ese otro que, aunque lejano, nunca nos abandonó; ese otro que, aunque a la distancia se deba quedar, nos indicó que solamente lo separado se puede unir, y que solamente Unidos podríamos sobrevivir.

 

One Comment

  • A pesar de no haber visto la película me pareció muy interesante el articulo y la union inevitable de los temas que se tratan en la película y lo que vivimos con la pandemia, Creo que al empezar en aquel marzo del 2020 el cierre de locales y el encierro todos veíamos hacia el futuro, esperando lo que venia, pero conforme pasó el tiempo muchos nos encontramos mirando al pasado, a un pasado que parecía intrascendente tal vez pero que fue tomado un aire de libertad y de levedad, al no tener una fecha para regresar a la “normalidad” lo que vivimos en el pasado se nos presenta de manera diferente. Hay días que es difícil entenderlo pero aun así tengo que recordarme que casi nada es permanente, si la felicidad no lo es tampoco lo es el dolor y la incertidumbre, esto también pasara y nos encontraremos de nuevo con aquellos que no hemos podido ver, y los que ya no están espero se hayan ido sabiendo que sus seres queridos siempre les guardaran un abrazo.

    Gracias por el Articulo.

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