No se trata de encajar sino de aceptar

Cuando tenía doce años fue mi primera menstruación, le conté a mi mamá y se alegró, más allá de un suceso histórico trascendental, marcó la etapa de cambios en mi cuerpo, desde el crecimiento de mis senos hasta el vello púbico que me resultaba realmente desagradable. Me gustaba mi aspecto de niña, no quería que eso cambiara. Estaba en una zona de confort, desgraciadamente, también era una zona de transición, tenía que evolucionar hacia más cosas que no esperaba, mis pensamientos cambiaban, la forma en como me percibía era otra, no me quería convertir en mujer, no me sentía mujer. Apenas si lograba encajar en la escuela, era la tímida, la callada, la que leía pero no era lo suficientemente nerd como para ser considerada un ratón de biblioteca, era inteligente pero sin explotarlo demasiado, sacaba buenas notas pero no llegaba alcanzar los dieces con regularidad, pasé sin pena ni gloria, me sentía distinta, me sentía otra.

Los quince también marcaron otra etapa en mi vida, seguía ocultándome en blusas de cuello alto, porque no quería que me vieran el busto, sabía y todavía sé que tengo poco pero no es un atributo que me guste mostrar y tampoco que se haga notar. En esa época era más redonda, mis caderas siempre fueron amplias pero no lo noté hasta que llegué a los dieciséis y seguí desarrollándome. Me salían granos, mi piel tenía tendencia al acné y mi cuerpo no era algo que mirara al espejo y me produjera alegría. Más allá de un ideal marcado de belleza que tenía, sabía que podía lograr más cosas en mi cambio de imagen, que podría ejercitarme, que podría comer mejor, en pocas palabras, no me quería lo suficiente.

El maquillaje siempre me gustó, la ropa también pero no me sentía cómoda usando lo que estaba de moda, siempre intentaba cubrir porque veía carencias, nunca veía algo que me gustara. Crecí en una familia tradicional, mi abuelo es la figura paterna que tengo de referencia y siempre lo querré pero al ser de ideas arraigadas los comentarios como “por qué te pintas las uñas, por qué te pones labial” siempre fueron algo que me marcó, que me afectaba y me hacía no querer pintarme las uñas o ponerme maquillaje, porque eso se asociaba con mujeres diferentes a mí, y aunque toda la vida le hice caso empecé a cuestionarme esa parte de mi vida, el proceso llegó tarde para mí, salir de mi burbuja y de mi círculo me costó trabajo.

Llegó la universidad, y más que sentirme libre noté que había cosas que había ignorado por completo, empecé a ver diferentes caras, diferentes cuerpos, diferentes tipos de confianza en uno mismo, veía a todas esas personas y yo no entendía porqué me sentía diferente a ellas, por qué mi proceso de transformación no estaba completo. Toda la vida me convencí de que debía ser invisible para no estorbar, para que no hablaran mal de mí y luego me llegaban a reconocer compañeras de secundaria con las que nunca conviví y me sorprendía, había luchado por ser invisible y perderme con el resto que olvidé que aunque te escondas las miradas te persiguen. Fue ahí cuando entendí que podía ser yo misma, que no tenía porqué preocuparme por las miradas de los demás porque ahí iban a estar, que podía aceptar mi cuerpo y también querer mejorarlo, que podía ponerme labial, podía pintarme las uñas, podía ponerme vestidos (cosa para mí novedosa, porque siempre me sentía incómoda enseñando mis piernas, porque eso podría mandar señales confusas, ya saben, el prejuicio de tú eres la que provoca), podía tener un poco de panza, podía ser mi cara redonda y también podía seguir pareciendo una niña pero poseer inteligencia, ideas complejas y decir groserías. No tenía que responder a lo que los otros percibían de mí por mis medidas o mi aire de niña, que era lo que siempre me confundió.

Me veían como una “niña buena” y no es que eso tenga algo de malo pero dejé que me casaran con una idea que ellos tenían de mí, cuando yo me veía diferente porque en el fondo ser niña buena o niña mala solo responde a un prejuicio mucho más antiguo que yo, más antiguo al de todas nosotras y la gente nos encasilla y nos dice cómo debemos ser dependiendo de a cuál estereotipo respondemos, “las niñas buenas no dicen groserías”, “las niñas buenas no dicen mentiras”, “calladita te ves más bonita”. Cuando entendí que todos iban a percibir algo distinto de mí, dependiendo de si era algo que les gustaba o no, independientemente de que yo pudiera hacer algo al respecto, sentí un poco de paz. Entendí que ellos podrían verme de una forma y no se trataba de intentar hacerlos cambiar de opinión, que la única opinión en la que podía generar un cambio era la mía, así que me maquillé y empecé a preocuparme por cómo me veía físicamente. Aunque toda la vida me dijeron que eso era algo de personas vanidosas, empecé a ponerme vestidos, aunque sabía que había una mirada lasciva de la que no podría deshacerme y que tampoco dependía de mí. Empecé a sentirme Brenda y, cuando eso ocurrió, empecé a sentirme mujer.

No tengo una definición exacta de lo que signifique ser mujer, porque hasta el día de hoy sólo sé que me siento así pero no lo puedo definir con palabras. Es aceptación, es reconocimiento de una misma, es dejar de lado los prejuicios con los que venimos cargando desde hace tiempo. Es conocer tu cuerpo, descubrir lo que te gusta de él (al final resulta que me gustan muchas cosas) y no sólo el físico, sino también lo mental, lo que guardamos para nosotras.

Me falta mucho por aprender sobre lo que significa ser mujer, lo que otras mujeres han logrado conquistar dentro de la historia, pero esto para mí ya es un logro en sí. Haberme reconocido como una, como parte de un todo que tiene a mujeres de todos los ámbitos y todas las edades. Un lugar donde puedo estar yo, donde necesito estar yo.

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